EN­TRE­VIS­TA

“La be­lle­za sal­va­rá al mun­do”, di­ce el diá­cono Giu­sep­pe Creaz­za, quien regresará a su ciu­dad na­tal lue­go de 32 años en

Revista D - - ASÍ LO VIVÍ - Por Ro­ber­to Vi­lla­lo­bos Via­to Fo­to: Juan Die­go Gon­zá­lez

E l diá­cono Giu­sep­pe Creaz­za na­ció en la cam­pi­ña de Vi­cen­za, Ita­lia, el 22 de ma­yo de 1938. “Mi pa­pá era albañil y mi ma­má lavaba la ro­pa de los ri­cos”, cuen­ta.

Des­de muy jo­ven se in­tere­só por la obra de Dios, aun­que no des­de el pun­to de vis­ta del sa­cer­do­cio, sino pa­ra co­la­bo­rar en el ser­vi­cio mi­sio­ne­ro, so­bre to­do en­tre los jó­ve­nes. “Siem­pre qui­se es­tar cer­ca de la gen­te”, ex­pre­sa.

Bep­pino —co­mo mu­chos lo co­no­cen— in­gre­só a la con­gre­ga­ción Pía So­cie­dad San Ca­ye­tano, fun­da­do por el pa­dre Ot­to­rino Za­non, y ahí se con­vir­tió en uno de los pri­me­ros ocho diá­co­nos per­ma­nen­tes que se or­de­na­ron en el mun­do —es­tá a pun­to de cum­plir 50 años de aque­llo—. “Es­ta­mos pa­ra ser edu­ca­do­res de la co­mu­ni­dad; lo nues­tro no es la pre­di­ca­ción, sino el ser­vi­cio”, acla­ra.

Vino a Gua­te­ma­la en 1986. Pri­me­ro pa­ra for­mar se­mi­na­ris­tas y lue­go pa­ra con­tri­buir en la pas­to­ral ju­ve­nil, y ha con­tri­bui­do en las ac­ti­vi­da­des de la pa­rro­quia de la Vir­gen de la Me­da­lla Mi­la­gro­sa y en la crea­ción del Cen­tro Edu­ca­ti­vo Com­ple­men­ta­rio Pa­dre Ot­to­rino, am­bos en la zo­na 7 ca­pi­ta­li­na. Asi­mi­mo, ha im­pul­sa­do cien­tos de re­ti­ros con di­ver­sas ins­ti­tu­cio­nes edu­ca­ti­vas.

Lue­go de 32 años en nues­tro país, Creaz­za regresará a Ita­lia el 13 de oc­tu­bre, pe­ro de­ja un ri­co le­ga­do.

¿Có­mo con­tri­bu­ye la obra mi­sio­ne­ra en con­tra­rres­tar la po­bre­za?

Mu­chos pien­san que des­de el prin­ci­pio le de­ci­mos a la gen­te que va­ya a mi­sa o que le re­ce a la Vir­gen­ci­ta, pe­ro no es así. En cam­bio, lo pri­me­ro que ha­ce­mos es tra­tar de erra­di­car la po­bre­za men­tal. Con es­to me re­fie­ro a que los ayu­da­mos a que re­cu­pe­ren su autoestima, a que des­pier­ten, a que sue­ñen y que se pro­yec­ten un fu­tu­ro me­jor. Es vi­tal que se sien­tan dig­nos y que se­pan que son ca­pa­ces de ha­cer gran­des co­sas.

Des­de el prin­ci­pio se ha en­fo­ca­do en la pas­to­ral ju­ve­nil, ¿por qué?

Por­que los adul­tos me abu­rren —ríe—. Le voy a con­tar una anéc­do­ta. Cuan­do te­nía unos 19 años fre­cuen­ta­ba un gru­po mi­sio­ne­ro en la ciu­dad don­de na­cí. Pa­ra en­ton­ces te­nía no­via, quien era bo­ni­ta e in­te­li­gen­te, pe­ro jus­to en esa épo­ca me di cuen­ta de que mi vo­ca­ción era otra, pues que­ría de­di­car mi vi­da al ser­vi­cio de los de­más a tra­vés de la obra de Dios. Por eso me vol­ví diá­cono.

¿Cuál es la di­fe­ren­cia con el sa­cer­do­cio?

Lo que pa­sa es que el sa­cer­do­te sa­be

“No voy a ju­bi­lar­me” Des­pués de 32 años de ser­vi­cio en Gua­te­ma­la, pri­me­ro en la for­ma­ción de se­mi­na­ris­tas y lue­go en las pas­to­ra­les, el diá­cono re­gre­sa a Ita­lia.

bas­tan­te de la Bi­blia, de la ley de Dios, pe­ro yo sen­tía que ellos es­ta­ban le­jos de la gen­te y yo no que­ría eso, ya que desea­ba per­ma­ne­cer cer­ca me­dian­te el ser­vi­cio. De esa cuen­ta, in­gre­sé a la con­gre­ga­ción Pía So­cie­dad San Ca­ye­tano, que fun­dó el pa­dre Ot­to­rino Za­non.

¿Cuá­les son los votos del dia­co­na­do?

Po­bre­za, cas­ti­dad y obe­dien­cia.

¿Cuán­do vino a Gua­te­ma­la?

En 1986. Es­tu­ve en la pa­rro­quia de San Ca­ye­tano y lue­go en La Ver­be­na. Me en­fo­qué, pri­me­ro, en for­mar a se­mi­na­ris­tas, y lue­go en la pas­to­ral ju­ve­nil.

De he­cho, a us­ted lo co­no­cen bas­tan­te por sus re­ti­ros.

Sí; en es­tos 32 años calcu­lo que lle­ga­ron a ser unos 10 mil chi­cos los que se ins­cri­bie­ron. En­tre otras ac­ti­vi­da­des, qui­zás otros cin­co o seis mil.

¿De qué sir­ve un re­ti­ro?

Se lo voy a res­pon­der con es­ta anéc­do­ta. Iba con las es­tu­dian­tes de úl­ti­mo año de di­ver­si­fi­ca­do y les pre­gun­ta­ba: “A ver, ¿qué es lo más im­por­tan­te pa­ra us­te­des es­te año?”, y me res­pon­dían que gra­duar­se. Les re­pli­ca­ba “ton­tas que son”, y se me que­da­ban vien­do con in­cre­du­li­dad. Les acla­ré que lo más im­por­tan­te en ese año o en cual­quier otro son ellas, por­que so­lo tie­nen una vi­da y si la jue­gan mal, es­ta­rán fre­ga­das pa­ra siem­pre.

¿A qué voy con es­to? A que los re­ti­ros sir­ven pa­ra que los jó­ve­nes se pre­pa­ren en mu­chos ám­bi­tos, a te­ner va­lo­res y a ser no­vios, es­po­sos…. Son es­pa­cios en los que Dios te con­fir­ma que eres lo má­xi­mo y en el que vas a sa­ber que no te va a man­dar al infierno so­lo por­que tu pa­re­ja te to­ca.

¿Es así de di­rec­to con ellos?

¡Cla­ro! De he­cho, me di­vier­to cuan­do los pa­dres es­tán cer­ca. Les di­go: “Si sus hi­jas tie­nen no­vio, de­ben sa­ber que se to­can”. Ellos se que­dan bo­quia­bier­tos y les res­pon­do: “Y no me di­gan que us­te­des, pa­pá y ma­má, que cuan­do es­ta­ban sa­lien­do se que­da­ban sen­ta­di­tos en postura de ora­ción y re­ci­tan­do Dios te sal­ve Ma­ría…”.

¿Ha te­ni­do pro­ble­mas con al­guien de­bi­do a ello?

Sí. Hu­bo co­le­gios en los que, por cier­tas char­las que im­par­to, me de­ja­ron de lla­mar. In­clu­so, hay pa­dres que no quie­ren que ha­ble de cier­tas co­sas… ¡Ton­tos que son mu­chas ve­ces! Se es­can­da­li­zan por co­sas que son na­tu­ra­les.

¿Co­mo la se­xua­li­dad?

Exac­to. Los mu­cha­chos ne­ce­si­tan sa­ber que úte­ro se lla­ma úte­ro, que va­gi­na es va­gi­na, que pe­ne es pe­ne o que penetración es penetración. La so­cie­dad de­be com­pren­der que la edu­ca­ción se­xual es edu­ca­ción en el amor; los pa­to­jos de­ben sa­ber qué es­tán ha­cien­do. Si na­die les di­ce na­da, las co­sas terminan en em­ba­ra­zos no desea­dos, por ejem­plo.

En­ton­ces, ¿los pa­dres de fa­mi­lia no es­tán dis­pues­tos a brin­dar­les ese ti­po de co­no­ci­mien­tos a sus hi­jos?

No es­tán pre­pa­ra­dos; tie­nen mie­do. In­clu­so es un desafío que tie­nen que su­pe­rar los co­le­gios católicos.

¿Y los re­li­gio­sos?

Bueno… voy a ha­blar por mí, y yo no soy una per­so­na nor­mal. Lo que pue­do de­cir es que a los jó­ve­nes hay que ha­blar­les cla­ro. Hay que educar y no con­de­nar­los al infierno.

Mu­chos tien­den a con­de­nar cuan­do al­go no les pa­re­ce.

Una vez man­dé a unos jó­ve­nes con edad ade­cua­da a que vie­ran có­mo vi­ven las pros­ti­tu­tas de la lí­nea. Ha­bía una chica que, pe­se a su po­bre­za, com­par­tió su co­mi­da con ellos. Al re­gre­sar se pre­gun­ta­ron: “¿Se­rá que ella irá al infierno?”. La res­pues­ta la dio Je­sús al de­cir: “Los úl­ti­mos se­rán los pri­me­ros”. Es­to nos en­se­ña que, por nin­gún mo­ti­vo, de­be­mos juz­gar ni con­de­nar a los de­más.

¿Se pue­de vi­vir fe­liz y con va­lo­res aún sin bus­car a Dios o una re­li­gión es­pe­cí­fi­ca?

Por su­pues­to. Co­noz­co ateos que son fe­li­ces por­que vi­ven con va­lo­res, por­que don­de hay va­lo­res, es­tá Dios.

Cuén­te­me acer­ca de las otras ac­ti­vi­da­des que efectuó con la pas­to­ral.

El ob­je­ti­vo principal es sa­car a los chi­cos de la calle, ya que es­ta es la maes­tra de la de­lin­cuen­cia. De esa cuen­ta, es im­por­tan­te en­fo­car­los en el de­por­te y las ar­tes. Me gus­ta usar una fra­se de Dos­to­yevs­ki: “La be­lle­za sal­va­rá al mun­do”. Por eso quie­ro lle­var­les cul­tu­ra. Pe­ro mi­re có­mo son las co­sas… En una oca­sión una maes­tra pro­pu­so im­par­tir­les dan­za ára­be a las chi­qui­llas y me pa­re­ció bien. La cues­tión es que al­gu­nos pa­pás se opu­sie­ron… pe­ro bueno, eso es par­te del ar­te y mu­chas otras fa­mi­lias ins­cri­bie­ron a sus hi­jas en esa ra­ma. Tam­bién hay cla­ses de zum­ba, mú­si­ca, tea­tro, et­cé­te­ra.

¿Lo re­co­no­cen en la calle?

Sí, me quie­ren mu­chí­si­mo. Aho­ra que re­gre­so a Ita­lia me es­tán ha­cien­do mu­chas des­pe­di­das.

¿Es­tá fe­liz de vol­ver a su país?

No, por­que pen­sa­ba mo­rir­me acá, pe­ro en no­viem­bre pa­sa­do es­tu­ve gra­ve por una neu­mo­nía. Los su­pe­rio­res de la con­gre­ga­ción, que es­tán en Ita­lia, me di­je­ron que me acer­ca­ra. En reali­dad, es­toy lis­to pa­ra dar ese pa­so.

¿No era po­si­ble de­cir­les que pre­fie­re que­dar­se?

No quie­ro ser­le un pe­so a la co­mu­ni­dad. Me­jor me voy por­que allá ten­go dón­de vi­vir y hay un hos­pi­tal. Pe­ro ojo, que no voy a ju­bi­lar­me, sino que voy a tra­ba­jar. Si no ha­go na­da, me mue­ro en 15 días.

¿Se­gui­rá en­tre jó­ve­nes?

Siem­pre con ellos.

Pa­ra us­ted, ¿qué es lo más im­por­tan­te en la vi­da?

En­con­trar el za­pa­to que me­jor le sir­va a tu pie; es de­cir, que ca­da uno en­cuen­tre su vo­ca­ción, pues así po­drá sen­tir­se en su lu­gar.

¿Le ha he­cho más fe­liz dar que re­ci­bir?

Sí, eso le da sen­ti­do a la vi­da. Por la cer­ca­nía con la gen­te, hay quie­nes me han ve­ni­do a de­cir: “tú has si­do más pa­pá pa­ra mí, que mi pro­pio pa­dre”.

¿Qué si­tua­cio­nes fue­ron las que más le im­pac­ta­ron du­ran­te su es­ta­día en Gua­te­ma­la?

En ge­ne­ral, sa­ber que va­rios han te­ni­do cam­bios pa­ra bien. Otros se han acer­ca­do y me han di­cho que, si yo no hu­bie­ra es­ta­do con ellos en de­ter­mi­na­do mo­men­to, qui­zás hoy se­rían de­lin­cuen­tes. Creo, con hu­mil­dad, que le sal­vé la vi­da a mu­chos.

Su­pon­go que ex­tra­ña­rá nues­tro país.

Sí. Me en­ca­ri­ñé muy rá­pi­do con los gua­te­mal­te­cos. Es una tie­rra que amo, tan lin­da; aquí me hi­ce más hu­mano y, por tan­to, más cris­tiano. De aquí me des­pi­do con un fuer­te abra­zo y desean­do una enor­me ben­di­ción pa­ra to­dos.

Si vol­vie­ra a na­cer vol­ve­ría a ha­cer lo mis­mo; el ser­vi­cio al pró­ji­mo es lo mío, es mi vo­ca­ción”.

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