LOS ME­XI­CA­NOS EN ECUADOR Y EN ES­PE­CIAL EN GUA­YA­QUIL

SA­LIR DE MÉ­XI­CO NO TE­NÍA RA­ZÓN DE SER, ALLÍ SE VI­VÍA SIEM­PRE BIEN. A PE­SAR DE ES­TA ATIPICIDAD MI­GRA­TO­RIA, MÉ­XI­CO Y ECUADOR TIE­NEN MÚL­TI­PLES PUEN­TES.

Memorias Porteñas - - VINCULACIO­NES ENTRE ECUADOR Y MÉXICO - POR: DR. FER­NAN­DO JU­RA­DO

Mé­xi­co es un país muy es­pe­cial, ex­ten­so y be­llí­si­mo. Ca­da una de sus ciu­da­des es un mun­do apar­te, tal que pa­re­ce­rían paí­ses di­fe­ren­tes en­tre ellas mis­mas. Lo má­gi­co en San Mi­guel de Allen­de se da en sus co­lo­res bu­llen­tes, mien­tras Gua­na­jua­to en sus ca­lles sub­te­rrá­neas de­mues­tra el po­der y la pa­sión de los mi­ne­ros, al igual que Taxco, la ciu­dad de la pla­ta y la or­fe­bre­ría.

La his­to­ria prehis­pá­ni­ca de Mé­xi­co y la de Ecuador po­seen ele­men­tos muy pa­re­ci­dos, la es­cri­tu­ra en je­ro­gli­fos de los Tol­te­cas; la le­yen­da del dios blan­co Quet­za­coalt des­de el si­glo XII en To­lu­ca era muy si­mi­lar a la de Vi­ra­co­cha en el Pe­rú, la sun­tuo­si­dad de sus pa­la­cios in­dios y un lar­go et­cé­te­ra. Ade­más hay puen­tes aún en los su­ce­sos muy cer­ca­nos a la con­quis­ta es­pa­ño­la: el sa­cri­fi­cio de 20.000 in­dí­ge­nas or­de­na­do en 1500 al inau­gu­rar un tem­plo por el mo­nar­ca Ahui­zotl, lo cual des­per­tó gran­des re­sen­ti­mien­tos. Su he­re­de­ro Moc­te­zu­ma (real­men­te Mo­te­cuh­zo­ma II) fue hom­bre de gran gus­to, mu­je­rie­go fe­roz, con­quis­ta­dor de va­rios pue­blos, pero due­ño de una teo­cra­cia san­gui­na­ria. Su

po­der es­ta­ba so­lo en el cen­tro de Mé­xi­co. Sus enemi­gos los Tlax­cal­te­cas fue­ron por ello y en ‘ven­det­ta’ los gran­des ami­gos de Cor­tés. Exac­ta­men­te lo que pa­só en nues­tros pro­pios paí­ses.

CRUELDAD PA­RA SO­ME­TER

Her­nán Cor­tés du­ran­te su es­tan­cia de lar­gos años en las An­ti­llas (1504 al 19) tu­vo la opor­tu­ni­dad de co­no­cer los se­cre­tos de los me­xi­ca­nos a tra­vés de otros ex­pe­di­cio­na­rios y de es­pías in­dí­ge­nas; él sa­bía de la pro­fun­da ene­mis­tad y odio en­tre los di­fe­ren­tes gru­pos de me­xi­ca­nos y de la le­yen­da del dios blan­co. Era au­daz, desobe­dien­te, des­leal, va­lien­te, te­me­ra­rio, va­ni­do­so y apro­ve­chó la de­bi­li­dad y la co­bar­día de Moc­te­zu­ma pa­ra apo­de­rar­se de él y ha­cer que es­te se de­cla­ra­se va­sa­llo de Car­los V. Fue la mis­ma táctica que em­plea­ría Pi­za­rro con Atahual­pa. Los más crue­les fue­ron los te­nien­tes de Cor­tés, so­bre to­do Pe­dro de Al­va­ra­do y su fa­mi­lia, y la suer­te le acom­pa­ñó siem­pre al pri­me­ro, tal es así que es inex­pli­ca­ble el triun­fo es­pa­ñol en Otu­ma, de ape­nas 1.000 es­pa­ño­les so­bre 200.000 in­dí­ge­nas. En ge­ne­ral la mor­tan­dad de la con­quis­ta en Mé­xi­co fue bru­tal, so­lo en el cer­co que pu­so Cor­tés mu­rie­ron 150.000 in­dios.

Pa­ra los es­pa­ño­les de la Co­lo­nia, lle­gar a Mé­xi­co era su ‘ leit­mo­tiv’, era el fi­nal de una aven­tu­ra vi­tal. Sa­lir de Mé­xi­co no te­nía ra­zón de ser, allí se vi­vía siem­pre bien, aún al mar­gen de su bru­tal ines­ta­bi­li­dad po­lí­ti­ca del si­glo XIX.

A pe­sar de es­ta atipicidad mi­gra­to­ria, Mé­xi­co y Ecuador tie­nen múl­ti­ples puen­tes. Es pre­ci­so sa­ber que en es­tos mo­men­tos el tu­ris­mo ecua­to­riano ha­cia ese país, es el se­gun­do en im­por­tan­cia a ni­vel mun­dial, lue­go del tu­ris­mo nor­te­ame­ri­cano. Ca­da año lle­gan 36 mi­llo­nes de tu­ris­tas al país del nor­te, que mas pa­re­ce­ría la ca­be­za de Amé­ri­ca Cen­tral, de la an­ti­gua Me­soa­mé­ri­ca.

LA LLE­GA­DA DE ME­XI­CA­NOS

La pre­sen­cia de Mé­xi­co en Ecuador tie­ne lar­ga da­ta: la sie­rra ecua­to­ria­na tie­ne en ca­si to­das sus re­gio­nes vo­ces az­te­cas y ma­yas, de­bi­do a los cons­tan­tes via­jes pre­co­lom­bi­nos en­tre es­tas re­gio­nes. En la épo­ca de la Con­quis­tay así lo han de­mos­tra­do las prue­bas ge­né­ti­cas ac­tua­les- cien­tos de in­dí­ge­nas az­te­cas traí­dos por Pe­dro de Al­va­ra­do no mu­rie­ron en la tra­ve­sía de la Cos­ta sino que hu­ye­ron y se asen­ta­ron en la ac­tual pro­vin­cia de Bo­lí­var. Án­gel Ro­sen­blat de­mos­tró por otro la­do que un mi­llón de in­dios me­xi­ca­nos des­apa­re­ció en 78 años; no to­dos fue­ron víc­ti­mas de las ba­ta­llas, lo fue­ron de las epi­de­mias y de las mi­gra­cio­nes for­za­das, co­mo las ano­ta­das. De to­das ma­ne­ras las ci­fras son es­tre­me­ce­do­ras.

En 1533 fray Jo­do­co Ric­ke, lue­go gran fi­gu­ra de nues­tra his­to­ria, es­tu­vo unos po­cos días en Mé­xi­co con el pa­dre Juan de Gra­na­da, co­mi­sa­rio ge­ne­ral de las In­dias. Lue­go pa­sa­ría a Quito, don­de mo­ra­ría des­de 1535 a 1550.

Po­cos años des­pués em­pe­za­ron a lle­gar con­quis­ta­do­res de Mé­xi­co que se har­ta­ron de la re­gión y cre­ye­ron en­con­trar en el Pe­rú ma­yo­res fuen­tes de ri­que­za, so­bre to­do po­seían la ilu­sión de las mi­nas. Hay que ci­tar al­gu­nos nom­bres: Die­go de San­do­val fue de los fun­da­do­res de Quito y de Gua­ya­quil; Alon­so Giraldo de Var­gas y su hi­jo Juan de Var­gas, fue­ron de los pri­me­ros ve­ci­nos de Gua­ya­quil; Juan en 1542 es­tu­vo con Fran­cis­co de Ore­lla­na en la ex­pe­di­ción descubrido­ra del Ama­zo­nas, pa­só lue­go a Ve­ne­zue­la y re­gre­só a Gua­ya­quil; Die­go de Ocampo, na­ti­vo de Tru­ji­llo en Ex­tre­ma­du­ra, fue ve­cino im­por­tan­te de Mé­xi­co, due­ño de ga­leo­nes. En 1545 te­nía uno ado­bán­do­se o arre­glán­do­se en Bahía de Ca­rá­quez, con el ob­je

to de en­viar­lo lue­go a Tum­bes.

PER­SO­NA­JES ESPECIALES

Al­gu­nos de esos mi­gran­tes eran gen­tes de no­ve­la: Iñi­go Ló­pez de Nun­cin­bay, oriun­do de Navarra, era mer­ca­der de ofi­cio y a más, cria­do de don An­to­nio de Men­do­za, vi­rrey de Mé­xi­co, pero era al­go más pa­ra 1547: un es­pía de las tro­pas de Gon­za­lo Pi­za­rro en el ac­tual Ecuador. Fue des­cu­bier­to, pero Bar­to­lo­mé Vi­lla­lo­bos lo re­co­no­ció por pa­rien­te y lo sal­vó.

Ca­so es­pe­cial es el de Gil Ra­mí­rez Dávalos, el fun­da­dor de nues­tra Cuen­ca. Era an­da­luz de Bae­za, vi­vió en Mé­xi­co de 1534 al 50 a la som­bra del alu­di­do don An­to­nio de Men­do­za, vi­rrey de es­te úl­ti­mo país. Hi­zo gran for­tu­na en ar­mas, ca­ba­llos, mu­chos cria­dos in­dí­ge­nas y es­cla­vos ne­gros. Pa­só al Pe­rú en 1550, fue go­ber­na­dor de Quito en 1556. Un año des­pués fun­dó a Cuen­ca, pues te­nía no­ti­cias de las mi­nas de mer­cu­rio de Pe­leu­sí y des­de Mé­xi­co trajo la ob­se­sión por las mi­nas; el 59 fun­dó Bae­za, se dis­tan­ció gra­ve­men­te de su vie­jo ami­go de Mé­xi­co, Ro­dri­go Núñez de Bo­ni­lla, se ra­di­có en Riobamba en 1575. Fue un tro­ta­mun­dos to­tal.

Taxco. Es­ta­do de Gue­rre­ro. Mé­xi­co.

Pa­la­cio de Her­nán Cor­tés. Cuer­na­va­ca.

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