JO­NÁS Y YO

Conectate - - NEWS - Scott McG­re­gor Scott McG­re­gor es es­cri­tor y co­men­ta­ris­ta. Vi­ve en Ca­na­dá.

Uno de los re­la­tos más co­no­ci­dos de la Bi­blia es al mis­mo tiem­po uno de los más ex­tra­ños. Di­ría­se que ca­si to­do el mun­do ha oí­do ha­blar de Jo­nás y la ba­lle­na. Ade­más de ser uno de los re­la­tos bíblicos que go­za de más sim­pa­tías en­tre los ni­ños, es una de esas na­rra­cio­nes des­con­cer­tan­tes que nos lle­va a pre­gun­tar­nos: «¿Por qué, Se­ñor, por qué?»

La pri­me­ra men­ción de Jo­nás en la Bi­blia1 in­di­ca que vi­vió apro­xi­ma­da­men­te en los años 800 a 750 a. C. y que era oriun­do del pue­blo de Gat-He­fer, a po­cos ki­ló­me­tros de Na­za­ret, en Is­rael. Por lo visto ya era un pro­fe­ta de re­co­no­ci­da tra­yec­to­ria cuan­do el Se­ñor lo lla­mó y le man­dó que anun­cia­ra la des­truc­ción de Ní­ni­ve, ca­pi­tal de Asi­ria.

La re­ti­cen­cia de Jo­nás es com­pren­si­ble. Ní­ni­ve era una ciu­dad per­ver­sa, ca­pi­tal de un im­pe­rio co­no­ci­do por su cruel­dad. Los asi­rios que­da­ron ins­cri­tos me­re­ci­da­men­te en los anales de la His­to­ria co­mo un pue­blo fie­ro y des­pó­ti­co. Apar­te que ser pro­fe­ta de fa­ta­li­da­des siem­pre se­rá una ac­ti­vi­dad ries­go­sa.

Jo­nás no cree que la mi­sión que le han en­co­men­da­do ten­ga mu­chas pers­pec­ti­vas de éxi­to, y en­fi­la en la di­rec­ción to­tal­men­te opues­ta. En vez de en­ca­mi­nar­se ha­cia el es­te, don­de es­ta­ba Ní­ni­ve, se em­bar­ca ha­cia el oes­te, rum­bo a la ciu­dad de Tar­sis, lo­ca­li­dad que se­gún las cró­ni­cas era el cen­tro co­mer­cial más apar­ta­do que te­nían los fe­ni­cios, pue­blo de gran­des mer­ca­de­res y ve­cino de Is­rael.

El ca­so es que Jo­nás abor­da una em­bar­ca­ción y, al po­co de zar­par, se desata una tor­men­ta de pro­por­cio­nes épi­cas. Lue­go de echar por la bor­da el car­ga­men­to y hacer to­do lo po­si­ble por ca­pear la tem­pes­tad, la tri­pu­la­ción de­ci­de echar suer­tes pa­ra de­ter­mi­nar quién es el cau­san­te de esa mal­di­ción. La suer­te cae so­bre Jo­nás, que con­fie­sa que a él se de­ben los ma­les que les han acae­ci­do y pi­de que lo echen por la bor­da. Se­gún se des­pren­de del re­la­to, a la tri­pu­la­ción no le ha­ce mu­cha gra­cia lan­zar­lo al mar. Los ma­ri­ne­ros re­man pa­ra tra­tar de al­can­zar la cos­ta, pe­ro sus es­fuer­zos son en vano. De ma­ne­ra que ha­cen ca­mi­nar a Jo­nás por el ta­blón.

Pe­ro la odi­sea no con­clu­ye ahí. Un enor­me y mis­te­rio­so pez se lo tra­ga. Se ba­ra­jan nu­me­ro­sas teo­rías so­bre lo su­ce­di­do, pe­ro lo cier­to es que en cir­cuns­tan­cias es­tric­ta­men­te na­tu­ra­les to­do el epi­so­dio se­ría muy im­pro­ba­ble. Tu­vo que ha­ber al­gu­na in­ter­ven­ción so­bre­na­tu­ral pa­ra que

Jo­nás so­bre­vi­vie­ra tres días en un ambiente tan in­hós­pi­to y pa­ra que ade­más com­pu­sie­ra, en se­me­jan­tes con­di­cio­nes, la ora­ción que apa­re­ce en el se­gun­do ca­pí­tu­lo de su li­bro. Al ca­bo de tres días el Se­ñor or­de­na al pez que arro­je a Jo­nás en la cos­ta, al pa­re­cer prác­ti­ca­men­te en el mis­mo lu­gar en el que ha­bía to­ma­do el bar­co al ini­cio de su aven­tu­ra.

Co­mo es de su­po­ner, Dios vuel­ve a pe­dir­le a Jo­nás que pro­fe­ti­ce en contra de Ní­ni­ve. Cons­cien­te de que el en­car­go no es op­cio­nal, Jo­nás se di­ri­ge a la im­po­nen­te y mal­va­da ciu­dad. Una vez que in­gre­sa en ella se pa­sa el día pro­cla­man­do: — Ní­ni­ve se­rá destruida. Y ¡va­ya sor­pre­sa! Contra to­do pro­nós­ti­co, los ha­bi­tan­tes de la ciu­dad caen en la cuen­ta de que se han por­ta­do pé­si­ma­men­te y, tras re­ci­bir ór­de­nes del rey, to­dos se arre­pien­ten y ayu­nan, ves­ti­dos con sa­ya­les y cu­bier­tos de ce­ni­za, in­clui­do el ga­na­do.

En­tre­tan­to Jo­nás se re­fu­gia en un pun­to es­tra­té­gi­co en las afue­ras de Ní­ni­ve pa­ra pre­sen­ciar los in­mi­nen­tes fue­gos ar­ti­fi­cia­les. Cuan­do Dios le anun­cia que ha cam­bia­do de pa­re­cer y que la ciu­dad se­rá per­do­na­da, Jo­nás se po­ne fu­rio­so y más o me­nos le es­pe­ta a Dios:

—¿Qué! ¿Me hi­cis­te pa­sar por to­do ese cal­va­rio pa­ra lue­go cam­biar de opinión? No tie­ne ni pies ni ca­be­za.

Hay que po­ner­se un po­co en la piel de Jo­nás, por­que es cier­to que pa­só por un in­fierno y es­pe­ra­ba al­gu­na gra­ti­fi­ca­ción. Los asi­rios eran unos ban­di­dos de to­mo y lo­mo, y pre­su­mi­ble­men­te Jo­nás ar­día en de­seos de ver­los re­ci­bir su me­re­ci­do. Pe­ro lue­go del dic­ta­men di­vino, has­ta eso tu­vo que qui­tar­se de la ca­be­za, lo que no le hi­zo nin­gu­na gra­cia.

¿Qué sen­ti­do tie­ne, pues, to­do es­te re­la­to? ¿Por qué fi­gu­ra en la Bi­blia?

En mi opinión con­tie­ne va­rios ele­men­tos de gran in­te­rés. Si bien lin­da con lo fan­tás­ti­co, Je­sús se re­fi­rió a él dos ve­ces co­mo pre­sa­gio de lo que Él mis­mo su­fri­ría2. Me pa­re­ce que lo men­cio­nó no so­lo por el mo­ti­vo ob­vio de que Él iba a mo­rir y a los tres días re­su­ci­tar, sino tam­bién pa­ra in­si­nuar que, si se creían la his­to­ria de Jo­nás, ¿por qué no ha­brían de creer en Él y en Sus pa­la­bras?

Es ade­más un re­la­to fe­no­me­nal so­bre hacer lo que Dios man­da y no pos­ter­gar­lo.

La lec­ción más im­por­tan­te que yo ex­trai­go es no que no de­be­mos eno­jar­nos con Dios si, al cam­biar las cir­cuns­tan­cias, ter­mi­na por no hacer lo que nos in­di­có que ha­ría. En más de una oca­sión me he sen­ti­do bas­tan­te frus­tra­do por­que al­go no re­sul­tó co­mo yo es­pe­ra­ba. Por mu­cho que tra­te de no ser ego­cén­tri­co, sue­lo es­tar en el cen­tro de mi uni­ver­so y por en­de tien­do a juz­gar los sucesos se­gún lo que más me in­tere­sa a mí. No obs­tan­te, el có­di­go de con­duc­ta del cris­tiano se ba­sa en lo que es más con­ve­nien­te pa­ra Dios y los de­más. To­do es po­si­ble cuan­do Dios es par­te del re­la­to.

1. V. 2 Re­yes 14: 25 2. V. Ma­teo 12: 38– 41;Ma­teo 16:1– 4

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