LOS BIE­NES TE­RRE­NA­LES

Conectate - - CONÉCTATE - Koos Sten­ger Koos Sten­ger es es­cri­tor in­de­pen­dien­te. Vi­ve en los Paí­ses Ba­jos.

Siem­pre me han gus­ta­do los pe­rros. Me crie con pe­rros, y más ade­lan­te, cuan­do mi mu­jer y yo éra­mos mi­sio­ne­ros, siem­pre con­si­de­ra­mos que en nues­tra ca­sa ha­cía fal­ta un pe­rro. Así fue co­mo un día nos con­se­gui­mos un ca­cho­rro y un collar.

No era cual­quier collar, sino el me­jor que en­con­tra­mos. De he­cho, cuan­do lo sa­ca­ba a pa­sear por la ma­ña­na o a ex­plo­rar los cam­pos al atar­de­cer, con su collar de ace­ro inoxi­da­ble y la pla­ca do­ra­da en la que es­ta­ba gra­ba­do su nom­bre, mu­chas ve­ces pa­re­cía es­tar me­jor ves­ti­do que yo.

De­sa­for­tu­na­da­men­te, el pe­rro no te­nía ni idea de que lle­va­ba un collar tan vis­to­so, y no es­ta­ba in­tere­sa­do en cui­dar de sus bie­nes te­rre­na­les. Se le per­dió en el mar. Le gus­ta­ba la­drar y gru­ñir a la es­pu­ma y arro­jar­se con­tra olas que eran cin­co ve­ces más al­tas que él. Siem­pre vol­vía con una enor­me son­ri­sa ca­ni­na, co­mo di­cien­do: « Amo, con­quis­té el mar. ¿No me vis­te?»

Pe­ro un día el collar des­apa­re­ció. Fue des­co­ra­zo­na­dor, pe­ro no ha­bía na­da que ha­cer. Co­mo no ha­bía nin­gu­na tien­da de mas­co­tas en las in­me­dia­cio­nes, le ata­mos una so­ga al cue­llo. Has­ta tres días des­pués. Ese día ca­mi­na­ba yo a so­las por la pla­ya pa­ra te­ner co­mu­nión con Dios. El lu­gar es­ta­ba de­sier­to, sal­vo por un pes­ca­dor que pre­pa­ra­ba sus re­des.

Al ver­me me hi­zo se­ñas, y cuan­do me acer­qué me re­ci­bió con una son­ri­sa des­den­ta­da. Sus pe­ne­tran­tes ojos azu­les me es­tu­dia­ron por un mo­men­to.

—¿Es­to es su­yo? —me di­jo sa­cán­do­se al­go del bol­si­llo pa­ra mos­trár­me­lo.

Me que­dé bo­quia­bier­to. Era el collar de nues­tro pe­rro.

—Lo en­con­tré pes­can­do —me di­jo—. Pa­re­ce ca­ro.

—Lo es —res­pon­dí to­da­vía ató­ni­to—. Lo per­dió en el mar ha­ce tres días. ¡Qué bueno que es Dios! Él se ocu­pa has­ta de los de­ta­lles más insignificantes de nues­tra vi­da.

—¿Dios? —res­pon­dió el pes­ca­dor—. ¿Qué tie­ne que ver Él con es­to? — Sién­te­se y se lo ex­pli­co. Aquel día yo re­cu­pe­ré el collar de nues­tro pe­rro, y aquel hom­bre des­cu­brió la amis­tad de Jesús.

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