Quie­ro ser sur­fis­ta

De ni­ño no me­día el pe­li­gro: qué im­por­ta­ba ju­gar con el agua tra­ta­da que ro­cia­ban los as­per­so­res de la Ala­me­da Orien­te; el chis­te era mo­jar­me. Con el pa­so del tiem­po las co­sas han cam­bia­do, por eso en Ciu­dad Neza las y los pe­que­ños ya pue­den dis­fru­tar par

Cambio - - TENDENCIAS - POR RO­GER VELA

Te­nía ocho años cuan­do co­no­cí el mar. Era 1994, uno de los años más agi­ta­dos en la vi­da po­lí­ti­ca na­cio­nal, mar­ca­do por el al­za­mien­to za­pa­tis­ta, el ase­si­na­to de Co­lo­sio, las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les y el ho­mi­ci­dio de un al­to fun­cio­na­rio del PRI. Pe­se a que veía en los no­ti­cie­ros to­da esa se­rie de su­ce­sos his­tó­ri­cos a tra­vés de un te­le­vi­sor Sony de 27 pul­ga­das, yo era ajeno a ellos. Qué me iba a im­por­tar la muer­te de un can­di­da­to pre­si­den­cial en Ti­jua­na si yo es­ta­ba por via­jar a Aca­pul­co, una cos­ta que se en­cuen­tra a 379 ki­ló­me­tros de la Ciu­dad de Mé­xi­co (aun­que pa­re­ce una ex­ten­sión de la ca­pi­tal): la pla­ya más chi­lan­ga. Qué re­le­van­cia podría te­ner en mi vi­da la con­tien­da elec­to­ral, si por fin co­no­ce­ría el océano, que has­ta an­tes de ese ve­rano só­lo ha­bía vis­to en pe­lí­cu­las.

Aún re­cuer­do la es­ce­na co­mo si tu­vie­ra un fil­tro azu­la­do, pro­pio de las cá­ma­ras análo­gas de la épo­ca que de­ja­ron sus fo­tos en mi me­mo­ria. Sá­ba­do por la ma­ña­na. Voy en un ca­mión in­co­mo­dí­si­mo por­que nun­ca he sen­ti­do tan­to ca­lor en mi vi­da, mi pla­ye­ra se pe­ga a la te­la vie­ja del asien­to y su­do más de lo nor­mal. De pron­to, mi ma­dre pro­nun­cia las pa­la­bras má­gi­cas: “Mi­ra, hi­jo, ¿ya vis­te el mar?”, di­ce mien­tras apun­ta su de­do ha­cia una de las ven­ta­ni­llas. Vol­teo y no lo creo. Es más gran­de de lo que pen­sé. No tie­ne fin. El co­lor azul cu­bre ca­si to­do mi es­pec­tro vi­sual. Son­río emo­cio­na­do. Mien­tras el ca­mión ba­ja la co­li­na mi vis­ta no se des­pe­ga de la ven­ta­na. No co­no­cía el sig­ni­fi­ca­do de la pa­la­bra in­men­si­dad has­ta ese mo­men­to. Mi atrac­ción por el agua fue ins­tan­tá­nea.

An­tes de ese día lo más cer­cano al mar que ha­bía co­no­ci­do era un par­que acuá­ti­co de Cha­pul­te­pec lla­ma­do La Ola. La atrac­ción principal que le ren­día ho­nor a su nom­bre era una am­plia alberca de olas, don­de cien­tos de per­so­nas fin­gían es­tar en el océano ca­da fin de se­ma­na. Al la­do es­ta­ba Atlan­tis, un pe­que­ño lu­gar con te­má­ti­ca ma­ri­na don­de se po­día ver del­fi­nes mal­tra­ta­dos que ha­cían al­gu­nos tru­cos pa­ra ale­grar a quie­nes pa­ga­ban su bo­le­to. Hoy am­bos lu­ga­res es­tán aban­do­na­dos.

Tiem­po des­pués del via­je a Aca­pul­co, mis pa­dres me ins­cri­bie­ron a cur­sos de ve­rano en lu­ga­res que atraían clien­tes por con­tar con al­ber­cas en sus ins­ta­la­cio­nes.

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