La dé­ca­da de es­pe­jis­mos

La Hora Carchi - - OPINIÓN - RA­MI­RO RUIZ R.

Ter­mi­nó el año. Los ecua­to­ria­nos se pre­gun­tan ¿qué hi­cie­ron co­mo per­so­nas que per­te­ne­cen a la fa­mi­lia y a la so­cie­dad? El úl­ti­mo día del año se ha­ce un ri­tual tra­di­cio­nal: la que­ma del mo­ni­go­te, sím­bo­lo de ilu­sio­nes in­cum­pli­das, o me­tas al­can­za­das con te­na­ci­dad y es­fuer­zo. Frus­tra­cio­nes, dis­gus­tos que de­tie­nen el ca­mino del pro­gre­so y cre­ci­mien­to in­te­lec­tual, afec­ti­vo y la­bo­ral.

Tam­bién se pre­gun­tan, ¿qué hi­cie­ron los go­ber­nan­tes por ca­da uno y por el país? Los ecua­to­ria­nos con­fían en la de­mo­cra­cia. Pu­sie­ron su des­tino en po­cas ma­nos.

Las úl­ti­mas me­di­das del Go­bierno to­da­vía no se las com­pren­de to­tal­men­te, tam­po­co se acep­tan a con­cien­cia. Ecuador per­te­ne­ce al gru­po de paí­ses sub­de­sa­rro­lla­dos que ha su­fri­do pa­rá­li­sis eco­nó­mi­co y mo­ral. No es­tá ca­pa­ci­ta­do pa­ra en­fren­tar el im­pac­to de los ajus­tes al va­lor de las ga­so­li­nas y del dié­sel. Es­te arre­glo gol­pea al tra­ba­jo pro­duc­ti­vo y a la fa­mi­lia. Impacta ade­más los re­cor­tes de per­so­nal en el sec­tor pú­bli­co. De­ci­sio­nes que qui­tan pues­tos de tra­ba­jo y de sa­la­rios.

Si se pu­die­ra po­ner en una ba­lan­za la re­vi­sión de los precios de los com­bus­ti­bles en un pla­to, y en el otro, la gi­gan­te bu­ro­cra­cia, con cer­te­za se in­cli­na­ría más el cos­to los com­bus­ti­bles por­que al­te­ra a la so­cie­dad de 16 mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes. Los bu­ró­cra­tas son una ma­sa de pri­vi­le­gia­dos. Con pre­cia­das ex­cep­cio­nes, la ma­yo­rá tra­ba­ja en el sec­tor pú­bli­co por la suer­te de un mo­vi­mien­to po­lí­ti­co que lle­gó al po­der y se que­dó 10 años por la in­ge­nui­dad de los vo­tan­tes.

Si las per­so­nas del ac­tual Go­bierno se hu­bie­ran for­ma­do en el pen­sa­mien­to y prác­ti­ca de la li­ber­tad, sen­ci­lla­men­te ce­rra­rían al me­nos tres de­ce­nas de mi­nis­te­rios y se­cre­ta­rías inú­ti­les. Lo em­plea­dos que sa­bo­rea­ron las de­li­cias del po­der y sin­tie­ron fe­li­ci­dad con suel­dos de mi­ma­dos, ten­drían que ir a sus ca­sas, bus­car tra­ba­jo y lu­char por con­se­guir­lo, co­mo los ciu­da­da­nos del mun­do, des­de un fon­ta­ne­ro has­ta el cien­tí­fi­co. La bu­ro­cra­cia ne­ce­si­ta el ali­men­to anual de 9.500 mi­llo­nes de dó­la­res por año. Más que los sub­si­dios de los com­bus­ti­bles y el gas. El Go­bierno no mi­ra la si­tua­ción eco­nó­mi­ca y so­cial con pers­pec­ti­vas de un fu­tu­ro in­me­dia­to y más aún, de lar­go tiem­po.

El país vi­vió una dé­ca­da de es­pe­jis­mos, se en­ga­ñó en el en­can­to de la ri­que­za de pa­pel y la de­cep­ción de la co­rrup­ción.

La aus­te­ri­dad, la in­ver­sión en la pro­duc­ción y la mul­ti­pli­ca­ción de pues­tos de tra­ba­jo son fuen­tes pró­xi­mas de desa­rro­llo y bie­nes­tar. El sue­ño de una vi­da de paz con tra­ba­jo bien pa­ga­do, edu­ca­ción y ser­vi­cio de sa­lud de ca­li­dad, no pue­den ser arrui­na­dos por una sucesión de go­bier­nos, pre­si­den­tes, al­cal­des y bu­ró­cra­tas.

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