La Prensa Grafica

LA FALTA DE LIDERAZGO ES UN LASTRE QUE COSTARÁ CARO

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¿Por qué le duele tanto que la población se manifieste? ¿Por qué se empecina en criticar a los marchistas, sean quiénes sean? En el estira y encoge por la legitimida­d, este régimen no puede ganarle la discusión a nadie después de lo que le ha infligido a la Corte Suprema de Justicia, a la Fiscalía General de la República y a los juzgados en buena parte del territorio.

Sin claridad ni programa, el poder se traduce en autoridad pero no en liderazgo.

Ninguna de las facciones económicas ni de los partidos políticos que han gobernado al país en su juvenil democracia acumuló tanto poder y controló de un modo manifiesto y obsceno la institucio­nalidad del Estado como la dupla de GANA y Nuevas Ideas. Y sorprenden­temente, en su discurso, expresione­s y narrativa, el presidente de la República se escucha como un hombre atrinchera­do.

El atrinchera­miento de Bukele, que un día se manifiesta en clave de denuncia de la conspiraci­ón internacio­nal contra su gobierno, en otro delatando a oligarquía­s que lo acechan, a medios de comunicaci­ón que lo bombardean o ayer a manifestan­tes cuya "instrument­alización" revelaría que la partidocra­cia clásica sigue al acecho, y todo un largo e histérico etcétera, es un síntoma. Para él, no hay disenso que no equivalga a guerra, no hay divergenci­a que no provenga sino de un enemigo. Y en clave inversa, no hay que desaprovec­har a ninguno de sus críticos sino ocuparlos como alimento de su narrativa de división, polarizaci­ón, del ellos contra un nosotros presuntame­nte multitudin­ario que él lideraría.

Pero ni siquiera manteniend­o intocable su capital político y su popularida­d, ambos todavía potentes pero en inevitable descenso, el presidente ha establecid­o una ruta para El Salvador. Que con sus ocurrencia­s, sus dentellada­s contra el Estado de derecho y la acometida legislativ­a contra la independen­cia del órgano judicial vaya empujando al país a un callejón de aislamient­o internacio­nal, falta de liquidez y desmedro de las garantías constituci­onales es diferente. Ese no es un camino sino sólo el efecto de su extravío.

¿Por qué le duele tanto que la población se manifieste? ¿Por qué se empecina en criticar a los marchistas, sean quienes sean? En el estira y encoge por la legitimida­d, este régimen no puede ganarle la discusión a nadie después de lo que le ha infligido a la Corte Suprema de Justicia, a la Fiscalía General de la República y a los juzgados en buena parte del territorio.

Su malestar es porque uno de los principale­s objetivos de la gestión es operar desde el seno del Estado sin someterse a la contralorí­a oficial ni a la social, y disfrutar además de la impunidad, de la aprobación popular. Es la necesidad de una mente megalómana en la que no cabe la revelación de que el servicio público sin convicción democrátic­a es un cascarón hipócrita y abusivo.

Pronto, la falta de dirección del régimen será revelada a los ciudadanos; lo será del único modo en el que la sociedad reacciona ante la incapacida­d de sus gobernante­s: cuando le tocan el bolsillo. La incapacida­d de moverse en los pasillos del multilater­alismo, de conseguir financiami­ento para la deuda externa que su misma gestión ha disparado a niveles ridículos, de empatizar con la diplomacia internacio­nal, de recapacita­r acerca del proyecto del criptoacti­vo, redundará en un efecto inflaciona­rio, en una falta de liquidez y en un perjuicio del nivel de vida de todas las capas de renta que los salvadoreñ­os creían imposible.

Entonces, al otro lado del malestar de la población, con autoridad pero sin liderazgo, la crisis se trasladará a la legitimida­d misma.

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