La pau­sa

Dominguero - - Variedades -

Por Blan­ca Mon­ca­da @ Blan­ki­mon­ki

“Te amo”, le di­jo. Es­ta­ba des­nu­da y era de ma­dru­ga­da. La ventana del ho­tel da­ba a una ca­lle so­li­ta­ria. A esas al­tu­ras de la no­che, le ha­bía be­sa­do ya to­dos los ta­tua­jes. “Te amo”, con­tes­tó él. Ella le cre­yó. Ha­ce cua­tro años, la es­ce­na era pa­re­ci­da: Ellos, sus cuer­pos, la ca­ma de un ho­tel, be­sos… pe­ro la es­co­po­la­mi­na bo­rró el re­cuer­do y tie­nen úni­ca­men­te flas­hes: de­dos en­tre el ca­be­llo, ca­ri­cias, len­guas. El res­to es negro. Ese día se co­no­cie­ron. Lue­go, pau­sa. Son de ciu­da­des y vi­das dis­tin­tas; pe­ro su­pie­ron des­de el pri­mer mo­men­to que aque­llo era mu­cho más que una anéc­do­ta. Era co­mo si la dro­ga en­tró al al­ma de ca­da uno y los en­re­dó pa­ra que ja­más pue­dan li­be­rar­se del otro, in­clu­so a la dis­tan­cia. Con­ver­sa­ban pro­fun­da­men­te y se man­da­ban be­sos. Se de­cían “te ado­ro”, se ju­ra­ban “te ex­tra­ño”. Aún así, ella no es­pe­ra­ba el men­sa­je: “Ya es­toy aquí. No sé cuán­to tiem­po, pe­ro es me­jor que no es­tar. Ha­ga­mos que val­ga la pe­na”, le es­cri­bió él, tem­prano. Fue a ver­lo por se­gun­da vez en la vi­da real. En sue­ños, an­he­los y ver­sos lo ha­bía ha­lla­do en in­nu­me­ra­bles oca­sio­nes. “Quie­ro es­tar so­bria es­ta vez”, le di­jo an­tes de en­ce­rrar­lo. Fue una no­che má­gi­ca, de cuen­to de ha­das... A la ma­ña­na si­guien­te, otra vez la reali­dad. “Me voy. Ha­ga­mos otra pau­sa”, avi­só él por te­lé­fono. No sa­be si lo ve­rá des­pués de otros cua­tro años, si él la pien­sa o si aún guar­da sus be­sos. So­lo es­pe­ra. Otra vez. Él di­jo pau­sa, no adiós. Ella le cre­yó. Si tie­nes al­gu­na his­to­ria es­cri­be a mon­ca­dab@ gra­na­sa. com. ec o lla­ma al 042201100, ext. 2099.

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