La hua­ca

Memorias Porteñas - - Mp -

quien sin in­te­rés nin­guno te es­tá en­tre­te­nien­do el des­ve­lo, lec­tor. Pe­ro, en fin, con­ti­go es otra co­sa, y se­gu­ro co­mo el se­ñor San­ti­bá­ñez de que me guar­da­rás el se­cre­to aun­que no seas ne­gro es­cla­vo, te lo di­ré a ti so­lo: por otro en­fer­mo ve­cino, que se hi­zo el co­ma­to­so o el dor­mi­do mien­tras el cu­chi­cheo ca­da vez más ba­jo que pe­día el doc­tor, a me­di­da que le in­tere­sa­ba el re­la­to, y que el ve­cino iba asi­mi­lan­do le­tra por le­tra con la ma­lé­vo­la in­ten­ción de ma­dru­gar­le a Castillo, lo que no hi­zo por im­po­si­bi­li­dad fí­si­ca y por­que ya al día si­guien­te no fue Castillo, que es­ta­ría ata­rea­do en el sa­que y en bus­car ru­ta.

Pe­ro co­mo to­do fue sa­lir y co­rrer a la hua­ca y ha­llar­la va­cía y, en­ton­ces sí, ha­cer la al­ha­ra­ca, he allí que to­do Gua­ya­quil lo su­po en su sa­zón; so­lo que na­die más que el au­tor de mis da­tos tu­vo la pro­li­ji­dad uti­lí­si­ma de es­cri­bir­lo en su cua­derno de me­mo­rias, sin su­po­ner, tal vez, que al­gún día sa­lie­ra en le­tras de mol­de su mo­des­to apor­te hoy pre­cio­so pa­ra nues­tra épo­ca, y me­nos adi­vi­nar que fue­ra yo el úl­ti­mo de los di­vul­ga­do­res.

Y el po­bre ne­gro fue al osa­rio del Cam­po San­to de San­to Do­min­go, por ser Co­fra­de del Ro­sa­rio; y qui­zá al­can­zó una mi­sa de es­ta­tu­to: pe­ro lo que es la Vir­gen… se que­dó sin el bau­li­to y el ce­rro sin esa pla­ta.

Pe­ro to­da­vía hay en­tie­rros, lec­tor. Ve a bus­car­los. ¡Ah! Y aví­sa­me. No seas… Castillo.

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