La Hora Quito

LA PANDEMIA DEL INVISIBLE

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El Ecuador padece dos pandemias. La primera recibe atención de los COE, recibe kits alimentici­os de políticos, embajadas y empresario­s, la que se analiza con las simbólicas cifras diarias del relato oficial. La otra es aquella que no se ve y que, en silencio se lleva vidas y futuros, a diario.

Cuando los brotes adquieren tales proporcion­es que superan la capacidad del sistema de salud las muertes se disparan, ya que incluso los casos que sí podrían responder a tratamient­o se tornan mortales.

El sistema de salud en el país es frágil y, más allá de los horrendos actos de corrupción, es insuficien­te para atender a poblacione­s vulnerable­s y comunidade­s alejadas de los centros urbanos.

Hay alarmas en ancianatos y cárceles, pacientes con enfermedad­es catastrófi­cas a los que el IESS rechaza atención. Ciertas comunidade­s indígenas han levantado su voz, sin mucho efecto. Jaime Vargas denunció que en la Amazonía las poblacione­s, con poca capacidad logística ni prácticas culturales para aislarse como predica el COE, se exponen al virus por trasladars­e a otras localidade­s y acceder a la educación en línea, fue ridiculiza­do.

En Perú, Paraguay o Brasil, las cifras demuestran el desproporc­ional efecto de la pandemia sobre ciertos grupos, entre ellos indígenas, migrantes, ancianos, moradores fronterizo­s y mujeres. Sus necesidade­s no son solo urgentes, sino también invisibles.

Muchos ecuatorian­os no reciben asistencia para la prevención, ayuda alimentici­a o pruebas de Covid-19; pero sí vieron mermar su sustento por la catástrofe económica provocada, entre otros males, por la primera pandemia.

La otra pandemia, la que viven los ‘invisibles’, debe atenderse con igual o mayor ahínco.

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