Revista D

La ca­pa­ci­dad del asom­bro

El es­cri­tor ha­bla acer­ca de la for­ma y el al­can­ce de la poe­sía, así co­mo de las po­si­bi­li­da­des de su cons­truc­ción en tiem­pos de pan­de­mia.

- Por Ale­jan­dro Or­tiz

AWings­ton Gon­zá­lez no se le en­cuen­tra en Fa­ce­book, Twit­ter o Ins­ta­gram. Ha­ce po­co de­ci­dió si­len­ciar­se en las redes so­cia­les, y aun­que eso su­pon­dría un ries­go en la era di­gi­tal, pa­ra él es una suer­te que po­cos pue­den te­ner: de­jar­se sor­pren­der por una cor­ta­du­ra o la fiesta más co­lo­sal.

Na­ci­do en Li­vings­ton y ra­di­ca­do en la ca­pi­tal co­men­zó a pu­bli­car en 2005, guia­do des­de pe­que­ño por una vas­te­dad lí­ri­ca que en­con­tró en tex­tos clá­si­cos, pe­ro tam­bién en el rap y el reg­gae. A sus más de 30 años ha es­cri­to en es­pa­ñol, in­glés y el con­san­guí­neo ga­rí­fu­na que cons­ti­tu­ye su uni­ver­so.

Des­de la pro­duc­ción tex­tual, Gon­zá­lez ha des­ple­ga­do un cen­te­nar de poe­mas en­tre tó­pi­cos de amor, muer­te, cul­pa y otras ex­pe­rien­cias equi­va­len­tes a la vi­da. Sus tex­tos han mi­gra­do de las pá­gi­nas: tam­bién co­bran vi­da en la dan­za, el tea­tro, las ar­tes vi­sua­les y la per­for­man­ce; to­das ge­ne­ra­das por “la ne­ce­si­dad de ha­blar” de su au­tor.

¿Có­mo lle­gó a la literatura?

Co­mo en to­das las fa­mi­lias, siem­pre hay al­guien que sa­be con­tar muy bien y ha­ce al­go ma­ra­vi­llo­so que con­sis­te en trans­for­mar cual­quier ma­te­rial en un re­la­to in­tere­san­te. Re­cuer­do que to­das las ma­ña­nas, mi mamá y mi abue­la se con­ta­ban sus sue­ños. Era lo pri­me­ro que ha­cían. Ese fue el primer acer­ca­mien­to a la idea de con­tar.

El se­gun­do fue la bi­blio­te­ca de Li­vings­ton, que es­ta­ba muy bien do­ta­da. Me em­pe­cé a re­fu­giar ahí y leí to­do lo que pu­de. El ter­cer mo­ti­vo fue un con­cur­so de di­bu­jo que ga­né, y el pre­mio fue una ca­ja de li­bros. Fue la pri­me­ra que tu­ve.

¿Cuán­do ad­qui­rió con­cien­cia del va­lor de las his­to­rias?

Des­de siem­pre. Creo que la lec­tu­ra qui­ta pre­jui­cios, y de­pen­dien­do del

Wins­ton Gon­zá­lez ha si­do tra­du­ci­do al in­glés y al ale­mán. Es miem­bro del co­lec­ti­vo-es­pec­tácu­lo li­te­ra­rio La Re­ta­guar­dia. En 2015 ga­nó el Pre­mio Me­soa­me­ri­cano de Poe­sía Luis Car­do­za y Ara­gón. Cuenta con más de 10 pu­bli­ca­cio­nes.

mo­men­to en el que se lea un tex­to, eso re­pre­sen­ta al­go. Cuan­do era ado­les­cen­te leía mu­cha fan­ta­sía y po­co a po­co me aden­tré en otros tex­tos que res­pon­die­ron a ne­ce­si­da­des pre­ci­sas.

¿Por qué qui­so es­cri­bir?

Al igual que mu­chos de mis com­pa­ñe­ros de Li­vings­ton du­ran­te la ado­les­cen­cia, que­ría­mos ser ra­pe­ros, can­tan­tes de pop o de reg­gae. Ese úl­ti­mo fue una en­tra­da im­por­tan­te por la es­truc­tu­ra lí­ri­ca y por lo que de­cía; eran co­sas muy cer­ca­nas a no­so­tros, a ve­ces más cer­ca­nas que los tex­tos que nos obli­ga­ban a leer en la es­cue­la.

¿In­cur­sio­nó en ello?

Es­ta­ba cons­cien­te de que des­de pe­que­ño era tar­ta­mu­do y que pro­ba­ble­men­te no hu­bie­ra triun­fa­do co­mo can­tan­te. Mi ma­ne­ra de ex­pre­sar­me, que tam­bién fue des­de la ti­mi­dez, co­men­zó es­cri­bien­do. Te­nía unos 7 u 8 años cuan­do em­pe­cé a ha­cer­lo, pe­ro en el di­ver­si­fi­ca­do fue una vía de es­ca­pe.

Me plan­teé ha­cer par­te de ese es­ca­pe a otras per­so­nas. Em­pe­cé a com­par­tir mis tex­tos en In­ter­net, con amigos, y co­men­cé a ir a un club de poe­sía en San Mar­cos cuan­do vi­ví allá. En el club ha­bía una di­ná­mi­ca muy ri­ca y rebelde; nos pe­leá­ba­mos con los poe­tas ma­yo­res.

¿Los poe­tas tra­di­cio­na­les sir­vie­ron pa­ra se plan­tea­ra una rup­tu­ra o son re­fe­ren­tes de ba­ses téc­ni­cas?

Un po­co de am­bas. Pe­ro tam­po­co veo esa di­vi­sión en­tre poe­tas tra­di­cio­na­les y con­tem­po­rá­neos. Los poe­tas res­pon­den a su tiem­po, y los vie­jos res­pon­die­ron a su tem­po­ra­li­dad.

¿Qué reali­dad ha que­ri­do abor­dar?

La experienci­a per­so­nal. Creo que los es­cri­to­res par­ti­mos de ahí y de có­mo nos afec­tan los gran­des te­mas: el amor, la muer­te, la cul­pa, la ale­gría o el asom­bro, que es al­go que me ha apa­sio­na­do siem­pre.

¿La te­má­ti­ca en sus tex­tos apun­ta a un as­pec­to es­pe­cí­fi­co o es una re­vi­sión de la experienci­a per­so­nal?

Los dos. Prin­ci­pal­men­te me in­tere­sa la pér­di­da de a po­co de la ca­pa­ci­dad de asom­brar­nos. Eso es el ori­gen de to­da crea­ti­vi­dad pa­ra mí. La ca­pa­ci­dad de asom­brar­nos es la que nos man­tie­ne vi­vos, por­que cu­rio­sa­men­te es­ta­mos en la era en la que hay más in­for­ma­ción dis­po­ni­ble. Ya ni la san­gre, ni la ale­gría, ni las fies­tas, ni los gran­des y apo­teó­si­cos car­na­va­les nos asom­bran.

Esa es una de las pre­gun­tas que me hago siem­pre: ¿por qué he­mos de­ja­do de asom­brar­nos y por qué ya no per­mi­ti­mos que el mundo nos afec­te y nos dé ese im­pul­so de una ac­ción crea­ti­va? Creo que la poe­sía tie­ne ese po­der. Cuan­do te en­fren­tas a un poe­ma lo pri­me­ro que ha­ces es pa­rar el mundo y de­jar que las pa­la­bras

en­tren en ti.

¿En qué mo­men­to con­si­de­ró que el asom­bro es­ta­ba en ries­go?

La pre­gun­ta siem­pre he es­ta­do ahí. Tal vez me la plan­teo por­que soy fá­cil de asom­brar. Es co­mo se di­ce en el es­pa­ñol gua­te­mal­te­co: soy muy shu­te, es­toy pa­pa­lo­tean­do, y me pregunto por qué la gen­te no pa­pa­lo­tea y no es­tá con la bo­ca abier­ta. La in­te­rro­ga­ción me ha acom­pa­ña­do to­da la vi­da y lo se­gui­rá ha­cien­do.

¿Su poe­sía es un in­ten­to por dar­le sen­ti­do a la fal­ta de asom­bro?

Creo que es el de pro­vo­car el pat­hos de las co­sas. Que sal­ga es otra co­sa, pe­ro sí es mi in­ten­ción. Creo que tam­bién es la in­ten­ción de cual­quier per­so­na que se de­di­que a es­cri­bir: la bús­que­da de co­mu­ni­car­se con el otro y ex­pli­car­le có­mo ve al mundo. Yo lo veo de tal for­ma y es lo que ofrez­co.

¿A qué se debe que en sus tex­tos no ha­ya lo­ca­lis­mos?

En el mundo que he­mos cre­ci­do hay un mon­tón de in­fluen­cias. To­das las re­gio­nes pre­sen­tan ri­que­zas pro­pias. A mí me encanta el es­pa­ñol dia­lec­tal gua­te­mal­te­co ca­pi­ta­lino. Me fas­ci­na tan­to co­mo el oc­ci­den­tal des­de que vi­ví diez años en San Mar­cos. Es­cu­cha­ba mo­dis­mos lo­ca­les y los iba ad­qui­rien­do. Soy una per­so­na que ad­quie­re len­gua­je de don­de ven­ga y qui­zá por eso no se no­te ese fe­nó­meno.

¿Có­mo de­ci­de es­cri­bir en es­pa­ñol, in­glés o ga­rí­fu­na?

El idio­ma es un re­cur­so, pe­ro ca­da tex­to res­pon­de a su pro­pia ne­ce­si­dad. Creo que ca­da tra­ba­jo que hago reac­cio­na y eli­ge un len­gua­je se­gún las ne­ce­si­da­des de ese mo­men­to. Con el tiem­po uno aga­rra ofi­cio, va sa­bien­do ha­cer las co­sas y se van ad­qui­rien­do nue­vas he­rra­mien­tas pa­ra ha­cer el tra­ba­jo.

¿Se sien­te có­mo­do es­cri­bien­do en al­gún idio­ma en par­ti­cu­lar?

En es­pa­ñol, por­que cre­cí ha­blán­do­lo. Mi mamá y abue­la ha­bla­ban ga­rí­fu­na, pe­ro al ver que yo te­nía que ir a la es­cue­la se em­pe­ña­ron en en­se­ñar­me el idio­ma de la es­cue­la, que era el es­pa­ñol.

El in­glés es una he­rra­mien­ta. El ga­rí­fu­na es el uni­ver­so en el que cre­cí, aun­que no lo ha­ble día a día. Pien­so y com­pren­do su­ti­le­zas en ese idio­ma que no com­pren­de­ría en in­glés, por ejem­plo.

Su obra ha os­ci­la­do de for­ma­to. ¿No es su­fi­cien­te de­jar la experienci­a poé­ti­ca en un li­bro?

Tal vez eso se de­ba a esa ve­na un po­co ex­hi­bi­cio­nis­ta que tengo, pe­ro tam­bién por la ne­ce­si­dad de ha­blar. La poe­sía no so­lo lle­ga por me­dio del li­bro, sino que mu­chas ve­ces hay que leer­la en vi­vo y en voz al­ta.

Son procesos dis­tin­tos: es­tá el del lec­tor en so­li­ta­rio y el de lo oral en es­pa­cios pú­bli­cos don­de la gen­te cap­ta pa­la­bras y tam­bién se pue­de te­ner una in­te­rac­ción so­cial que no se lo­gra des­de las som­bras. El tra­ba­jo de es­cri­bir es muy so­li­ta­rio, pe­ro leer es un tra­ba­jo que ha­ce­mos en­tre to­dos.

¿Qué pe­so ha te­ni­do pro­mul­gar su poe­sía en Li­vings­ton o San Mar­cos?

Cuan­do es­ta­ba en San Mar­cos ha­cía mu­chas lec­tu­ras pú­bli­cas y aho­ra que es­toy en la ca­pi­tal, tam­bién. En cues­tio­nes de dis­tri­bu­ción, mar­ke­ting edi­to­rial o ad­qui­si­ción de es­pa­cios, no en­tien­do có­mo fun­cio­na (ri­sas). Des­de mi es­pa­cio hago lo que pue­do y has­ta don­de me es po­si­ble.

¿Có­mo se di­vul­gan o dis­tri­bu­yen sus obras sin redes so­cia­les?

Tengo bue­nos amigos y sa­ben muy bien acer­ca de te­mas de edi­ción y dis­tri­bu­ción. He si­do muy afor­tu­na­do. Con mis amis­ta­des he­mos crea­do redes de ca­ri­ño y tam­bién de di­vul­ga­ción. La poe­sía en­cuen­tra su ca­mino, por muy ocul­ta que esté.

¿Con­si­de­ra po­si­ble el sos­te­ni­mien­to de una obra sin usar pla­ta­for­mas?

Yo re­cién me sa­lí, pe­ro hay otras for­mas: es­cri­bir en si­tios de In­ter­net, ha­cer fan­zi­nes; se pue­den ha­cer es­tra­te­gias, per­for­man­ces… Sí se pue­de, per­fec­ta­men­te.

¿Có­mo per­mea la cri­sis del co­vid-19 su rea­li­za­ción li­te­ra­ria?

Ha­ce un año y me­dio sal­go mu­cho me­nos. Me man­ten­go le­yen­do, de­di­ca­do a mi obra. La cri­sis que es­ta­mos su­frien­do nos pre­pa­ra pa­ra un nue­vo mundo, pien­so yo. Creo que es muy tem­prano pa­ra ha­cer especulaci­ones de qué ma­ne­ra nos va a afec­tar.

Afec­ta­rá la for­ma en la que va­mos a ha­cer literatura, en la ma­ne­ra en la que nos es­ta­mos co­mu­ni­can­do, las for­mas de educación y, so­bre to­do, del es­pí­ri­tu hu­mano. El pla­ne­ta en­te­ro es­tá en­ce­rra­do y eso da un tiem­po va­lio­sí­si­mo pa­ra pen­sar en no­so­tros, en nuestra esen­cia.

Y ahí co­bra im­por­tan­cia la poe­sía…

Sí. Y có­mo nos cons­trui­mos.

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Foto: Cortesía Dos de las más re­cien­tes pu­bli­ca­cio­nes de Wings­ton Gon­zá­lez, pa­ra quien el asom­bro es la prin­ci­pal ins­pi­ra­cón.

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