Pro­ta­go­nis­tas del cam­bio

Revista Actitud - - CARTA DEL DIRECTOR - Por: Ale­xis Ca­nahui ALE­XIS CA­NAHUÍ

“El hom­bre sa­bio no de­be abs­te­ner­se de par­ti­ci­par en el go­bierno del Es­ta­do, pues es un de­li­to re­nun­ciar a ser útil a los ne­ce­si­ta­dos, y una co­bar­día ce­der el pa­so a los in­dig­na­dos”

–Epi­te­to de Frigia

–Bue­nas tar­des don Jai­me!

—¿Có­mo es­tás Mar­ce­lo?, si que­rés me sa­lu­das.

—Dis­cul­pe, es que es­ta­ba dis­traí­do tra­tan­do de re­cor­dar al­go que se me ocu­rrió ayer por la no­che, pe­ro na­da, no lo­gro re­cor­dar, don Jai­me.

—Como se­rás de ol­vi­da­di­zo Mar­ce­lo, por eso di­cen que has­ta la tin­ta más en­de­ble es me­jor que la más lú­ci­da me­mo­ria.

—Lo que pa­sa don Jai­me es que ten­go tan­tas co­sas en la ca­be­za con to­do es­to que ha pa­sa­do en nues­tro país, y jus­ta­men­te en eso es­ta­ba pen­san­do cuan­do tu­ve la idea, pe­ro aho­ri­ta no me acuer­do cuál era la idea que se me ocu­rrió.

—Con­ta­me ¿qué an­dás ha­cien­do por acá?

—No sé, me gus­ta ve­nir a ca­mi­nar por aquí a ver a los pá­ja­ros vo­lar. A ve­ces me pre­gun­to có­mo se­ría si los hom­bres pu­dié­ra­mos vo­lar.

—Ah, sin du­da se­ría chi­le­ro vos, pe­ro los hom­bres ¡no pue­den vo­lar!, aho­ra me vas a sa­lir con que te es­tás vol­vien­do lo­co; vo­lar es de pá­ja­ros y avio­nes, y las bru­jas en sus es­co­bas.

—Las bru­jas no exis­ten don Jai­me, ya ve que us­ted tam­bién cree en co­sas irrea­les,

yo creo en al­go y eso es lo que pien­so, así de sim­ple: el mundo es pe­que­ño cuan­do los sue­ños son gran­des.

—Aho­ra te la que­rés lle­var de fi­ló­so­fo vos Mar­ce­lo, sa­lís con ca­da co­sa. Me­jor an­dá a ver si en­con­trás quién te crea tus “ba­bo­sa­das”. Ya no tar­da­rás en an­dar so­ñan­do en ser pre­si­den­te, y que Gua­te­ma­la va a cam­biar o que vie­ne una nue­va pri­ma­ve­ra pa­ra nues­tro país y ¡tan­tas cha­ra­das!.

—No le quie­ro fal­tar el res­pe­to don Jai­me, pe­ro dé­je­me ex­pli­car­le: Si ven­go a ver de vez en cuan­do a los pá­ja­ros vo­lar es por­que me gus­ta sen­tir esa li­ber­tad, y si soy un so­ña­dor, es por­que quie­ro un país dis­tin­to.

–Tal­vez ten­gás razón, pe­ro nues­tro ca­so, es ca­so per­di­do pa­to­jo.

–¿A qué le apues­ta don Jai­me?, si en otras oca­sio­nes ha de­po­si­ta­do su con­fian­za en que un hom­bre pue­de cam­biar el país y se ha equi­vo­ca­do; ¿por qué va a de­jar de creer? Na­die tie­ne el po­der que te­ne­mos todos jun­tos. De­je de re­ne­gar don Jai­me, y crea que el mundo pue­de cam­biar.

—Mi­ra vos no que­rrás en­se­ñar­me a mí que soy más vie­jo que vos, ¿a ca­so es­ta­bas en tiem­po de an­ta­ño?, esos eran bue­nos tiem­pos, años que no vol­ve­rán, cuan­do vos ni ha­bías na­ci­do yo vi­vía la re­vo­lu­ción del 44, ma­ta­ron a mis ami­gos, vos no sa­bes qué es es­tar en gue­rra, por eso es fá­cil que pre­di­qués la paz. El 20 de oc­tu­bre de 1944 y fe­chas ale­da­ñas fue­ron días gri­ses, en­te­rra­mos a más de un com­pa­ñe­ro de cla­se y a más de un maes­tro de es­cue­la, y ¿qué pa­só? ¿al­go fun­cio­nó? Son már­ti­res del si­len­cio que nun­ca en­con­tra­ron su vic­to­ria. Hoy quie­ren con ar­mas tec­no­ló­gi­cas com­ba­tir es­to, pe­ro se­rá más de lo mis­mo, una lla­ma­ra­da de tu­sa, y na­da más.

—En­tien­do su pe­si­mis­mo, pe­ro no com­pren­do su te­mor, si lo ha vi­vi­do una vez, atré­va­se a vol­ver a in­ten­tar­lo, los jó­ve­nes lo estamos cre­yen­do pe­ro los vie­jos como us­ted di­ce, es­tán dán­do­se por ven­ci­dos. Los tiem­pos cam­bian y hay nue­vas opor­tu­ni­da­des. Cuan­do un pá­ja­ro es­tá vi­vo se co­me a las hor­mi­gas, pe­ro cuan­do es­tá muer­to, las hor­mi­gas se lo co­men a él. Las cir­cuns­tan­cias son dis­tin­tas hoy por mu­chas co­sas, pe­ro la más evi­den­te es que te­ne­mos el po­der de co­mu­ni­car y dar­nos a es­cu­char.

—Qui­zá ten­gás razón; pe­ro qué nos que­da a no­so­tros los vie­jos, sino más que sen­tar­nos a es­pe­rar ese cam­bio.

—No, no de­be­mos es­pe­rar que el país cam­bie, sin im­por­tar si so­mos jó­ve­nes o vie­jos, del pue­blo o la ca­pi­tal. Te­ne­mos que ser no­so­tros los por­ta­go­nis­tas de ese cam­bio.

—Ve pué, me sa­lis­te bien pi­las vos. Yo creo que sé cual era la idea que se te ha­bía ocu­rri­do.

—Cuál don Jai­me.

—¡Pues es­ta! No di­go pues.

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