Wil­son Pi­co

BAILARÍN HOMENAJEADO EN LA 2DA EDI­CIÓN DEL FES­TI­VAL

Revista Abordo - - EXPERIENCIAS TRAVEL -

El ser es o no es. El di­le­ma plan­tea­do por Wi­lliam Sha­kes­pea­re si­gue con­fron­ta­do nues­tra in­te­rac­ción con el uni­ver­so. Las ideas gi­ran en los la­be­rin­tos ex­tra­ños de la men­te, mien­tras en el Tea­tro Bo­lí­var asis­to a una de las úl­ti­mas fun­cio­nes del Fes­ti­val de Ar­tes Vi­vas Loja 2017. En el es­ce­na­rio, Wil­son Pi­co -a par­tir del en­fo­que de gé­ne­ro, en­tre otros im­por­tan­tes plan­tea­mien­tos- cons­tru­ye len­gua­jes en dan­za con­tem­po­rá­nea. No sal­go del des­lum­bra­mien­to, de ahí la ne­ce­si­dad de ini­ciar es­te diá­lo­go tras las hue­llas del bailarín que fue homenajeado en la se­gun­da edi­ción del fes­ti­val.

Wil­son, ¿có­mo na­ce tu amor por la dan­za con­tem­po­rá­nea?

Ha si­do un lar­go pro­ce­so per­so­nal; he tra­ba­ja­do con esa ob­se­sión que sus­ci­ta el fue­go sa­gra­do de la dan­za. El gé­ne­ro so­lis­ta es un ofi­cio par­ti­cu­lar, se ne­ce­si­ta al­go que no sé có­mo lla­mar­lo, que es­tá aden­tro y que aflo­ra en el cuer­po. Re­cuer­do que cuan­do creé Si­len­cios que ha­blan, en 1970, me sen­tía tan fe­liz de in­ter­pre­tar mi pri­mer so­lo, lo bai­lé en el cen­tro cul­tu­ral que exis­tía en el in­te­rior del par­que El Eji­do. Esa obra me abrió las puer­tas a un tra­ba­jo lar­go, crea­ti­vo, de pro­ce­so. Hi­ce va­rias dan­zas de gru­po con el Ba­llet Ex­pe­ri­men­tal Mo­derno, en­tre 1972 y 1974. En el 75 re­gre­sé a la pro­duc­ción so­lis­ta y bro­ta­ron -den­tro de un re­ci­tal de cua­tro co­reo­gra­fías- dos dan­zas con pro­fun­do con­te­ni­do de gé­ne­ro, La Bea­ta y Mu­jer, que me han acom­pa­ña­do has­ta hoy. A mí me dio mu­cha fuer­za sa­ber que en nues­tras fies­tas po­pu­la­res hay hom­bres ves­ti­dos de mu­jer, aun­que es muy di­fe­ren­te el contexto de lo que los an­tro­pó­lo­gos lla­man “cul­tu­ra po­pu­lar” y el es­ce­na­rio. Sin em­bar­go, eso me per­mi­tió rom­per pre­jui­cios; fui el pri­mer bailarín es­cé­ni­co en el Ecua­dor que bai­ló ves­ti­do de mu­jer. Lo sig­ni­fi­ca­ti­vo, lo pri­mor­dial, des­de lue­go, era el con­te­ni­do; así lo ha com­pren­di­do el pú­bli­co en to­dos los paí­ses que he pre­sen­ta­do Mu­jer.

Son 50 años de vida ar­tís­ti­ca. ¿Có­mo ves las nue­vas pro­pues­tas en lo con­tem­po­rá­neo?

La dan­za con­tem­po­rá­nea se ha desa­rro­lla­do de for­ma ex­traor­di­na­ria y hay mu­chas pro­pues­tas real­men­te in­tere­san­tes. Se­ña­le­mos que bai­la­ri­nes des­ta­ca­dos que son par­te de la Com­pa­ñía Na­cio­nal de Dan­za y de otros gru­pos han pa­sa­do por los es­pa­cios que he di­ri­gi­do, co­mo las es­cue­las Ex­plo­ra­do­res de la Dan­za y Fu­tu­ro Sí. Son cin­co dé­ca­das y mi ma­yor re­ga­lo es ha­ber apor­ta­do pa­ra crear un ver­da­de­ro mo­vi­mien­to de dan­za y ha­ber en­con­tra­do len­gua­jes ade­cua­dos pa­ra ex­pre­sar nues­tra reali­dad.

Es de­cir, eres co­rres­pon­sa­ble de la nue­va dan­za con­tem­po­rá­nea en el Ecua­dor.

Eso lo di­ce la crí­ti­ca es­pe­cia­li­za­da. Por mi par­te, te digo que yo no creí man­te­ner­me 50 años bailando, doy gra­cias a la vida que mi cuer­po a es­tas al­tu­ras pue­da ge­ne­rar nue­vas ideas, en­se­ñar, pro­du­cir la dan­za co­mo un dis­cur­so de li­ber­tad, co­mo fue­go vi­vo don­de los pue­blos des­de la fuer­za po­lí­ti­ca y ar­tís­ti­ca pue­den re­pen­sar­se.

¿Crees que la ju­ven­tud de­ba es­tu­diar dan­za?

Mi re­co­men­da­ción es que si­gan dan­za o tea­tro úni­ca­men­te si exis­te una lla­ma en el in­te­rior, una mís­ti­ca, una pa­sión. El ca­mino más rá­pi­do pa­ra al­can­zar el éxi­to es­tá en otras pro­fe­sio­nes; el ar­te tie­ne otras re­tri­bu­cio­nes que se ha­cen flor en el es­pí­ri­tu.

¿Qué te ha da­do el fue­go exis­ten­cial de la dan­za? Y, ¿Por qué crees que sí de­be­rían ser ar­tis­tas quie­nes tie­nen esa lla­ma?

Ese fue­go es au­tén­ti­co y ver­da­de­ro cuan­do uno ha­ce lo que ama. Es­to es una se­ñal de que se es­tá vi­vien­do lo que se de­be vi­vir. ¿Qué sa­ca­mos en la vida si no cum­pli­mos los an­he­los ver­da­de­ros? Yo no me ima­gi­né que la dan­za iba a ser mi ca­mino; que­ría ser un buen za­pa­te­ro o sas­tre. Cuan­do vi­ne a la Es­cue­la de la Ca­sa de la Cul­tu­ra, me gus­tó la dis­ci­pli­na que te­nía la pro­fe­so­ra y me que­dé. No lo pue­do ex­pre­sar de otra ma­ne­ra, aquí es­toy en me­dio de enor­mes sa­tis­fac­cio­nes que me ha da­do la dan­za. El bailarín es co­mo el poe­ta: la gen­te cree que los poe­tas no sir­ven, pe­ro un poe­ma nos pue­de cam­biar la vida, nos pue­de ayu­dar a ver más allá de la pe­sa­da co­ti­dia­ni­dad. El ar­te es im­por­tan­te, por­que no es co­mo “2 + 2 = 4”, sino la po­si­bi­li­dad in­fi­ni­ta de res­pues­tas.

¿Có­mo vis­te el desa­rro­llo del Fes­ti­val de Ar­tes Vi­vas?

Lle­gué un día an­tes de mis pre­sen­ta­cio­nes y no pu­de ver la gran fies­ta tea­tral pro­du­ci­da en las dis­tin­tas sa­las. Pe­ro sen­tí el am­bien­te en la ciu­dad, la gen­te vol­ca­da en las ca­lles, ar­tis­tas ex­pre­sán­do­se. Eso es ma­ra­vi­llo­so, de­be­ría re­pli­car­se, de­be­rían exis­tir fes­ti­va­les en Tul­cán, en Ba­baho­yo, en Gua­mo­te, en to­das las ciu­da­des del país, don­de las ar­tes de­ben ser el es­pa­cio de en­cuen­tro de la co­mu­ni­dad, con ello po­de­mos ge­ne­rar otra men­ta­li­dad en el país.

Fuis­te el ar­tis­ta homenajeado en el Fes­ti­val de Ar­tes Vi­vas, ¿Qué sig­ni­fi­ca eso en tu ser?

Un Acuer­do del Mi­nis­te­rio de Cul­tu­ra y Pa­tri­mo­nio, es un re­co­no­ci­mien­to he­cho des­de una in­ten­ción ama­ble, pa­ra una vida en­te­ra da­da al ar­te, es un buen ges­to que agra­dez­co. Creo, sin em­bar­go, que el me­jor re­co­no­ci­mien­to a un ar­tis­ta in­de­pen­dien­te, que no ha si­do nun­ca aus­pi­cia­do ni man­te­ni­do por el Es­ta­do, se­ría dar­le tra­ba­jo bien pa­ga­do. Por ejem­plo, en mi ca­so, dán­do­me la po­si­bi­li­dad de bai­lar en los lu­ga­res don­de no he po­di­do ha­cer­lo, apro­ve­chan­do que es­toy vi­vo, que pue­do y quie­ro ha­cer­lo. El me­jor ho­me­na­je que pue­de re­ci­bir un ar­tis­ta es­cé­ni­co es que su obra sea vis­ta en lu­ga­res don­de no se ha pre­sen­ta­do nun­ca o lo ha he­cho muy po­cas ve­ces.

TEX­TO: Ga­briel Cis­ne­ros Abe­drab­bo @ga­briel­cis­ne FO­TOS: Cortesía Mi­nis­te­rio de Cul­tu­ra y Pa­tri­mo­nio

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