Lo­ros en bi­ci­cle­ta

Tom Rowe pa­sea dos ve­ces al día con sus mas­co­tas so­bre el ti­món de un ve­lo­cípe­do.

Revista D - - ASÍ LO VIVÍ - Car­men Se­gu­ra

Las ten­den­cias pa­ra ejer­ci­tar­se cam­bian co­mo el lar­go de las fal­das. En unos días son pro­lon­ga­das y en otros cor­tas. Al­gu­nas per­so­nas van al gim­na­sio, unos pre­fie­ren las ca­lles, pe­ro hay quie­nes se ha­cen acom­pa­ñar por ¿lo­ros?

Des­de ha­ce unos me­ses, por pres­crip­ción mé­di­ca, sal­go a ca­mi­nar por el bu­le­var del con­da­do don­de vi­vo, y aun­que me cos­tó en­con­trar­le pla­cer al spor­ti­ve walking, cla­ro, más allá de los be­ne­fi­cios pa­ra un es­ta­do óp­ti­mo de sa­lud, me he to­pa­do con gran­des sor­pre­sas, co­mo cuan­do es­cu­ché a unos lo­ros sil­bar y “ha­blar” so­bre el ti­món de una bi­ci­cle­ta.

No re­sis­tí la ten­ta­ción y abor­dé a su pi­lo­to. Se tra­ta de Tom Rowe, un es­ta­dou­ni­den­se que vi­ve en Gua­te­ma­la des­de ha­ce unos me­ses. Su es­pa­ñol es tan es­ca­so co­mo mi in­glés, pe­ro eso sí, su son­ri­sa es enor­me y sus ojos azu­les bri­llan cuan­do ha­bla de sus mas­co­tas: Gordo y Pe­qui­ta, las ra­zo­nes prin­ci­pa­les de sus pa­seos ma­tu­ti­nos y ves­per­ti­nos, “pues son muy in­quie­tos y sa­lir los cal­ma, y yo es­toy más sano”, cuen­ta.

Ellos son pa­re­ja, pe­ro Gordo es muy ce­lo­so, me di­ce Tom mien­tras co­lo­ca a Pe­qui­ta en mi hom­bro. Efec­ti­va­men­te, el ave ma­cho co­men­zó a gri­tar, ya que lo ha­bían se­pa­ra­do de su ama­da.

“Des­de que lle­gó Bush (Geor­ge) a la presidencia de EE. UU. de­ci­dí de­jar mi tie­rra, por eso vi­ví un tiem­po en México y más tar­de en Ecua­dor. Tras asu­mir el po­der Oba­ma (Ba­rack), re­gre­sé por un tiem­po. Pe­ro con Trump (Do­nald) ¿quién se quie­re que­dar con un lo­co co­mo él de­ci­dien­do por to­dos? Yo no”, com­par­te.

A pe­sar de que su es­po­sa es gua­te­mal­te­ca, fue has­ta ha­ce po­co que am­bos op­ta­ron por re­si­dir en el país. “Me en­can­ta la gen­te, la na­tu­ra­le­za y mi es­ti­lo de vi­da en es­ta ciu­dad, así que no vol­ve­ré a Es­ta­dos Unidos o a otra la­ti­tud pa­ra re­si­dir, so­lo de vez en cuan­do iré de tu­ris­ta”, afir­ma. Los lo­ros, en­tre­tan­to, si­guen su ter­tu­lia bu­lli­cio­sa. Tom sube a la bi­ci­cle­ta y po­sa pa­ra la fo­to.

Qué ma­ra­vi­llo­so es ca­mi­nar, y no úni­ca­men­te por lo que re­cal­can los mé­di­cos, pues po­ner­se en mo­vi­mien­to, ade­más de ofre­cer una mejor sa­lud fí­si­ca y men­tal, se con­vier­te en una cá­te­dra ma­gis­tral que en­se­ña que vi­vir es dis­fru­tar de las co­sas sen­ci­llas.

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