In­ver­sio­nes ce­les­tia­les

Conectate - - NEWS - Ani­ta Clark Ani­ta Clark vi­ve en Ale­ma­nia. Ha si­do lec­to­ra de Co­néc­ta­te des­de el pri­mer nú­me­ro.

A mi edad, la gen­te sue­le po­ner­se a pen­sar se­ria­men­te en su fu­tu­ro. Ade­más de los hi­jos, la ca­rre­ra y la vi­vien­da, apa­re­ce el te­ma de los pla­nes de pen­sión y las in­ver­sio­nes de ca­pi­tal. Hay mu­chas op­cio­nes de in­ver­sión, y no es fá­cil de­ci­dir, pues en úl­ti­ma ins­tan­cia na­die pue­de de­cir­nos con cer­te­za cuál es la me­jor. Al­gu­nas de las po­si­bi­li­da­des que es­tu­dié son los se­gu­ros de vi­da, las pro­pie­da­des y los fon­dos de in­ver­sión, aun­que hay mu­chí­si­mas más.

Ha­ce po­co me reuní con una ami­ga que es mi­sio­ne­ra y ha via­ja­do por to­da Áfri­ca, Eu­ro­pa y el con­ti­nen­te ame­ri­cano pa­ra evan­ge­li­zar. Ad­mi­ro sus es­fuer­zos y el amor que sien­te por la gen­te a la que co­no­ce. Por ese mo­ti­vo de­ci­dí apo­yar eco­nó­mi­ca­men­te su la­bor. La úl­ti­ma vez que nos vi­mos me agra­de­ció el sa­cri­fi­cio que ha­bía he­cho pa­ra do­nar­le ese di­ne­ro. Eso me hi­zo re­fle­xio­nar, pues yo no lo veo en ab­so­lu­to co­mo un sa­cri­fi­cio; to­do lo con­tra­rio, lo con­si­de­ro una in­ver­sión en mi fu­tu­ro, la más pro­duc­ti­va.

Se­gu­ro de vi­da. La Bi­blia nos pro­me­te que, si so­mos ge­ne­ro­sos, Dios cui­da­rá de no­so­tros1. Tam­bién di­ce que, en la me­di­da en que ayu­de­mos a los de­más, Él nos ben­de­ci­rá a no­so­tros y ha­rá pros­pe­rar nues­tras la­bo­res2. Apo­yar la obra de Dios equi­va­le a pa­gar­le a Él la pri­ma de mi se­gu­ro de vi­da; Él a cambio ve­la por mí y por mis se­res que­ri­dos, tan­to en épo­cas de abun­dan­cia co­mo de es­ca­sez. Dios es mi red de se­gu­ri­dad. Aho­rro pa­ra vi­vien­da. Jesús di­jo que nos pre­pa­ra­ría un lu­gar3. Cuan­do des­tino mis re­cur­sos a Su obra, in­vier­to en una vi­vien­da que dis­fru­ta­ré en un fu­tu­ro de es­plen­dor en Su ciu­dad ce­les­tial. Es­toy se­gu­ra de que Él es un fa­bu­lo­so ar­qui­tec­to.

Car­te­ra de ac­cio­nes. Jesús di­jo que ten­dre­mos te­so­ros en el Cie­lo4. Al apo­yar eco­nó­mi­ca­men­te la la­bor mi­sio­ne­ra de mi ami­ga com­pro ac­cio­nes ce­les­tia­les que agre­go a mi car­te­ra. Cuan­to más tiempo y es­fuer­zo in­vier­te ella en su mi­sión ce­les­tial, más va­lor ad­quie­ren mis ac­cio­nes. El día en que yo com­pa­rez­ca an­te mi Ha­ce­dor, al fi­nal de mi vi­da, se li­qui­da­rá mi car­te­ra de ac­cio­nes y me pa­ga­rán su va­lor. Es­toy se­gu­ra de que la es­pe­ra ha­brá va­li­do la pe­na.

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