SU NOM­BRE ES CA­MI­LO

Dominguero - - Sexo Y Pareja - Por Án­gel Ama­dor an­ge­la­ma­dor77@ gmail. com

Hay his­to­rias que lle­gan no tan­to por sus de­ta­lles, sino por su men­sa­je. Y es­ta es una de ellas. Es la ex­pe­rien­cia de una per­so­na co­mo tan­tas que ca­mi­nan por las ca­lles de Gua­ya­quil y otras par­tes del país an­sio­sas de con­tar su re­la­to. Res­guar­da­mos su iden­ti­dad por­que así lo ha que­ri­do y omi­ti­mos al­gu­nas pa­la­bras que po­drían re­sul­tar ofen­si­vas pa­ra nues­tros lec­to­res. Es­ta es su his­to­ria: “No soy de esas per­so­nas que va por la vi­da cam­bian­do pre­fe­ren­cias se­xua­les, la ma­yo­ría de ve­ces en las que mi vo­lun­tad no ha si­do que­bran­ta­da por un ex­tre­mo en­can­to vi­sual ha si­do por­que re­cha­zo pro­po­si­cio­nes de per­so­nas ca­sa­das, ya que pa­ra mí el ma­tri­mo­nio es sa­gra­do. Es­ta vez ce­dí y me de­jé lle­var por su fron­do­sa, pe­ro bien pu­li­da bar­ba, acen­to cos­te­ño, pe­ne­tran­te y ri­co per­fu­me, en el ba­ño de un cen­tro co­mer­cial. Fui a com­prar un re­ga­lo y de re­pen­te tu­ve la ne­ce­si­dad de usar uno, mi con­tex­tu­ra y es­ta­tu­ra ja­más me han ayu­da­do a con­se­guir hom­bres de­bi­do a que no soy el es­te­reo­ti­po: del­ga­do, con jean ajus­ta­do y siem­pre a la mo­da. Me con­for­mo con es­tar com­bi­na­do, bien pei­na­do y oler bien. Lle­gó el hom­bre de la bar­ba pu­li­da y el aro­ma va­ro­nil e in­me­dia­ta­men­te lla­mó mi aten­ción. Su mi­ra­da co­que­ta y su son­ri­sa de la­do al­go pro­po­nían. Con sus ojos me in­si­nua­ba al­go. Ya lo sa­bía. Que­da­mos los dos so­los en el lu­gar. Sin pre­vio avi­so se pa­ró de­trás de mí y sen­tí un apre­tón. Me gus­tó. En­tré a uno de los ga­bi­ne­tes. Él me si­guió. De pron­to vi su ani­llo con una de­di­ca­to­ria. Eso me hi­zo ba­jar mi in­ten­si­dad, lo que cues­tio­né: - ¿ Eres ca­sa­do? - Sí, res­pon­dió, y mi es­po­sa no tie­ne por­qué en­te­rar­se. Me man­dó a ca­llar y em­pe­zó a dar­me ór­de­nes. Ya sa­ben cuá­les. Por den­tro sen­tí un de­ba­te mo­ral que no du­ró mu­cho. Me de­jé lle­var. Lle­gó el mo­men­to en el que se de­tu­vo y me vol­teó fuer­te­men­te. Me asus­tó, pe­ro me agra­dó. Lo hi­zo con fu­ria co­mo ha­ce mu­cho tiem­po no lo ha­bían he­cho. Tu- ve ga­nas de gri­tar, pe­ro sa­bía que no po­día ha­cer­lo. Qui­zás la ex­pec­ta­ti­va de que nos des­cu­bran hi­zo que tam­bién me ex­ci­ta­ra ca­da vez más. Be­só mi ore­ja muy sua­ve­men­te mien­tras res­pi­ra­ba so­bre mi cue­llo. Mo­vía su cin­tu­ra con mu­cha ener­gía co­mo quin­cea­ñe­ro en su pri­me­ra vez. Un úl­ti­mo sus­pi­ro se­gui­do de un be­so. Al fi­nal se pre­sen­tó, su nom­bre es Ca­mi­lo, me dio su nú­me­ro. Lo agre­gué por me­ra cor­dia­li­dad, aun­que sé que ese re­mor- di­mien­to del ma­tri­mo­nio siem­pre me que­da­rá. Me es­cri­be de vez en cuan­do pa­ra que sal­ga­mos y re­pi­ta­mos lo acon­te­ci­do, pe­ro no acos­tum­bro a sa­lir con la mis­ma per­so­na en dos oca­sio­nes. He­mos char­la­do mu­cho y tam­bién sé que no de­be­ría­mos ha­cer­lo. Él in­sis­te en que esa fue la pri­me­ra vez que lo ha­cía. No le creo. Tam­bién di­ce que me ama. Sé que tam­po­co es ver­dad. Lo que ten­go cla­ro es que so­mos lo que ha­ce­mos y lo que te­ne­mos mie­do de acep­tar”.

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