PA­PÁ NOEL, EL DUEN­DE Y EL SO­FÁ RO­JO

Eso le gus­ta. La mu­jer no pa­ra. No pue­de. Él so­lo quie­re que si­ga.

Dominguero - - Sexo Y Pareja - Por Án­gel Amador an­ge­la­ma­[email protected] gmail. com

La gen­te es­pe­ra. Son mu­chos los que co­rean su nom­bre, en su ma­yo­ría ni­ños de to­das las eda­des, al pie de un enor­me ár­bol con ador­nos y lu­ces de co­lo­res. Los gri­tos lle­gan has­ta los ca­me­ri­nos, don­de el es­pec­tácu­lo to­ma for­ma. Él, sen­ta­do fren­te a un es­pe­jo, es­pol­vo­rea su ca­ra pa­ra dar­le un tono más blan­co y lue­go al­go de co­lor a sus pro­nun­cia­das me­ji­llas. Jun­to a él, una jo­ven­ci­ta in­ten­ta ad­he­rir a sus ore­jas una pró­te­sis pun­tia­gu­da mien­tras ob­ser­va unos pun­tu­dos za­pa­tos ro­jos que pa­re­ce no ajus­ta­rán en su fino pie. Dos pre­sen­ta­cio­nes an­te­ce­den a la de es­ta pa­re­ja, el gran fi­nal. Un ir y ve­nir de per­so­nas los em­pu­ja a bus­car un lu­gar más tran­qui­lo pa­ra pre­pa­rar sus diá­lo­gos. Lo en­cuen­tran en una bo­de­ga. Él sa­ca un ci­ga­rri­llo. No le ofre­ce por­que sa­be que no es afín a ese vi­cio. Lo que sí le gus­ta son los su­su­rros al oí­do y los be­sos en el cue­llo y él lo sa­be. Des­li­za su mano por la cin­tu­ra de la jo­ven y la atrae has­ta su cuer­po. La mano si­gue re­co­rrien­do las pro­nun­cia­das cur­vas has­ta en­con­trar un botón. Lo za­fa. El pan­ta­lón cae muy len­ta­men­te ex­po­nien­do unas blan­cas pier­nas, mien­tras las ma­nos de ella bus­can des­po­jar­lo de la ca­mi­sa y de al­go más. Un lar­go be­so. Al tan­teo bus­can un lu­gar apro­pia­do en­tre tan­tos ob­je­tos pol­vo­rien­tos. En­cuen­tran un so­fá. De­po­si­tan sus cuer­pos ca­si des­nu­dos mien­tras el gri­te­río en el ex­te­rior les di­ce que de­ben apu­rar­se. Su­je­ta su cue­llo y aprie­ta un po­co. Eso la ex­ci­ta. Lo com­prue­ba con el mo­vi­mien­to de su pel­vis so­bre él, ca­da vez más rá­pi­do. Eso le gus­ta. La mu­jer no pa­ra. No pue­de. Él so­lo quie­re que si­ga. El vie­jo so­fá ro­jo no de­ja de bai­lar al rit­mo de sus cuer­pos. Pa­re­ce que cual­quier mo­men­to ce­de­rá an­te sus im­pul­sos. Vuel­ven a es­cu­char el ir y ve­nir de per­so­nas. Es el turno de ellos. La mu­jer ace­le­ra el rit­mo. Lo mis­mo ha­ce él. Un sus­pi­ro. Un gri­to. Y ya. De nue­vo los gri­tos que co­rean su nom­bre lle­gan has­ta sus oí­dos. Re­gre­san a los ca­me­ri­nos pa­ra ter­mi­nar de dar­le vi­da a los per­so­na­jes. Pri­me­ro, la bar­ba blan­ca y lue­go el sombrero ro­jo. Ella lo­gra pe­gar las ore­jas pun­tia­gu­das y los za­pa­tos, por so­bre cual­quier pro­nós­ti­co, le que­dan a la per­fec­ción. Ca­mi­nan has­ta la es­ca­le­ra que los lle­va al es­ce­na­rio. Le colocan un mi­cró­fono en la so­la­pa. Los gri­tos son más in­ten­sos. Bas­tó que es­cu­cha­ran en tono gra­ve: “JO JO JOOO”. El es­pec­tácu­lo em­pie­za.

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