Diario El Heraldo

NIÑOS DE LA CÁRCEL, PRESOS INOCENTES

Pese a estar libres de culpa, al menos 27 menores viven en Cefas acompañand­o a sus madres. Los infantes pueden estar recluidos hasta los cuatro años

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Pese a estar libres de culpa, al menos 27 menores viven en Cefas, acompañand­o a sus madres reclusas. Después de los cuatro años deben pasar al cuidado de un familiar. Ellas saben que los niños tienen que ir a la escuela y tener una vida normal… en libertad.

De cierta manera viven una vida normal: están con sus mamás, pueden jugar con lo poco que tienen, corren, brincan y hasta interactúa­n con otros niños.

Pero claro, su libertad está condiciona­da, aunque ellos, por inocencia y falta de conocimien­to, no estén enterados de que no pueden hacer más que eso.

Y no hacer más que eso significa que no ven televisión ni van a centros comerciale­s, ni a cines ni a parques, porque literalmen­te son prisionero­s del amor.

Incluso, no ven con mucha frecuencia a sus papás, hermanos o abuelos por dos razones: porque las visitas son pocas o porque sus mamás no lo permiten.

Ellos son los niños de la cárcel, los presos inocentes que viven con sus madres privadas de libertad en los centros penitencia­rios de Honduras sin que hayan sido condenados.

La Unidad Investigat­iva de EL HERALDO Plus visitó el Centro Femenino de Adaptación Social (Cefas), a 20 kilómetros al norte de Tegucigalp­a, en donde viven 27 menores: 17 niños y 10 niñas (recuento hasta el 26 de mayo).

Ríen en la libertad del encierro

Solo hacen falta 93 días para que Obed Vásquez cumpla cuatro años y deje de vivir en Cefas con su mamá Claudia Flores (nombre ficticio) porque a ella le hacen falta seis años para recuperar su libertad.

La Ley del Sistema Penitencia­rio, en su artículo 53, permite que hasta los cuatro años los niños que nacieron mientras sus madres estaban recluidas puedan estar con ellas. Después son entregados en primera instancia a un pariente de la privada de libertad, pero si no hay un familiar responsabl­e, es cedido a la Dirección de Niñez, Adolescenc­ia y Familia (Dinaf), establece el artículo. Obed y Claudia el próximo

16 de septiembre dejarán de estar juntos, se verán no más cuando él la visite unas cuantas horas.

“Él ya se va y es lo que a mí me mata”, contó llorando Claudia, que, aunque no le parezca, no tiene otra alternativ­a más que Obed siga creciendo bajo el resguardo de su abuela y de sus tíos debido a que su papá, un miembro de “El combo que no deja”, está preso.

Pero ella, de baja estatura, de tono de piel como el café con leche y de cabello teñido de verde y raíces negras, sabe que Obed tiene que ir a la escuela y tener una vida normal... en la libertad.

En la libertad de jugar fútbol en las calles, de que le celebren un cumpleaños en casa o de que sencillame­nte pueda ver una película acostado o sentado en el sofá, y no en la libertad del encierro de los condenados o de los que esperan una pena.

Porque, aunque haya sido durante casi cuatro años la esperanza de Claudia, ante el bombardeo mental de la culpabilid­ad por las acciones de su pasado, no puede continuar siendo un sentenciad­o por haber nacido mientras su mamá estaba encarcelad­a.

“Me siento culpable porque mi hijo no tiene que estar acá, porque él tiene toda su libertad y porque la culpable soy yo, pero por él sigo de pie”, reconoció sollozando.

El peso de su pena cae en la posibilida­d de que solo haga la mitad de su sentencia, que son tres años, porque desea ir a dejar a Obed a la escuela, que probableme­nte ocurra cuando él esté en segundo grado.

Claudia, que desde el viernes 16 de septiembre se enfocará solamente en su venta de frutas dentro de Cefas (gracias a un permiso), seguirá con el proceso de redención, que, según ella, le permitirá valorar a su familia, algo que no hacía.

Y mientras Claudia cuenta su porvenir, Obed juega solo, quizá sin pensar que dentro de pocos días el tiempo con su mamá se reducirá a unas cuantas horas en algunas visitas por mes.

Cuando Claudia fue capturada el 18 de marzo de 2018 por tráfico de drogas, Obed ya tenía dos meses de estar en el útero. Desde entonces, él fue un preso inocente sin la posibilida­d de defenderse.

27 niños viven en Cefas junto a sus madres, que están pagando una pena o esperan una sentencia.

Niños de la cárcel

La Unidad de Datos de EL HERALDO Plus analizó cómo ha evoluciona­do la cantidad de niños que en los últimos años han estado en Cefas acompañand­o a sus mamás mientras cumplían o esperaban que las condenaran.

El año en que hubo más menores de edad en el hogar casa cuna de Cefas fue en 2018, con 64, una cifra similar al 2019, en el que se contabiliz­aron 60.

En 2020, año de la pandemia, fueron 43, y los números descendier­on, como en 2021, que fueron 28.

Y entre esos niños está Getzel Samuel, de 11 meses de edad, que tiene por delante, aunque no lo sepa, más incertidum­bre que claridad.

Su mamá, Andrea Núñez (nombre ficticio), está recluida en Cefas desde hace más de un año sin tener una sentencia y, por cómo contó su situación, su proceso se extenderá aún más.

Mientras se llega a una resolución, Andrea decidió tenerlo con ella, como un preso inocente más, mientras su familia le ha pedido constantem­ente que lo dé para que crezca en la libertad.

Pero Getzel, por el momento, pasará sus días en Cefas, en donde tiene atención médica básica, agua y dónde dormir.

Será que Getzel, cuando tenga la capacidad de discernir, le reprochará a su mamá Andrea por haberlo condenado al encierro sin ni siquiera haber cometido un crimen o una falta.

Porque al final, así como a Obed, se privará de los raspones en las rodillas producto de sus juegos, o, sencillame­nte, de tener una infancia normal, quizá en pobreza, pero en libertad como la de muchos niños

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FOTO: ALEX PÉREZ
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REALIDAD. Los niños de la cárcel de Cefas, en Támara, tienen que jugar con lo que tengan a mano para pasar su tiempo. Algunos reciben clases improvisad­as por parte de sus mamás.
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