FELIZ CUM­PLEA­ÑOS A TI

Dominguero - - Sexo Y Pareja - Por Án­gel Ama­dor an­ge­la­ma­[email protected] gmail. com

No son de su agra­do mu­chas per­so­nas. Gri­tos. Llan­tos. Ni­ños por to­dos la­dos. Lo úni­co bueno es la can­ti­dad de co­mi­da a su dis­po­si­ción, pe­ro eso no en­mien­da lo que tie­ne que so­por­tar ca­da vez que lle­va a su hi­jo de cua­tro años al cum­plea­ños de al­gún ami­go. Y así le to­ca. Un enor­me bol­so lleno de ca­da co­sas so­lo por si aca­so: por si le da sed, por si se cae, por si llo­ra, por si to­do. Lo pri­me­ro que tie­ne que li­diar es con los gri­tos de un mon­tón de ni­ños que se pa­sean por sus pier­nas. Se abre pa­so has­ta en­con­trar una me­sa va­cía un tan­to ale­ja­da del bu­lli­cio. Es­ta vez, a di­fe­ren­cia de las an­te­rio­res, no es­tá acom­pa­ña­do de su es­po­sa. Es li­bre de de­jar al ni­ño co­rrer y ha­cer lo que quie­ra sin esa voz que le pre­gun­ta a ca­da ra­to dón­de es­tá el ni­ño. Eso ha­ce. Lo de­ja li­bre y de vez en cuan­do al­za la mi­ra­da de su te­lé­fono ce­lu­lar pa­ra ver­lo. Es­tá tan con­cen­tra­do en un gru­po de What­sApp de ami­gos que no se per­ca­ta que una mu­jer es­tá jun­to a él. La mi­ra. La sa­lu­da. Y si­gue. Ella in­ten­ta sa­car­le unas cuan­tas pa­la­bras, pe­ro él es­tá tan con­cen­tra­do que so­lo ati­na a con­tes­tar ‘ sí’ o ‘ no’ por iner­cia. De la na­da sien­te una mano que le ro­za la en­tre­pier­na. Eso lo sa­ca de su mun­do vir­tual y lo trae a la reali­dad. Es la mu­jer. No pue­de ar­ti­cu­lar pa­la­bra. So­lo la ob­ser­va ale­ján­do­se de la me­sa ha­cia una bo­de­ga cru­zan­do el área de jue­gos. Mi­ra a su hi­jo. Ahí es­tá ju­gan­do. Le pi­de a una ma­má que lo mi­re mien­tras él “va al ba­ño”. Ca­mi­na ha­cia la bo­de­ga don­de es­tá la mu­jer. Abre la puer­ta. Ahí es­tá ella. Lo to­ma de la mano. Lo lle­va has­ta una me­sa un po­co pol­vo­rien­ta. No im­por­ta. Ba­ja su pan­ta­lón. Ella sube su fal­da. Du­da por un mo­men­to, pe­ro si­gue. Sien­te la res­pi­ra­ción de la mu­jer gol­pear en su ore­ja ca­da vez más fuer­te y rá­pi­do. No pue­de pa­rar. Los gri­tos y ri­sas de los ni­ños lle­gan a sus oí­dos re­cor­dán­do­les en ca­da mo­men­to el lu­gar don­de es­tán. Eso pa­re­ce no im­por­tar­les por­que los gri­tos de la mu­jer son tan fuer­tes co­mo el de los ni­ños. Él le ta­pa la bo­ca. Eso no es su­fi­cien­te. Lo que lo im­pul­sa a ir más rá­pi­do. Ella no re­sis­te más. La me­sa pa­re­ce que en cual­quier mo­men­to ce­de­rá al pe­so y al mo­vi­mien­to de am­bos. No su­ce­de. De re­pen­te, la mú­si­ca de la fies­ta ce­sa. Eso los aler­ta. Em­pie­zan a can­tar el ‘ feliz cum­plea­ños’. Ella sube su fal­da y él su pan­ta­lón. Pri­me­ro sa­le ella y lue­go él. Ca­da uno va a bus­car a su hi­jo. Am­bos es­tán bien. Él aún no asu­me lo que hi­zo. Re­vi­sa su te­lé­fono ce­lu­lar por si aca­so no lo ha­ya lla­ma­do su es­po­sa. No hay nin­gu­na lla­ma­da per­di­da, pe­ro sí más de 200 men­sa­jes del chat de sus ami­gos. Una fo­to de él in­gre­san­do a la bo­de­ga fue el mo­ti­vo de la con­ver­sa­ción. Uno de sus ami­gos es­tá en la mis­ma fies­ta y lo vio to­do. Bus­ca a su al­re­de­dor al es­pía. Ya no es­tá.

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