EL GRAN MU­RA­LIS­TA ME­XI­CANO JO­SÉ CLE­MEN­TE OROZ­CO

SUS VÍNCU­LOS CON ECUA­DOR.

Memorias Porteñas - - VINCULACIO­NES ENTRE ECUADOR Y MÉXICO - POR: DR. FER­NAN­DO JU­RA­DO (F)

Ha­re­mos un mi­ra­je ho­ri­zon­tal por­que que­re­mos dar una vi­sión ge­ne­ral de vi­da y obra, co­mo en pa­ra­le­lo­gra­mo; en otro ar­tícu­lo, unas po­cas se­ma­nas des­pués, da­re­mos una vi­sión ver­ti­cal, pa­ra co­no­cer más a fon­do no so­lo a un gran ar­tis­ta, sino a uno de los ma­yo­res pen­sa­do­res de Amé­ri­ca. Pen­sa­dor ade­más ori­gi­nal, pro­fun­da­men­te ori­gi­nal, con esa es­pi­na cós­mi­ca que so­lo po­quí­si­mos pri­vi­le­gia­dos po­seen.

Oroz­co na­ció en la pe­que­ña po­bla­ción de Za­potlán el Gran­de (que ya en el si­glo XX se con­vir­tió en Ciu­dad Guz­mán), en el de­par­ta­men­to de Ja­lis­co y cer­ca de Guadalajar­a, en 1883. Por sus orí­ge­nes to­ta­les en la cla­se me­dia, su fí­si­co lu­cía los tí­pi­cos ras­gos del cha­rro de su país, con un bi­go­ta­zo, a ve­ces pe­que­ño ti­po Hitler, y al­gu­na oca­sión, enor­me. No se sa­be mu­cho de sus pri­me­ros años, pe­ro es lo cier­to que en su ge­nia­li­dad em­pe­zó a plas­mar­se men­tal­men­te en él aquel pro­ble­ma del ori­gen cul­tu­ral en Amé­ri­ca La­ti­na. Con in­tui­ción bru­tal des­de sus pri­me­ros años, ges­tó su obra pri­me­ra con ba­se en la geo­me­tri­za­ción, la mo­nu­men­ta­li­dad y un cro­ma­tis­mo ba­sa­do en ocres, co­lor tie­rra y gri­ses. Esa mo­nu­men­ta­li­dad era una evi­den­te he­ren­cia az­te­ca. El ma­ra­vi­llo­so mun­do de las pi­rá­mi­des de Teo­tihua­cán o el pa­la­cio de Moc­te­zu­ma en el Zó­ca­lo, de­bían pe­ren­ni­zar­se en múl­ti­ples ave­ni­das cul­tu­ra­les. Por su­pues­to, a Oroz­co se le de­be al­go ca­pi­tal: él no creía en el do­lor del in­dio, él es­ta­ba por en­ci­ma de eso, so­ña­ba en la gran­de­za de to­dos. Es te­ma que lo ve­re­mos opor­tu­na­men­te.

ES­TU­DIOS Y OBRAS

An­tes de los 25 años, desem­pe­ñó va­rias fun­cio­nes la­bo­ra­les, na­die se ima­gi­na­ba a lo que lle­ga­ría. Se lo en­cuen­tra a los 25 años ma­tri­cu­lán­do­se en la Es­cue­la Na­cio­nal de Be­llas Ar­tes en Mé­xi­co ca­pi­tal, don­de pa­só seis años de ma­ne­ra un tan­to irre­gu­lar. Allí le to­mó la re­vo­lu­ción y se ga­nó la vi­da ha­cien­do ca­ri­ca­tu­ras po­lí­ti­cas pa­ra di­ver­sas re­vis­tas. La re­vo­lu­ción le im­pac­tó pro­fun­da­men­te, de allí que en 1930 ha­ría uno de sus mu­ra­les más lu­ci­dos: el de Emi­li­ano Za­pa­ta pa­ra el Ins­ti­tu­to de Ar­te en Chica­go. Egre­só en 1914.

Su pri­me­ra ex­po­si­ción la hi­zo en 1916 a los 33 años en la co­no­ci­da li­bre­ría Bi­blos y el año si­guien­te fue a EE. UU. por cer­ca de dos años. Hay un va­cío de 1919 al 22, pa­re­ce que en es­tos años se ges­tó su pro­yec­to in­ter­na­cio­nal más bello, el mu­ra­lis­mo enor­me, que de­be­ría te­ner tres ca­rac­te­rís­ti­cas:

1.- La ma­ni­fes­ta­ción pro­fun­da de lo in­dí­ge­na, del pue­blo y tam­bién del apor­te es­pa­ñol. Oroz­co tu­vo la gran­de­za de no en­trar en con­flic­to con nin­gu­na de las raí­ces de lo me­ji­cano.

2.- De­bía ha­ber un per­ma­nen­te con­te­ni­do re­vo­lu­cio­na­rio ins­pi­ra­do en lo de 1910.

3.- El rea­lis­mo de­bía ser bru­tal­men­te ex­pre­si­vo, era la ma­ne­ra de lle­gar a los ojos y al fon­do de la gen­te. Ese fue otro de sus enor­mes y ge­nia­les se­cre­tos.

MU­RA­LES

De 1922 al 27 se de­mo­ró cin­co años de­co­ran­do los mu­ra­les de la Es­cue­la Na­cio­nal Pre­pa­ra­to­ria, el año to­pe fue el 23 en que pin­tó dos obras ca­pi­ta­les: La y otro que pu­do lla­mar­se blas­fe­mo: La Tri­ni­dad, cam­pe­sino, obre­ro y sol­da­do. Los triun­fos per­so­na­les en­tre 1928 y 29 no le agra­da­ron del to­do y de­ci­dió vol­ver a los Es­ta­dos Uni­dos don­de vi­vió otra tem­po­ra­da, de 1930 al 34, él tan car­ga­do de lo au­tóc­tono, de lo rai­zal, de lo pro­fun­do, con­si­de­ra­ba que no le que­da­ba otro ca­mino que ha­cer­se co­no­cer y ga­nar me­jo­res ho­no­ra­rios. El 30 de­co­ró el co­le­gio Po­mo­na en Cla­re­mont, Ca­li­for­nia y un año des­pués la Es­cue­la Nue­va de Es­tu­dios So­cia­les en Nue­va York. Tre­men­da­men­te me­ticu­loso, se to­ma­ba to­do el tiem­po po­si­ble pa­ra su obra.

A fi­nes de 1931 via­jó a Eu­ro­pa, te­nía 48 años y no po­día de­jar de ver los pri­me­ros pin­to­res ita­lia­nos y es­pa­ño­les, que­ría co­mo vol­ver a las más le­ja­nas raí­ces de par­te del ar­te la­ti­noa­me­ri­cano. Re­gre­só un ter­cer pe­río­do a EE. UU., don­de el año 32 pin­tó la Bi­blio­te­ca Ba­ker en Ha­no­ver cer­ca de Nue­va York.

El año 34 re­gre­só a su país y el pri­mer óleo que re­ga­ló a su país fue La ca­tar­sis, pa­ra el mo­nu­men­tal pa­la­cio

CUEN­TA LA EPO­PE­YA DE SU PAÍS CON CO­LO­RES

VI­VOS Y DI­BU­JO ESQUEMATIZ­ADO, DE VO­LÚ­ME­NES PE­SA­DOS,

EN­CON­TRAN­DO EL ACEN­TO PO­PU­LAR Y UN LI­RIS­MO ÁS­PE­RO Y

VIO­LEN­TO.

de Be­llas Ar­tes, en la vie­ja zo­na cen­tral de la ca­pi­tal; del 36 al 39 pin­tó una de sus obras más be­llas: pri­me­ro los mu­ros del Pa­ra­nin­fo de la Uni­ver­si­dad de Guadalajar­a con el dra­ma de la po­bre­za; lue­go en 1937 la cú­pu­la y la bó­ve­da de la es­ca­li­na­ta del Pa­la­cio de Go­bierno de la mis­ma Guadalajar­a, con lo que se con­si­de­ra su obra épi­ca más gran­de: Mi­guel Hi­dal­go y Cos­ti­lla, el hé­roe re­vo­lu­cio­na­rio em­pu­ñan­do una an­tor­cha y arras­tran­do al pue­blo me­ji­cano. En 1939 pin­tó to­do el Hos­pi­cio Ca­ba­ñas en Guadalajar­a, un lu­gar don­de se ha­bían cria­do mi­les de ni­ños ex­pó­si­tos aban­do­na­dos no so­lo por la po­bre­za de sus pa­dres, sino por­que eran “hi­jos del pe­ca­do”.

Al­go pa­ró en 1940, pe­ro en 1941 es­tu­vo fre­né­ti­co: vol­vió una cuar­ta tem­po­ra­da a EE. UU. y pin­tó los pa­ne­les mó­vi­les pa­ra el Mu­seo de Ar­te Mo­derno en Nue­va York. Y ya en su país dos co­sas su­pre­mas: los mu­ra­les de la Suprema Cor­te de Jus­ti­cia y el tem­plo del Hos­pi­tal de Je­sús en Mé­xi­co. Siem­pre le in­tri­ga­ban los hos­pi­ta­les, la en­fer­me­dad y la po­bre­za.

UN LAZO CON ECUA­DOR

A par­tir de 1942 ya con cer­ca de 60 años, dis­mi­nu­yó su obra, en 1943 tra­ba­jó con Os­wal­do Gua­ya­sa­mín y re­ci­bió la vi­si­ta del gran poe­ta chi­leno Pa­blo Ne­ru­da. La úl­ti­ma obra com­ple­ta fue­ron los fres­cos pa­ra la bó­ve­da de la Cá­ma­ra Le­gis­la­ti­va del Pa­la­cio de Go­bierno de Guadalajar­a; y Los Teu­les, don­de apa­re­ce una co­ro­na es­pa­ño­la y la ima­gen de un con­quis­ta­dor. Mu­rió en 1949 a los 66 años. Con Die­go Ri­ve­ra y con Da­vid Al­fa­ro Se­quei­ros in­te­gran la tri­lo­gía más va­lio­sa del ar­te me­ji­cano en el si­glo XX.

Pe­ro hay un víncu­lo des­co­no­ci­do con el Ecua­dor: un tío del mu­ra­lis­ta Gil­ber­to Oroz­co Rendón, na­ci­do en Guadalajar­a por 1860, fue un hom­bre muy há­bil de ma­nos, cons­truc­tor em­pí­ri­co, vi­vió en­tre Li­ma, Gua­ya­quil y Rio­bam­ba; de él di­mos da­tos en nues­tra crónica so­bre Los gua­ya­qui­le­ños en Rio­bam­ba. Se ca­só con la gua­ya­qui­le­ña Gri­ma­ne­sa Loc­ke de Herrera y Caa­ma­ño, cu­yo pa­dre te­nía an­ces­tros en Ir­lan­da. Su hi­jo Luis Al­ber­to Oroz­co Loc­ke, se ca­só en Rio­bam­ba a fi­nes de 1931 con Ma­ría Es­ter Ar­güe­llo Gui­llén, na­ci­da en Chim­bo, una de las mu­je­res más be­llas de su pro­vin­cia en su épo­ca. De ellos hay abun­dan­te des­cen­den­cia en Qui­to.

Fres­cos de Jo­sé Cle­men­te Oroz­co en la ca­pi­lla del Hos­pi­cio Ca­ba­ñas. Guadalajar­a. El mu­ra­lis­ta Jo­sé Cle­men­te Oroz­co.

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