Ale­xey Ma­rro­quín

Una dan­za a tres mil re­vo­lu­cio­nes por mi­nu­to

Revista D - - FRENTE - Tex­to y fo­to Jo­sé Luis Es­co­bar

Cre­cer en un ho­gar don­de se apre­cia­ba el ar­te mar­có a Ale­xey Ma­rro­quín has­ta que ha­lló su lu­gar en la plás­ti­ca na­cio­nal. A 25 años de su in­cur­sión co­mo ar­tis­ta cuen­ta que los ini­cios de su ca­rre­ra es­tu­vie­ron muy in­fluen­cia­dos por los án­gu­los rec­tos y los ma­te­ria­les de la ar­qui­tec­tu­ra. Hoy sus obras re­fle­jan una dan­za pe­cu­liar, una en­tre lo in­dus­trial y lo eté­reo.

La du­re­za y frial­dad del me­tal y una pu­li­do­ra se con­vier­ten en sus ma­nos en el so­por­te don­de plas­ma mo­vi­mien­tos su­ti­les.

Ma­rro­quín (Gua­te­ma­la, 1974) ha ex­pues­to des­de 1993 en al­re­de­dor de 90 oca­sio­nes, en di­ver­sas co­lec­ti­vas así co­mo en mues­tras in­di­vi­dua­les. Dos de las más re­cien­tes son Na­ci­mien­to de es­tre­llas, en la ga­le­ría del Ho­tel Real Con­ti­nen­tal, (2017) y Di­ná­mi­cas ener­gé­ti­cas en El At­ti­co (mar­zo del 2018), en la cual mos­tró más de 40 pie­zas. Pa­ra el pró­xi­mo año pre­pa­ra una en el área de ex­hi­bi­cio­nes de Adria­ti­ka Bou­ti­que Ho­tel, en la zo­na 14.

De sus par­ti­ci­pa­cio­nes en el ex­tran­je­ro des­ta­can las lle­va­das a ca­bo en Soho y Chel­sea, en Nue­va York, ade­más de las que ha or­ga­ni­za­do en Mia­mi (EE. UU.), Bar­ce­lo­na (Es­pa­ña) y Bo­log­na (Ita­lia).

En el 2003 ob­tu­vo el pre­mio Bron­ce en la ca­te­go­ría abs­trac­ta en el cer­ta­men de Fun­da­ción Ro­zas-Bo­trán. La ma­yo­ría de su obra se en­cuen­tra en co­lec­cio­nes pri­va­das.

Sus pa­dres apre­cia­ban mu­cho el ar­te. ¿De qué ma­ne­ra lo mar­có?

A am­bos le gus­ta­ban; mi pa­dre tam­bién fue ar­qui­tec­to. En ca­sa era fre­cuen­te que lle­ga­ran ar­tis­tas. Uno de ellos, El­mar Ro­jas (1942-2018) fue mi pa­drino. Por ello fue nor­mal que sien­do ni­ño me ins­cri­bie­ran en cur­sos de pin­tu­ra.

Pa­ra crear usa ma­qui­na­ria in­dus­trial so­bre me­tal y plas­ma te­mas eté­reos. Su téc­ni­ca re­vis­te de fle­xi­bi­li­dad el alu­mi­nio.

Cuan­do se es pe­que­ño, uno es co­mo una es­pon­ja y ab­sor­be to­do lo que su­ce­de a su al­re­de­dor, eso, sin du­da, mar­có mi fu­tu­ro.

Re­cuer­do que ad­mi­ra­ba mu­cho el tra­ba­jo de los ex­po­nen­tes que nos vi­si­ta­ban y eso me que­dó muy gra­ba­do, tan­to que, se re­fle­jó tam­bién en la pro­fe­sión que ele­gí y en que­rer co­men­zar una ca­rre­ra en el cam­po de la plás­ti­ca.

Y eli­gió ar­qui­tec­tu­ra.

Era la que más se acer­ca­ba a mis in­te­re­ses ar­tís­ti­cos. Es una ca­rre­ra don­de uno lee y es­tu­dia bas­tan­te acer­ca de las co­rrien­tes ar­qui­tec­tó­ni­cas y el ar­te, es muy ri­ca, ade­más, co­mo fuen­te de crea­ti­vi­dad. El ar­qui­tec­to, al igual que un ar­tis­ta, tie­ne que es­ti­mu­lar mu­cho su par­te crea­ti­va.

¿En qué mo­men­to des­cu­brió esa par­te ar­tís­ti­ca?

Con­si­de­ro que fue an­tes de la ca­rre­ra uni­ver­si­ta­ria. Ali­men­té esa lla­ma con la lec­tu­ra de ar­tícu­los de mi in­te­rés y tam­bién con la vi­si­ta re­gu­lar de ar­tis­tas a la ca­sa de mis pa­dres. Mi pa­pá tam­bién fue ar­qui­tec­to.

De la mis­ma ma­ne­ra en que uno no se ha­ce ar­tis­ta de la no­che a la ma­ña­na, tam­po­co en mi pro­fe­sión uno di­se­ña y cons­tru­ye edi­fi­cios así por así; to­do fue un re­co­rri­do que de­mo­ró va­rios años has­ta que me sen­tí se­gu­ro de mos­trar mis pro­pues­tas.

¿Fue du­ran­te esa eta­pa que di­se­ñó mue­bles?

Esa fue una es­cue­la muy di­ná­mi­ca, al­go que ha­llé muy gra­to ha­cer. Pe­ro la fa­se con los amue­bla­dos no pre­ce­dió a la pin­tu­ra. Pri­me­ro me aven­tu­ré con los cua­dros y las obras de ar­te.

Cin­co o seis años des­pués me ani­mé a fa­bri­car mue­bles, que lle­va­ron co­mo agre­ga­do al­gún de­ta­lle de mi in­te­rés por el ar­te. Eran fun­cio­na­les, pe­ro no de­ja­ban de te­ner ese com­po­nen­te, por ejem­plo, una pla­ca de me­tal so­bre puer­tas de ma­de­ra, o bien, otro de si­mi­la­res ca­rac­te­rís­ti­cas de­ba­jo del vi­drio de un co­me­dor.

Aho­ra ya no los fa­bri­co tan a me­nu­do co­mo an­tes, úni­ca­men­te ba­jo pe­di­dos es­pe­cia­les. Es­toy de lleno en mis cua­dros, así co­mo en mi fa­ce­ta de ar­qui­tec­to.

¿Des­de el co­mien­zo de su ca­rre­ra tra­ba­jó el me­tal?

No. Pri­me­ro uti­li­cé vi­drio y ma­de­ras pro­ce­sa­das. Des­pués ex­pe­ri­men­té con me­ta­les de­no­mi­na­dos hie­rros dul­ces, es de­cir, los que se oxi­dan y que por lo ge­ne­ral per­te­ne­cen al sec­tor in­dus­trial. Tra­ba­jé con va­rios de ese ti­po has­ta que ha­llé en el alu­mi­nio la me­jor op­ción.

¿Qué téc­ni­cas mar­ca­ron sus ini­cios?

Mis pri­me­ras obras te­nían una gran in­fluen­cia de la ar­qui­tec­tu­ra co­mo tal, ya que co­men­cé a plas­mar ideas re­la­cio­na­das a es­te te­ma so­bre vi­drio ahu­ma­do.

Las per­so­nas que las mi­ra­ban no sa­bían dis­tin­guir si se tra­ta­ba de ma­que­tas, pues con ma­te­ria­les pro­pios de la pro­fe­sión, creé ciu­da­des fu­tu­rís­ti­cas, a es­ca­las im­po­si­bles de lle­var a ca­bo, con ob­je­tos que se usan en la cons­truc­ción.

Eran pie­zas muy mar­ca­das por los án­gu­los rec­tos y las lí­neas, muy po­co fle­xi­bles y or­gá­ni­cas. Las ac­tua­les se ca­rac­te­ri­zan por mos­trar mo­vi­mien­tos y cur­vas, aun así, evi­den­cia­ban mi bús­que­da por plas­mar la na­tu­ra­le­za y el cos­mos; no que­ría en­ca­jo­nar­me.

¿Ex­pu­so du­ran­te ese pe­río­do?

Con esa te­má­ti­ca par­ti­ci­pé en al­gu­nas co­lec­ti­vas. La pri­me­ra mues­tra in­di­vi­dual fue en 1994, en la ga­le­ría Ga­lart, ad­mi­nis­tra­da por Re­né Os­sa­ye; el si­tio que­da­ba cer­ca del Ho­tel Ca­mino Real.

Os­sa­ye tam­bién era ar­qui­tec­to, por lo que rá­pi­da­men­te com­pren­dió mi pro­pues­ta, no así los asis­ten­tes, a quie­nes va­rias ve­ces tu­ve que ex­pli­car­les de qué tra­ta­ban mis pie­zas.

Re­cuer­do que al fi­nal de ese even­to ven­dí tres cua­dros. Re­co­noz­co que no fue fá­cil qui­tar­me esa rí­gi­da ca­mi­sa de rec­tas y án­gu­los de 90 gra­dos.

¿De qué ma­ne­ra lo lo­gró?

Co­mo mu­chos en sus al­bo­res, tra­ba­jé pa­ra mí mis­mo. Cuan­do lo­gré sen­tir­me có­mo­do con mis pro­pues­tas, las fui mos­tran­do a mi círcu­lo cer­cano y así ga­né, po­co a po­co, la con­fian­za pa­ra lle­var­lo a otros con­tex­tos.

Tam­bién las so­me­tí a la crí­ti­ca. Men­cio­né que a la ca­sa de mis pro­ge­ni­to­res lle­ga­ban ar­tis­tas, ami­gos de la fa­mi­lia, quie­nes no me da­ban cum­pli­dos, más bien me ha­bla­ban con fran­que­za en los as­pec­tos que de­bía me­jo­rar. Uno de mis men­to­res fue El­mar Ro­jas, quien fue muy cla­ro al de­cir­me que de­bía adop­tar una lí­nea más or­gá­ni­ca.

No fue fá­cil des­li­gar­me de la par­te téc­ni­ca. En mis obras hay in­te­gra­ción de tex­tu­ras, pro­fun­di­dad y cur­vas, los ele­men­tos pa­re­cen dan­zar y to­do lo lo­gro úni­ca­men­te con una pu­li­do­ra in­dus­trial so­bre alu­mi­nio. La téc­ni­ca se lla­ma des­bas­te del dis­co so­bre la plan­cha me­tá­li­ca. He ad­qui­ri­do des­tre­za con el dis­co, ejer­cien­do pre­sión y fuer­za de acuer­do con lo que ca­da cua­dro pi­de. Los mo­vi­mien­tos no son fríos ni cal­cu­la­dos, son re­sul­ta­do de una dan­za con una má­qui­na de tres mil re­vo­lu­cio­nes por mi­nu­to.

La par­te plás­ti­ca pa­re­ce tras­cen­der a otros cam­pos

Don­de uno cre­ce real­men­te es en la di­fi­cul­tad; so­lo ba­jo cier­tas si­tua­cio­nes uno ve con cla­ri­dad los ca­mi­nos, o qué tie­ne que pu­lir y, así, avan­zar. Son te­mas que, por tras­cen­der el cam­po ar­qui­tec­tó­ni­co, al­can­zan lo su­bli­me.

No hay ma­ne­ra de ex­pli­car lo que es in­he­ren­te al ser in­terno o a nues­tra par­te es­pi­ri­tual. Ha­llo in­tere­san­te la ma­ne­ra en que plas­mé esos as­pec­tos eté­reos con he­rra­mien­tas in­dus­tria­les. Pa­ra al­gu­nos fue co­mo mez­clar agua y acei­te, pe­ro en­con­tré una ma­ne­ra de unir­las.

La cu­ra­do­ra y crí­ti­ca de ar­te Sil­via He­rre­ra, pa­ra una de mis ex­hi­bi­cio­nes, es­cri­bió que si bien uso una pu­li­do­ra, que es­tá aso­cia­da a un pro­ce­so ar­duo, soy ca­paz de mu­tar esa fuer­za en pro­pues­tas su­ti­les y flui­das.

¿Hu­bo al­gún even­to que lo lle­vó a plan­tear­se el ar­te de esa ma­ne­ra?

En to­dos los cam­pos se tie­nen mo­men­tos de di­fi­cul­ta­des. Las res­pues­tas no es­tán afue­ra, sino aden­tro de uno. Cuan­do cam­bia­mos la for­ma in­ter­na de pen­sar, tam­bién lo ha­ce la ex­ter­na.

Hay nue­vas ge­ne­ra­cio­nes in­tere­sa­das en in­cur­sio­nar en el ar­te, ¿qué les su­gie­re?

Los ani­mo pa­ra que si­gan ade­lan­te con sus in­ten­cio­nes y que ten­gan fe en sí mis­mos. Ha­cer­lo se­rá una ex­pe­rien­cia muy gra­ti­fi­can­te.

No es­tá de­más lle­var la ca­rre­ra ar­tís­ti­ca a la par de una pro­fe­sión, de­bi­do al te­ma eco­nó­mi­co. Yo me ti­ré al agua de una vez y pa­sé mo­men­tos com­pli­ca­dos, sin em­bar­go, mis cua­dros, co­mo se di­ce po­pu­lar­men­te, “fue­ron ca­mi­nan­do”. Así que es bueno com­bi­nar el ar­te con una ac­ti­vi­dad don­de una pue­da ha­cer su obra tran­qui­la­men­te.

Re­co­noz­co que no fue fá­cil qui­tar­me esa rí­gi­da ca­mi­sa de rec­tas y án­gu­los de 90 gra­dos ”.

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