Diario El Heraldo

La lengua del sapo

Verdad De valientes y lengudos también están llenos los cementerio­s

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Desapareci­dos. Jorge y Luis desapareci­eron de la noche a la mañana, y en la aldea todo el mundo los echó de menos porque el domingo siguiente no había carne en el rastro. Ellos compraban y vendían ganado para destazar y así ganarse la vida. Pero, aquel fin de semana, el pequeño rastro estaba cerrado. Desde el viernes anterior, los dos amigos y socios no se veían por ninguna parte. La Policía dijo que tal vez andaban de parranda y que allí iban a aparecer, que nadie debía preocupars­e, sin embargo, una madre es una madre y nadie engaña al corazón de una mujer que ha traído hijos al mundo. Doña Luisa, madre de Luis, sentía “como un ahogo en el pecho”, y a veces no podía respirar. Su hijo no tenía la costumbre de alejarse de la casa ni una sola noche, y ya llevaba tres. Está bien. Bebía de vez en cuando, pero controlaba las cervezas porque estaba cuidando el dinero que ganaba para comprarse una finquita y criar vacas de engorde. Por eso, ella estaba segura de que a su hijo le había pasado algo malo. En cuanto a la esposa, esta decía todo lo contrario. Lo más seguro era que se había ido con Jorge para Choluteca, que allá se habían conseguido algunas mujeres, de esas fáciles, a las que solo se les enseña un billete y ya se quedan en traje de Eva, y mejor que ni regresara a la casa porque le iba a cantar sus tres verdades y después lo iba a correr… aunque la casa fuera de su madre, esto es, de su suegra.

Jorge no tenía mujer, ni madre, pero tenía abuela y tías, y como era medio despistado y parrandero, pues, no preocupaba mucho a su familia. Era seguro que se había ido con Luis a mujerear a Choluteca, o a Chinandega, en Nicaragua, y ya iba a aparecer de un día para otro con una vaca amarrada de un lazo para destazarla el domingo siguiente. Pero nada de aquello sucedió. Jorge y Luis siguieron desapareci­dos hasta el miércoles siguiente, y el jueves, y el viernes; y para el lunes, la Policía llegó a hacer preguntas.

“Somos de la DPI, señora –le dijeron a la esposa–, o sea, de la Dirección Policial de Investigac­ión Criminal, y queremos hacerle algunas preguntas acerca de su esposo Luis”.

“Pregunte lo que quiera”. “¿Cuándo lo vio por última vez?” “Hace dos viernes, en la mañana. Dijo que se iba a ver con Jorge para comprar un buey que les vendían a buen precio, pero no volvieron a aparecer…”

La mujer había cambiado de tono, y ahora se veía preocupada. “¿Llevaban bastante dinero?” “Pues, lo de siempre… Lo que ocupaban para comprar los animales… Yo no sé cuánto era”.

“¿Y siempre salían juntos?” “Siempre, porque eran socios en el negocio del destace de reses, y eran amigos…”

JORGE

Fueron los detectives a la casa de Jorge, y una de las tías les dijo:

“Desde el viernes antepasado que salió de la casa… Y no ha regresado”. “¿Tiene enemigos su sobrino?” “No, que yo sepa, señor”. “¿Sabe si tuvieron algún problema Luis y Jorge?”

“No, señor, porque siempre se llevaron muy bien, desde chiquitos…”

“¿Sabe usted cómo les iba en el negocio?”

“Pues para mí que les iba muy bien, porque un domingo destazaron tres reses en vez de la única vaca que destazaban cada domingo… Y como aquí no iban a poder vender la carne, dejaron una res en la aldea y se fueron a Choluteca con la carne de las otras dos; y parece que les fue bien porque venían cargados de billete, y bien alegres… prendidos, pues, por el guaro”.

“Ah, ya. ¿Y puede decirnos a quién le compraron esas tres reses que destazaron ese domingo?”

“Mire, señor, yo de eso no sé nada… Él solo se entendía con Luis, el amigo que también se desapareci­ó con él, y de allí, yo nada más puedo decirle…”

“Pero al menos puede decirnos a quién o a quiénes les compraban las reses que destazaban cada domingo…”

“Ah, bueno; eso sí… Aquí siempre está de venta una vaca, un toro o un buey… ¿Tiene lápiz con qué apuntar?” “Sí tengo…”

La mujer le dio algunos nombres al detective, y estos salieron de la aldea rumbo a un caserío, cerca de la frontera con Nicaragua. Allí, en una casa, encontraro­n a don Lalo.

“Pues, sí, muchachos –les dijo este–, yo les vendía vaquitas a veces… Las que ya no me servían para parenderas, pues las vendía para carne… Pero yo no los he visto desde hace unas tres semanas, creo, cuando les vendí un buey al que se le quebró una pata…”

“Don Lalo –le dijo el detective–, hace dos semanas, más o menos, Jorge y Luis destazaron tres reses el mismo día, ¿sabe usted a quiénes se las compra

Jorge y Luis desapareci­eron de la noche a la mañana, y en la aldea todo el mundo los echó de menos porque el domingo siguiente no había carne en el rastro. Ellos compraban y vendían ganado para destazar y así ganarse la vida”.

ron?”

“¿Tres reses el mismo día?” El anciano había puesto el grito en el cielo y se había quitado el sombrero a causa de la sorpresa.

“Sí, don Lalo; tres reses”.

“Ah, pues eso sí que me parece raro, porque los muchachos tenían un principal para trabajar, pero no tanto como para comprar tres reses de una sola vez… Me consta que estaban ahorrando, pero aquí la gente vive a coyol quebrado, coyol comido, y no creo que alguien les haya dado fiadas dos vacas más… Eso no, señor…”

“Entonces, ¿qué cree usted?” El anciano se rascó la cabeza por todas partes, luego se puso el sombrero. Dudaba, pero había algo en su mirada que llamó la atención de los policías. Era como si supiera algo o como si sospechara algo. Sin embargo, nada le dijeron, esperando a que él se decidiera a hablar.

Por fin, don Lalo dijo, bajando la voz, como si no quisiera que nadie más lo escuchara.

“Miren, muchachos, a mí no me gusta el chisme ni andarme metiendo en la vida de nadie, pero por ahí anda una bulla que a doña Mencha, la mujer de Obdulio, al que le dicen ‘Lengua de Sapo’, se le perdieron tres vacas, de las paridas que tenía y que le daban sus buenas botellas de leche diaria… A mí no me crean, pero es lo que se anda diciendo por ahí, y si estos chavalos destazaron tres reses un solo domingo, pues algo bueno no ha de ser… Y a mí se me hace que mejor vayan a la casa de doña Mencha…”

“Dígame, don Lalo, ¿sabe cuándo fue que se le perdieron esas vacas a doña Mencha?”

El hombre se rascó de nuevo la cabeza, se puso el sombrero una vez más, y dijo, siempre hablando en voz baja: “Pues hace dos domingos…”

“O sea, el domingo antepasado”.

“Así es”.

“Ya. Fue ese domingo cuando Jorge y Luis destazaron las tres vacas…”

“Ah, pues, vaya usted a saber…”

DOÑA MENCHA

Se fueron los detectives más adentro todavía, ya casi en la frontera con Nicaragua, y llegaron a una casa grande, de adobe y bahareque, que estaba en el centro de un patio donde había árboles frutales, gallinas, cerdos y patos; más allá, se veía un corral donde estaba encerrados unos terneros, y un poco más allá, estaban unos novillos y unas vacas. También había caballos y burros.

“¿Don Obdulio? –dijo uno de los detectives–. Buscamos a don Obdulio, el esposo de doña Mencha. Dígale que somos de la DPI…”

Salió de la cocina, al corredor, una mujer joven aunque avejentada por las penas y el trabajo del campo, y limpiándos­e las manos en el delantal, saludó a los policías y les dijo:

“¿Ustedes son los que buscan a mi esposo?”

“Sí, señora; somos de la DPI”.

“¿Y qué es lo que quieren?” “Pues queremos hablar con él por la pérdida que tuvo…”

“¿Pérdida? –preguntó doña Mencha–. ¿Qué fue la pérdida que tuvo mi marido?”

“Las tres vacas, señora –le dijo el detective–; sabemos que a su marido le robaron tres vacas hace más o menos un par de semanas…”

“¿Y quién les dijo eso a ustedes? Yo no le he dicho a nadie que se me perdieron los animales… Al único que le dije fue a mi esposo, y él lo que hizo fue decirme de todo, que por qué no las había cuidado y que cuando él viniera iba a arreglar las cosas…”

“Ah, ¿su esposo no está aquí?” “No, señor; él se fue hace unos tres meses a trabajar como albañil a Tegucigalp­a porque aquí la tierra ya no da para vivir como la gente decente… Por eso se fue mi viejo, y yo me quedé a cuidar lo poco que tenemos… con mis hijos, pues, señor, que ya están hombrecito­s”.

“Entonces, ¿él no estaba aquí cuando se perdieron las reses?”

“No”.

“¿Y sabe usted más o menos, o tiene alguna idea, de quién fue el que le robó sus animales?”

“Mire, señor –le respondió doña Mencha–, aquí siempre pasa de todo y hasta hoy es que se ve a la Policía por estos lados… Mire para allá, más allacito de esos naranjos ya es Nicaragua, o sea que mi solar tiene la mitad en Honduras y la otra mitad en Nicaragua… Y aquí la gente va y viene y uno no sabe ni con quién habla… Pudieron ser cualquiera­s los que se robaron las vacas… A lo mejor fue del otro lado, de allá de Nicaragua, y se las llevaron para allá, pero eso lo va a averiguar mi marido cuando vuelva”.

“Pues a nosotros nos dijeron que hace dos domingos, exactament­e, dos muchachos que se dedican a destazar ganado mataron tres reses ese mismo día, y que como no pudieron vender la carne en la aldea se llevaron la carne de dos de las reses para Choluteca, y allá sí que las vendieron, y a buen precio”.

La mujer no dijo nada, se quedó en silencio por largo rato, y, poco después, abrió la boca:

“Pues yo de eso no sé nada, señor… Aquí como las casas están lejos…”

“¿Conoce usted a Jorge y a Luis, los muchachos que se dedican a destazar ganado?”

“Pues solo de vista; yo no he tenido tratos con ellos, ni mi marido, porque mi marido cuida los animalitos”.

“Dígame una cosa, señora, ¿por qué no denunciaro­n el robo de las vacas a la Policía? Eso es un delito que se llama abigeato, y es castigado por la ley…”

“Mire, señor, aquí quien toma las decisiones es el varón de la casa… Cuando él venga, entonces él va a saber qué es lo que va a hacer”.

Los detectives dieron por terminada la conversaci­ón, y regresaron por donde habían venido. Cuando llegaron a la aldea, se encontraro­n con un gentío que ocupaba toda la calle. Había algunas mujeres llorando, y entre estas, los policías reconocier­on a la mamá y a la esposa de Luis.

“¿Qué es lo que pasa?” –preguntó el policía.

“Ay, señor –dijo la madre de Luis–; ya hallaron a mi muchacho…”

“¿Ya lo encontraro­n?”

“Sí…”

En ese momento se acercó al detective un Clase I de la Policía Nacional.

“Los encontramo­s en una hondonada, a un kilómetro camino del río –le dijo–; estaban enterrados. Unos perros se los estaban comiendo, y los zopilotes… Vengan a verlos ustedes…”

El detective dio una orden: “Hay que llamar a Choluteca…”

A mí no me gusta el chisme ni andarme metiendo en la vida de nadie, pero por ahí anda una bulla que a doña Mencha, la mujer de Obdulio, al que le dicen ‘Lengua de Sapo’, se le perdieron tres vacas, de las paridas que tenía y que le daban sus buenas botellas de leche diaria…”.

CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA

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