LOS DOS HER­MA­NOS

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Re­za la le­yen­da que ha­bía un mo­nas­te­rio cu­yo abad era muy ge­ne­ro­so. Ja­más ne­ga­ba alo­ja­mien­to a un men­di­go, y siem­pre da­ba to­do lo que po­día a los me­nes­te­ro­sos. Lo ex­tra­ño del ca­so es que, cuan­to más da­ba, más prós­pe­ro se tor­na­ba el mo­nas­te­rio.

Al mo­rir el vie­jo abad, fue sus­ti­tui­do por otro de ca­rác­ter to­tal­men­te opues­to. Un día lle­gó un an­ciano al mo­nas­te­rio pi­dien­do alo­ja­mien­to. Adu­jo que años an­tes le ha­bían da­do res­guar­do una no­che.

—Nues­tra aba­día ya no pue­de ofre­cer pen­sión a los ex­tra­ños co­mo cuan­do éra­mos más prós­pe­ros —le con­tes­tó el abad—. Ya na­die ha­ce ofren­das pa­ra nues­tra obra.

—No me sor­pren­de — di­jo el an­ciano—. Creo que se de­be a que echa­ron a dos her­ma­nos del mo­nas­te­rio.

—No re­cuer­do que ja­más ha­ya­mos he­cho eso —res­pon­dió el abad des­con­cer­ta­do.

— Cla­ro que sí —re­pli­có el an­ciano—. Eran ge­me­los. Uno se lla­ma­ba Dad, y el otro, Se-os-da­rá1. Co­mo echa­ron a Dad, Se-os-da­rá re­sol­vió ir­se con él. De gra­cia re­ci­bis­teis, dad de gra­cia. Jesús en Ma­teo 10:8 Con­si­de­ro que la con­fian­za y la pa­cien­cia van de la mano. Ya ve­rás que des­preo­cu­par­te y apren­der a con­fiar en Dios li­be­ra­rá el go­zo en tu vi­da. Y cuan­do uno con­fía en Dios, es ca­paz de ser más pa­cien­te. La pa­cien­cia no so­lo con­sis­te en es­pe­rar, sino en có­mo se es­pe­ra, en la ac­ti­tud que se tie­ne mien­tras se es­pe­ra. Joy­ce Me­yer (n. 1943) He re­suel­to es­tar ale­gre y fe­liz en cual­quier si­tua­ción en que me en­cuen­tre. Pues he apren­di­do que la ma­yor par­te de nues­tra des­di­cha o in­fe­li­ci­dad no es­tá con­di­cio­na­da por las cir­cuns­tan­cias, sino por nues­tro tem­pe­ra­men­to. Mart­ha Was­hing­ton (1731–1802) ¿Quie­res ser di­cho­so? Abre la mano y cie­rra los ojos. Re­frán es­pa­ñol En to­dos mis años de ser­vi­cio a mi Se­ñor he des­cu­bier­to una ver­dad que nun­ca ha fa­lla­do y nun­ca ha que­da­do en en­tre­di­cho. Esa ver­dad es que en el uni­ver­so de lo po­si­ble no ca­be que uno pue­da su­pe­rar a Dios en ge­ne­ro­si­dad. Por más que yo le en­tre­gue to­do lo que ten­go de va­lor, Él en­con­tra­rá una ma­ne­ra de de­vol­vér­me­lo con cre­ces. Charles Spur­geon (1834–1892)

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