El ataúd am­bu­lan­te (II)

Memorias Porteñas - - Mp - Por GABRIEL PINO ROCA

La mu­cha­cha se pu­so lí­vi­da, el ca­ci­que pro­fi­rió una in­ter­jec­ción sal­va­je, los cin­co in­dios apres­ta­ron las ha­chas de co­bre.

-¿Quién es ese hom­bre, y có­mo te co­no­ce?in­te­rro­gó Chau­ma.

-Te lo di­ré- re­pu­so Mi­na con fir­me­zau­na vez que se mar­che esa gen­te: es un se­cre­to, que na­da les im­por­ta.

-Sa­lid vo­so­tros- or­de­nó Chau­ma con im­pe­rio, di­ri­gién­do­se al gru­po.

Los in­dios re­co­gie­ron sus arreos y des­fi­la­ron por la en­tre­abier­ta puer­ta.

-Aho­ra, ha­bla- in­sis­tió el ca­ci­que.

-Oye, pa­dre mío -comenzó Mi­na va­ci­lan­te. -Cai­ga tu có­le­ra so­bre mí, pe­ro per­dó­na­lo a él, por­que le amo.

-¿Qué di­ces? ¡In­fa­me!, ex­cla­mó el Dau­li, y, un es­tre­me­ci­mien­to de ira re­co­rrió to­do su cuer­po.

Mi­na se pre­ci­pi­tó so­bre su pa­dre, asió­le de am­bas ro­di­llas, y pro­si­guió:

-Es­cu­cha..., es­cu­cha; y lue­go sen­ten­cia. -Bien sa­bes que no hu­bo hom­bre de nues­tra ra­za que pa­sa­se al pue­blo de los blan­cos a cam­biar oro que, al vol­ver, no lle­ga­se a tu puer­ta pa­ra ofre­cer­te al­gún ob­je­to de los que allí con­si­guió.

De esos tra­fi­can­tes es­cu­ché, siem­pre con agra­do los re­la­tos que ha­cían de la vi­da y cos­tum­bres de nues­tros ve­ci­nos. Mu­chas ve­ces los obli­gué a re­pe­tir­me lo que sa­bían de aque­lla ex­tra­ña len­gua, con lo que ad­qui­rí co­no­ci­mien­to de mul­ti­tud de pa­la­bras, que fa­mi­lia­ri­cé tan­to con mi me­mo­ria, que, cuan­do ce­dien­do tú a mis ins­tan­cias me per­mi­tis­te pa­sar a su re­si­den­cia, que­dé asom­bra­da de lo bien que les en­ten­día. Yo mis­ma so­li­ci­té los ob­je­tos que desea­ba, a cam­bio del oro que ofre­cía.

-Es­te, -aña­dió- se­ña­lan­do al his­pano ven­día tam­bién vis­to­sos co­lla­res y bra­za­le­tes, con cu­yo mo­ti­vo vino mu­chas ve­ces al gal­pón que ocu­pá­ba­mos. ¡Ay pa­dre, pa­dre; no sé lo que pa­só por mí des­de que lle­gó a mi pre­sen­cia! Una sen­sa­ción inex­pli­ca­ble in­va­dió to­do mi ser, su ima­gen se gra­bó en lo más re­cón­di­to de mi co­ra­zón. Aun ce­rran­do los ojos, no se apar­ta­ba de mí.

-Una ma­ña­na des­per­té so­bre­sal­ta­da al re­do­ble de un so­no­ro tam­bor. Pre­gun­té lo que era, y me con­tes­ta­ron que los es­pa­ño­les ha­cían fes­te­jos a su dios. La no­ve­dad me llevó a la pla­za del pue­blo; vi mu­cha gen­te que en­tra­ba a un edi­fi­cio y caía de ro­di­llas an­te un ta­bla­do, don­de un hom­bre re­ves­ti­do de bri­llan­tes te­las pre­sen­ta­ba una co­pa de oro a la ima­gen de una gran se­ño­ra, que ade­lan­ta­ba sus bra­zos co­mo que­rien­do abra­zar a to­dos. Yo... me arro­di­llé a mi vez, sin sa­ber por qué, y me pu­se a mi­rar con res­pe­to aque­lla cu­rio­sa ce­re­mo­nia.

Cuan­do to­dos aban­do­na­ron el lo­cal, sa­lí yo tam­bién pa­ra ir a re­unir­me a los míos. Dié­ron­me en­ton­ces al­can­ce es­te man­ce­bo y el que es­ta­ba an­tes en el ta­bla­do, en­vuel­to el úl­ti­mo en un ro­pa­je par­do, y con una tren­za de ca­bu­ya ata­da a la cin­tu­ra. Pú­so­me la mano so­bre el hom­bro, y con voz dul­ce, muy dul­ce, me pre­gun­tó:

-¿Eres cris­tia­na hi­ja mía?

-Ado­ro al Sol, le res­pon­dí.

-¿Pe­ro, quie­res ser cris­tia­na? -in­sis­tió. -No lo sé -le di­je echan­do a co­rrer.

-Más tar­de, es­te que aquí veis, vol­vió a bus­car­me, y me pi­dió le acom­pa­ña­se al tem­plo. No pu­de con­tra­riar­lo... lo ama­ba.

-Quin­ce días después era cris­tia­na y su es­po­sa. El sa­cer­do­te ben­di­jo nues­tra unión.

-Voy a avi­sar a mi pa­dre que te per­te­nez­co­su­pli­qué a mi es­po­so.

-Bien- me con­tes­tó -an­da, que si no vol­vie­res pa­sa­dos diez días, iré yo a bus­car­te.

-Pa­dre, no he te­ni­do va­lor pa­ra arros­trar tue­no­jo. El pla­zoex­pi­ró por esoha­ve­ni­do a lle­var­me. Soy su­ya, le per­te­nez­co.

Chau­ma ha­bía es­cu­cha­do con aten­ción y sin ar­ti­cu­lar pa­la­bra la re­la­ción de su hi­ja. Aun cuan­do den­tro de su pe­cho se re­vol­vían to­das las pa­sio­nes, su fi­so­no­mía de­no­ta­ba cal­ma com­ple­ta.

-Oye, Mi­na -pro­nun­ció con gra­ve­dad­tú eras el úni­co con­sue­lo de mi exis­ten­cia, por ti ama­ba la vi­da, tus de­seos eran pa­ra mí man­da­tos. ¡Qué mal me pa­gas! ¡Re­nie­gas de tu ra­za y de tus creen­cias! Yo po­dría re­tar a due­lo al in­tru­so, que no so­lo ayu­dó a des­po­jar­me de nues­tra li­ber­tad sino que me ha ro­ba­do tu ca­ri­ño. Pe­ro mi re­so­lu­ción es otra: te aban­dono a tu suer­te. Yo voy en busca de la muer­te, al cam­po del odia­do enemi­go...

¡Aho­ra ve­rán los pe­rros co­mo su­cum­be

Si mue­ro no me pon­gas ba­jo la tie­rra, co­ló­ca­me en un ataúd, y sin ta­par­lo, lán­za­me así al río. Si tam­bién mue­re mi hijo, co­ló­ca­lo en mis bra­zos. Así

con­vie­ne... así con­vie­ne, ama­do mío”.

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