6 SUENOS QUE FORJARON A UN HOM­BRE

Conectate - - CONECTATE - Sa­muel Kea­ting

Las La des­di­chas de Jo­sé se ini­ci­ni­cia­ron con dos sue­ños.

—Es­cu­chen lo que so­ñé — di­jo a su­sus 11 her­ma­nos—. Es­tá­ba­mos ata­na­tan­do ga­vi­llas en el campo cuan­do la mmía se le­van­tó y las de us­te­des se in­clin­cli­na­ron an­te la mía.

En el se­gun­do sue­ño de Jo­sé, el Sol, la Lu­na y 11 es­tre­llas se in­cli­na­ban an­te él.

El sig­ni­fi­ca­do de aque­llos sue­ños no era nin­gún mis­te­rio. Has­ta su pa­dre, que lo ama­ba más que a sus her­ma­nos, se ofen­dió y lo re­pren­dió pú­bli­ca­men­te.

Ja­cob per­do­nó a Jo­sé; no así sus her­ma­nos. Cuan­do se les pre­sen­tó la opor­tu­ni­dad, lo ven­die­ron co­mo es­cla­vo a unos mer­ca­de­res ex­tran­je­ros que via­ja­ban a Egip­to.

Lue­go de mu­chos años tra­ba­jan­do de ma­yor­do­mo y hom­bre de con­fian­za en la ca­sa de Po­ti­far — ca­pi­tán de la guar­dia del fa­raón—, Jo­sé fue in­jus­ta­men­te en­car­ce­la­do en los ca­la­bo­zos reales. La mu­jer de Po­ti­far ha­bía tra­ta­do de se­du­cir­lo y, al no lo­grar­lo, lo acu­só fal­sa­men­te de in­ten­to de vio­la­ción. Dios, sin em­bar­go, es­ta­ba con Jo­sé. Al po­co tiem­po el car­ce­le­ro le en­co­men­dó la di­rec­ción de los asun­tos co­ti­dia­nos de la pri­sión.

Pa­sa­ron va­rios años más has­ta que los sue­ños vol­vie­ron a de­jar su im­pron­ta en la vi­da de Jo­sé.

A cau­sa de cier­tas ofen­sas que la Bi­blia no pre­ci­sa, el fa­raón man­dó a su co­pe­ro y a su pa­na­de­ro a la cár­cel, la mis­ma en la que Jo­sé era el guar­da de fac­to.

Una ma­ña­na el co­pe­ro y el pa­na­de­ro es­ta­ban vi­si­ble­men­te tur­ba­dos. Jo­sé les pre­gun­tó qué los afli­gía, y le con­tes­ta­ron

—Los dos tu­vi­mos sue­ños ano­che, pe­ro na­die nos sa­be de­cir qué sig­ni­fi­can.

— La in­ter­pre­ta­ción de sue­ños es asun­to de Dios —les res­pon­dió Jo­sé—. Cuén­ten­me qué so­ña­ron.

El co­pe­ro pro­ce­dió en­ton­ces a re­fe­rir­le su sue­ño:

— So­ñé que ha­bía una vid de­lan­te de mí, y en la vid tres sar­mien­tos que ya em­pe­za­ban a dar bro­tes y flo­re­cer. Al po­co tiem­po pro­du­je­ron ra­ci­mos de uvas ma­du­ras. Yo sos­te­nía en la mano la co­pa del fa­raón. To­mé un ra­ci­mo de uvas y las ex­pri­mí en la co­pa. Se­gui­da­men­te la pu­se en la mano del fa­raón.

— Es­ta es la in­ter­pre­ta­ción del sue­ño — di­jo Jo­sé al co­pe­ro—: Los tres sar­mien­tos son tres días. Al ca­bo de tres días el fa­raón te le­van­ta­rá y te res­ti­tui­rá a tu pues­to. Acuér­da­te de mí cuan­do te va­ya bien. Haz men­ción de mí al fa­raón, para que me li­bre de es­ta pri­sión.

Vien­do el pa­na­de­ro que la in­ter­pre­ta­ción del sue­ño del co­pe­ro era para bien, le re­fi­rió su sue­ño a Jo­sé:

—Yo tam­bién tu­ve un sue­ño. So­ñé que lle­va­ba api­la­dos so­bre la ca­be­za tres ca­nas­ti­llos blan­cos. En el más al­to ha­bía to­da cla­se de man­ja­res de pas­te­le­ría para el fa­raón, pe­ro las aves vi­nie­ron y se los co­mie­ron.

La in­ter­pre­ta­ción del sue­ño del pa­na­de­ro no era na­da aus­pi­cio­sa. Es de ima­gi­nar­se, pues, la lu­cha interior que tu­vo Jo­sé para ex­pli­car­le lo que Dios le ha­bía re­ve­la­do:

— Los tres ca­nas­ti­llos tres días son. Den­tro de tres días el fa­raón or­de­na­rá tu eje­cu­ción.

Tres días más tar­de se ce­le­bró el cum­plea­ños del fa­raón. El co­pe­ro fue res­ti­tui­do a su pues­to, y el pa­na­de­ro ajus­ti­cia­do, tal co­mo Jo­sé ha­bía pre­di­cho. Des­gra­cia­da­men­te el co­pe­ro en­se­gui­da se ol­vi­dó de Jo­sé, que con­ti­nuó lan­gui­de­cien­do en la pri­sión.

Trans­cu­rri­dos dos años, el fa­raón tu­vo dos sue­ños en una mis­ma no­che. En el pri­me­ro, sie­te va­cas fla­cas de feo as­pec­to de­vo­ra­ban a sie­te va­cas gor­das. En el se­gun­do, de un so­lo ta­llo cre­cían sie­te es­pi­gas her­mo­sas car­ga­das de grano. Lue­go cre­cie­ron sie­te es­pi­gas del­ga­das mar­chi­ta­das por el vien­to solano, que de­vo­ra­ron a las sie­te es­pi­gas gor­das.

Al des­per­tar, el fa­raón man­dó lla­mar a sus ma­gos y adi­vi­nos para que le in­ter­pre­ta­sen aque­llos sue­ños; pe­ro nin­guno pu­do. Fi­nal­men­te el co­pe­ro ha­bló al fa­raón de Jo­sé y de su ha­bi­li­dad para in­ter­pre­tar sue­ños. En­ton­ces el fa­raón man­dó lla­mar­lo.

Cuan­do el fa­raón des­cri­bió sus sue­ños, Dios le re­ve­ló a Jo­sé que se tra­ta­ba de vi­sio­nes pro­fé­ti­cas del futuro de la re­gión. Ha­bría sie­te años de abun­dan­cia se­gui­dos de sie­te de ham­bru­na. El men­sa­je del Se­ñor para el fa­raón era que de­bía prepararse para los años de ham­bre aco­pian­do pro­vi­sio­nes du­ran­te los años de abun­dan­cia.

El con­se­jo de Jo­sé agra­dó al fa­raón, tan­to que le en­car­gó la di­rec­ción del aco­pio y al­ma­ce­na­je de los ex­ce­den­tes du­ran­te los sie­te años bue­nos. Asi­mis­mo lo de­sig­nó se­gun­do en la je­rar­quía del reino de Egip­to.

Y ¿qué pa­só con los sue­ños de Jo­sé acer­ca de la plei­te­sía que le ren­di­rían sus pa­dres y her­ma­nos?

Al ca­bo de unos años, cuan­do el ham­bre azo­tó la re­gión de Ca­naán — de don­de era oriun­do Jo­sé—, su pa­dre en­vió a sus her­ma­nos a Egip­to a com­prar grano. Allí se in­cli­na­ron an­te el lu­gar­te­nien­te del fa­raón sin sa­ber que se tra­ta­ba de su her­mano me­nor. Jo­sé en­ton­ces in­ge­nió un com­ple­jo plan para ave­ri­guar si se ha­bían arre­pen­ti­do de lo que le ha­bían he­cho. Una vez con­ven­ci­do de que, en efec­to, así era, les re­ve­ló su iden­ti­dad.

Al leer la his­to­ria de Jo­sé en los ca­pí­tu­los 37 a 50 del Gé­ne­sis, lla­ma la aten­ción có­mo los re­ve­ses que su­frió mol­dea­ron su per­so­na­li­dad. Aquel niño con­sen­ti­do pa­só a ser un hu­mil­de es­cla­vo, lue­go un sier­vo cum­pli­dor, lue­go un hom­bre con­de­na­do, un pre­so de con­fian­za y fi­nal­men­te el bra­zo de­re­cho del fa­raón. Ca­da vi­ci­si­tud que vi­vió, ca­da vuelta de la vi­da, con­tri­bu­yó a con­ver­tir­lo en el hom­bre que Dios que­ría que fue­ra y al cum­pli­mien­to de los de­sig­nios di­vi­nos. Tal vez fue Jo­sé el que me­jor sin­te­ti­zó lo su­ce­di­do cuan­do, re­fi­rién­do­se al he­cho de ha­ber si­do ven­di­do co­mo es­cla­vo y vien­do a sus her­ma­nos arre­pen­ti­dos, les di­jo: «Dios lo dis­pu­so to­do para bien».

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