Más allá del Más Allá

24 Horas - El diario sin limites - - MUNDO - AL­BER­TO PE­LÁEZ al­ber­to.pe­laez­mon­te­jos@gmail.com // @pe­lae­z_al­ber­to

La His­to­ria no se pue­de bo­rrar por mu­cho que se quie­ra. Cla­ro que hay pa­sa­jes his­tó­ri­cos que no son los me­jo­res; pe­ro in­clu­so esos for­man par­te de un le­ga­do co­mún que con­for­ma la iden­ti­dad de los pue­blos.

El dic­ta­dor Fran­cis­co Fran­co Baha­mon­de de­ten­tó el po­der du­ran­te 39 años. Ais­ló a Es­pa­ña del res­to del mun­do. Esa fal­ta de li­ber­ta­des hi­zo que mu­chos es­pa­ño­les fue­sen con­de­na­dos a un os­tra­cis­mo que no que­rían. Mu­chos paí­ses co­mo Mé­xi­co abrie­ron sus bra­zos a aque­lla an­sia de li­ber­tad es­pa­ño­la que se afin­có en el país az­te­ca.

En Es­pa­ña no se po­día ha­blar, me­nos ex­pre­sar opi­nio­nes con­tra­rias a la dic­ta­du­ra. Los pe­rio­dis­tas de la épo­ca se es­for­za­ban en bur­lar a una cen­su­ra tan fé­rrea co­mo or­to­do­xa. Al­gu­nos lo lo­gra­ron. Otros mu­chos ter­mi­na­ron en pri­sión

Con aque­lla plúm­bea dic­ta­du­ra tam­bién hu­bo muer­tos y he­ri­dos. In­clu­so eje­cu­cio­nes su­ma­rias du­ran­te la gue­rra y des­pués, du­ran­te los pri­me­ros años del fran­quis­mo.

Es­pa­ña su­frió y su­frió mu­cho du­ran­te aque­llos in­ter­mi­na­bles 39 años de dic­ta­du­ra don­de la os­cu­ri­dad y el va­cío vi­vían den­tro de los ho­ga­res de aque­llos es­pa­ño­les que lu­cha­ban des­de sus aden­tros por la li­ber­tad. Por eso en las gri­ses ca­sas de gri­ses re­cuer­dos se la­mían las he­ri­das por­que el lo­bo dic­ta­to­rial ya se en­car­ga­ba de abrir­las o de ha­cer nue­vas ám­pu­ras pa­ra que no ol­vi­da­ran quien man­da­ba en aque­lla Es­pa­ña.

Ha­ce 43 años que la au­tar­quía se en­te­rró en una lá­pi­da de más de mil ki­los que cu­bre la úl­ti­ma mo­ra­da del dic­ta­dor. Con ese en­tie­rro tam­bién se se­pul­ta­ba el su­fri­mien­to y la an­gus­tia y los tra­ba­jos for­za­dos y las tor­tu­ras; y tam­bién las mor­da­zas y la opre­sión.

To­do aque­llo ocu­rrió ha­ce 43 años. Es un dato im­por­tan­te pa­ra com­pren­der la pers­pec­ti­va que nos da el tiem­po de la His­to­ria.

Con la muer­te de Fran­co tam­bién se ce­rra­ba el ca­pí­tu­lo del su­fri­mien­to de las dos Es­pa­ñas; el cai­nis­mo, el ban­do ven­ce­dor y el ven­ci­do, la an­gus­tia de tan­tos com­pa­trio­tas que nun­ca más pu­die­ron ver a sus fa­mi­lia­res por­que, gra­cias a la mal­di­ta gue­rra se ma­ta­rían en­tre ellos.

Con la muer­te del dic­ta­dor se se­lla­ba el do­lor de una gue­rra ci­vil que de­jó ca­si dos mi­llo­nes de muer­tos y cien­tos de mi­les de per­so­nas que tu­vie­ron que mar­char­se de Es­pa­ña, arran­cán­do­se el co­ra­zón pa­ra lle­var­lo a otro la­do pa­ra echar raí­ces. Con aque­lla muer­te lle­ga­ba el mo­men­to del abra­zo, de la con­cor­dia, del per­dón por­que Es­pa­ña no po­día vi­vir en el ren­cor de una gue­rra a la que le pe­sa­rían los años, los lus­tros, las dé­ca­das has­ta que no que­da­ra se­pul­ta­da de ver­dad.

Pe­ro los dic­ta­do­res si­guen dan­do gue­rra más allá del Más Allá. La sa­li­da de los res­tos mor­ta­les de Fran­co del Va­lle de los Caí­dos, que es don­de es­tá en­te­rra­do, sig­ni­fi­ca una afren­ta a las dos Es­pa­ñas que quie­ren vi­vir en paz y li­ber­tad. Se tra­ta de abrir de nue­vo la he­ri­da que ya es­ta­ba ce­rra­da; es abrir la ci­ca­triz pa­ra que la san­gre vuel­va a sa­lir. Es en de­fi­ni­ti­va un error, un error his­tó­ri­co.

La His­to­ria nos ha en­se­ña­do que hay que de­jar a los muer­tos en paz, que las so­cie­da­des de­ben se­guir avan­zan­do sin mi­rar atrás, que es mu­cho más lo que te­ne­mos a ga­nar que a per­der.

Es­pa­ña es un país ex­tra­or­di­na­rio. Es­pa­ña es mu­cho más gran­de que la his­to­ria de un dic­ta­dor. No se pue­de ce­rrar un ca­pí­tu­lo. Hay que ce­rrar el li­bro pa­ra co­men­zar uno dis­tin­to. Es la úni­ca ma­ne­ra de perdonar, ha­cer­se perdonar y se­guir mi­ran­do ha­cia ade­lan­te.

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