EL TER­CER DÍA

Conectate - - NEWS - Dan Johns­ton Los cua­tro evan­ge­lios na­rran la re­su­rrec­ción de Je­sús. Es­te ar­tícu­lo es una adap­ta­ción de esos re­la­tos.

Les di­je­ron que es­ta­ba va­cío, que ha­bían en­con­tra­do la en­tra­da abier­ta y el se­pul­cro va­cío. Ha­bían tras­cen­di­do otros de­ta­lles, pe­ro eso fue su­fi­cien­te pa­ra que los dos sa­lie­ran dis­pa­ra­dos por las ca­lle­jue­las de la so­ño­lien­ta ciu­dad.

Par­tie­ron en­se­gui­da, apre­tan­do los ta­lo­nes, y re­co­rrie­ron to­do lo rá­pi­do que pu­die­ron el lar­go y os­cu­ro tra­yec­to. Los pri­me­ros ra­yos de sol ya co­men­za­ban a alum­brar el cie­lo.

Lo ha­bían se­pul­ta­do ape­nas tres días an­tes. «¿Qué más que­rrán ha­cer con Su cuer­po? —pen­sa­ban—. ¿No lo azo­ta­ron su­fi­cien­te an­tes de ma­tar­lo?»

To­da­vía es­ta­ba fres­co en la men­te de Pe­dro el re­cuer­do de los sol­da­dos des­car­gan­do sus lá­ti­gos con­tra Él una y otra vez, mu­cho más de lo que es ca­paz de so­por­tar un hom­bre. Y Él lo ha­bía per­mi­ti­do.

Je­sús pu­do ha­ber­lo de­te­ni­do. ¿Por qué de­jó que lo si­guie­ran ator­men­tan­do? Di­jo que po­dría ha­ber lla­ma­do a le­gio­nes de án­ge­les pa­ra que lo pro­te­gie­ran. ¿Por qué no lo hi­zo?

De gol­pe le vino al­go a la me­mo­ria. Era un tex­to del pro­fe­ta Isaías: «Él he­ri­do fue por nues­tras re­be­lio­nes, mo­li­do por nues­tros pe­ca­dos; el cas­ti­go de nues­tra paz fue so­bre Él, y por Su lla­ga fui­mos no­so­tros cu­ra­dos» 1.

En­ton­ces lo en­ten­dió: «Lo hi­zo por no­so­tros».

Ya se veía la en­tra­da del se­pul­cro. Juan se le ha­bía ade­lan­ta­do y lo es­ta­ba exa­mi­nan­do con la mi­ra­da sin atre­ver­se a en­trar.

Al acer­car­se, Pe­dro ami­no­ró la mar­cha. El sol se aso­ma­ba por en­ci­ma de un pe­que­ño mon­tícu­lo que que­da­ba a su es­pal­da. Ama­ne­cía.

En­tró, y Juan lo si­guió de cer­ca. La tum­ba es­ta­ba va­cía. En el sue­lo ha­bían que­da­do los lien­zos que se ha­bían em­plea­do pa­ra cu­brir el cuer­po, y el su­da­rio con que ha­bían en­vuel­to la ca­be­za de Je­sús es­ta­ba pro­li­ja­men­te do­bla­do un po­co más allá.

El cuer­po no es­ta­ba. Se lo ha­bían lle­va­do.

—¿Quién… qué…? —a Juan no le sa­lían las pa­la­bras; fi­nal­men­te acer­tó a de­cir—: ¿A dón­de se lo lle­va­ron?

No hu­bo res­pues­ta; so­lo si­len­cio. El am­bien­te era elec­tri­zan­te. Al­go se les es­ca­pa­ba. Al­go im­por­tan­te.

Per­ma­ne­cie­ron unos mi­nu­tos in­mó­vi­les, aguar­dan­do. De pron­to se les hi­zo la luz, y bri­lló en su co­ra­zón con una in­ten­si­dad pa­re­ci­da a la de aquel amanecer. Je­sús les ha­bía ha­bla­do de eso. En su mo­men­to ellos no lo ha­bían en­ten­di­do, pe­ro a esas al­tu­ras es­ta­ba cla­rí­si­mo.

«El Hi­jo del hom­bre […] se­rá en­tre­ga­do a los gen­ti­les […]; mas al ter­cer día re­su­ci­ta­rá » 2.

1. Isaías 53: 5 2. Lu­cas 18: 31–33

No es­tá aquí, pues ha resucitado.Ma­teo 28:6 Yo soy la re­su­rrec­ción y la vi­da; el que cree en Mí, aunque es­té muer­to, vi­vi­rá. Y to­do aquel que vi­ve y cree en Mí, no mo­ri­rá eter­na­men­te.Je­sús en Juan 11:25,26

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