LA LO­CU­RA DE SER LUIS GERARDO MÉN­DEZ

Net­flix, ci­ne, tea­tro, ac­ti­vis­mo... só­lo le fal­ta ven­der mo­le los do­min­gos

Chilango - - PORTADA - POR DIA­NA AMADOR | FO­TO JUAN PA­BLO ES­PI­NO­SA

Un jo­ven del­ga­do y de f ig ura alar­ga­da, con ri­zos ne­cios y los res­tos del ac­né ado­les­cen­te en sus me­ji­llas, se po­ne de pie fren­te a sus pa­dres di­cien­do lo que afue­ra de aquel es­ce­na­rio pa­re­cía in­de­ci­ble. Les ha­bla­ba di­rec­ta­men­te a ellos, sen­ta­dos en las bu­ta­cas del fren­te, pe­ro mi­ran­do ha­cia un au­di­to­rio lleno que pre­sen­cia­ba lo que fue su pri­me­ra ac­tua­ción en tea­tro. En su pa­pel, Luis Gerardo Mén­dez in­ter­pre­ta­ba un mo­nó­lo­go so­bre la se­pa­ra­ción de unos pa­dres f ic­ti­cios, pe­ro en su vi­da ésa era una reali­dad. Por el ra­bi­llo del ojo po­día ver­los reac­cio­nar, con­mo­ver­se, sen­tir que aque­llas pa­la­bras eran del hi­jo de alg uien más, pe­ro bien po­dían ser del su­yo. Te­nía ape­nas unos 16 años cuan­do ahí, en ese pe­que­ño fo­ro de su pre­pa­ra­to­ria en Aguas­ca­lien­tes, en­ten­dió el po­der de la ac­tua­ción y de­ci­dió con­ver­tir­la en su for­ma de vi­da.

«Sen­tí esa ten­sión en el cuer­po que te de­ja ex­plo­rar las emo­cio­nes y de ahí no sol­té la idea. Te­nía que ser ac­tor», re­cuer­da. Esa idea fue ger­mi­nan­do len­ta­men­te y no siem­pre en un cal­do de cul­ti­vo apro­pia­do. For­mar par­te de una familia de mé­di­cos le de­jó una fo­bia a los hos­pi­ta­les y a la je­rin­gas, y nin­gu­na sen­si­bi­li­dad ar tís­ti­ca.

Di­cen, los que no sa­ben, que se ha he­cho fa­mo­so de un día pa­ra el otro, gra­cias al mi­rrey en des­gra­cia que en­car­nó en No­so­tros los No­bles. Lo cier­to es que su ca­rre­ra em­pe­zó ha­ce mu­cho, cuan­do con­ven­ció a sus pa­dres de que es­tu­dia­ría Mer­ca­do­tec­nia en el DF, pre­tex to pa­ra lle­gar a pro­bar suer­te co­mo ac­tor.

A los 19 años jun­tó el di­ne­ro que ha­bía aho­rra­do co­mo lo­cu­tor de ra­dio y se lan­zó en busca de su sue­ño. Na­da fue sen­ci­llo. Tu­vo que tra­ba­jar sir vien­do vod­ka y co­ci­nan­do arroz. En­tre ta­reas y des­ve­los acu­día a cas­tings por to­da la ciu­dad. En esa épo­ca «era hi­jo del trans­por­te pú­bli­co», co­no­ció la ciu­dad co­mo po­cos a fuer­za de per­der­se una y otra vez, to­mar el mi­cro­bús equi­vo­ca­do y que­dar­se dor­mi­do en un va­gón pa­ra des­per­tar en la es­ta­ción que no era. Pe­ro, con el tiem­po, se enamo­ró del DF. «El ma­yor te­so­ro es que es­ta ciu­dad tie­ne mi­les de lu­ga­res y per­so­nas in­creí­bles que son oro pu­ro pa­ra los ac­to­res, una ins­pi­ra­ción cons­tan­te con sus mo­vi­mien­tos, sus ges­tos, su ro­pa, sus ac­ti­tu­des». Y tam­bién con el tiem­po acep­ta­ba me­jor el re­cha­zo en sus au­di­cio­nes.

Mien­tras el pro­duc­tor Epig­me­nio Ibarra fue el pri­me­ro en dar­le su vo­to de conf ian­za y una be­ca pa­ra es­tu­diar en la Ca­sa Azul, Ignacio Flores, el di­rec­tor de es­ta es­cue­la de ac­tua­ción, fue quien le ofre­ció el me­jor con­se­jo en su ca­rre­ra: “No se tra­ta de fa­ma, no se tra­ta de po­pu­la­ri­dad, se tra­ta de pres­ti­gio. El pres­ti­gio se cons­tru­ye con el tiem­po, así que res­pi­ra, cál­ma­te”. Luis Gerardo nun­ca ol­vi­da­ría esas pa­la­bras.

SA­BER ES­PE­RAR

No hay na­da más chi­la ngo que lle­ga r me­dia ho­ra t a rde, cul­par al t rá f ico, a la lluv ia, a la enési­ma mar­cha de esa se­ma­na. Y él no ha te­ni­do pro­ble­ma en adopt a r esa odio­sa cos­tum­bre que jue­ga con los ner v ios y la pa­cien­cia de Ma­no­lo Ca­ro, su a mi­go, cóm­pli­ce, di­rec­tor y pro­duc­tor que ha opt ado por cit a rlo siem­pre una ho­ra a ntes pa­ra que log re lle­ga ra t iem­po.

La ver­dad es que Luis Gerardo Mén­dez ya no tie­ne pri­sa, no pa­ra sa­lir de ca­sa, pa­ra ha­cer ami­gos, pa­ra co­mer­se el mun­do ni pa­ra al­can­zar el éx ito que ape­nas lo ha to­ca­do con la pun­ta de los de­dos des­pués de 13 años de es­pe­ra.

Has­ta hoy, des­pués de ha­cer la g ra n apuest a de su v ida, ha g ra­ba­do 20 la rgo­me­tra­jes y cin­co cor tos, ha ac­tua­do en seis obras de teat ro y en 10 ser ie s de te­lev isión, y ha si­do pro­duc­tor dos ve­ces. Aho­ra no só­lo eli­ge con mu­cho más cui­da­do los pro­yec­tos en los que pa r t icipa, t a mbién se da el lu­jo de pro­du­cir los que más le en­tu­sias­man. Es­pe­rar ha va li­do la pe­na.

Así fue con No sé si cor­tar me las ve­nas o de­jár me­las lar­gas, la obra de Ma­no­lo Ca­ro que pa­só del fo­ro de un tea­tro a la pan­ta­lla gran­de, y en la que Luis fue co­pro­duc­tor y uno de los cua­tro pro­ta­go­nis­tas. «Luis es una per­so­na muy te­naz, sa­be lo que quie­re y có­mo lo quie­re, ha sa­bi­do es­pe­rar, ha es­cu­cha­do y aguan­ta­do sin pros­ti­tuir su ta­len­to», di­ce el di­rec­tor que

«UN AC­TOR NO JUZGA A LOS PER­SO­NA­JES, CUAN­DO EN­TIEN­DES CÓ­MO ES UN GRU­PO, ES MÁS FÁ­CIL SER EM­PÁ­TI­CO...»

lo co­no­ció ha­ce cin­co años cuan­do co­mie­ron ba­gels pa­ra pla­ti­car del proyecto que era ape­nas un bo­rra­dor, cuan­do la tor­men­ta me­diá­ti­ca no ha­bía en­vuel­to al ac­tor y aún no apa­re­cía en dos pe­lí­cu­las por año, en anun­cios de pas­ta den­tal, de re­fres­cos y has­ta de pro­mo­ción tu­rís­ti­ca.

La obra y la pe­lí­cu­la fue­ron un éx ito y se es­tre­na­ron ape­nas unos me­ses des­pués de No­so­tros los No­bles, la pe­lí­cu­la más ta­qui­lle­ra de Mé­xi­co has­ta que No se acep­tan de­vo­lu­cio

nes, de Eu­ge­nio Der­bez, lo­gró des­ban­car­la. Ca­si dos años des­pués, su per­so­na­je, Ja­vi No­ble, re­gre­só con un nue­vo nom­bre y un nue­vo ros­tro: Cha­va Igle­sias, uno de los pro­ta­go­nis­tas de la se­rie que tam­bién pro­du­ce,

Club de cuer vos, la pri­me­ra de Netf lix en es­pa­ñol. Den­tro de la pla­ta­for­ma con 65 mi­llo­nes de usua­rios, la his­to­ria de un equi­po de fut­bol lo­cal ha lo­gra­do con­quis­tar al pú­bli­co de Co­lom­bia, Ar­gen­ti­na, Ale­ma­nia y Sui­za. La seg un­da tem­po­ra­da ya fue anun­cia­da pa­ra 2016 mien­tras se ne­go­cian dos más. Él ya no es pro­duc­tor aso­cia­do, sino eje­cu­ti­vo. Y eso es ape­nas el co­mien­zo.

LA BUE­NA VI­DA PAPAW

De fut­bol y mi­rre­yes Luis Gerardo sa­be muy po­co. Pa­ra pre­pa­rar su per­so­na­je co­mo Ja­vi sa­lió a beber va­rias no­ches con gen­te de am­bien­te fre­sa, tra­tó de co­no­cer­las y co­nec­tar­se con esa tri­bu ur­ba­na en la que ex is­te cier ta pre­po­ten­cia y arro­gan­cia. «Un ac­tor no juzga a los per­so­na­jes, cuan­do en­tien­des có­mo es un gru­po, es más fá­cil ser em­pá­ti­co. No es que les ten­ga ca­ri­ño, pe­ro aho­ra sé que mu­chos son así por­que hay fal­ta de aten­ción en ca­sa, por­que tie­nen po­si­bi­li­da­des inf initas, pe­ro hay mu­chas ca­ren­cias afec­ti­vas», di­ce.

En Club de c uer vos se ha in­vo­lu­cra­do en la se­lec­ción de ac­to­res y has­ta en la for­ma­ción del equi­po de f ut del pue­blo de Nue­vo To­le­do, pe­ro ape­nas en­tien­de las re­glas de es­te de­por­te. «Fui al Mun­dial de Bra­sil (don­de hi­zo las cáp­su­las de “Un chi­lan­go en el mun­dial ”, en nues­tro ca­nal de YouTu­be), vi va­rios par­ti­dos y me emo­cio­na ver a la gen­te apa­sio­na­da y en­tre­ga­da. Aho­ra, por la se­rie y otras cir­cuns­tan­cias, ten­go ami­gos fut­bo­lis­tas, me man­do men­sa­jes con el Chicharito, con Mi­guel La­yún, pe­ro nun­ca veo un par­ti­do», conf ie­sa.

Re­cien­te­men­te re­gre­só a su pri­me­ra ca­sa, el tea­tro. Jun­to con el es­cri­tor Ale­jan­dro Ri­ca­ño, lan­za­ron la obra Ho­tel Good

Luck y se en­cuen­tra en me­dio de una “agre­si­va” gi­ra por to­do el país, Nue­va York y Los Án­ge­les. “Ti­ming is the ans­wer to suc­cess”, sue­le ci­tar, de una can­ción de Ke­vin Johan­sen.

No le cues­ta de­cir­lo, ha lle­ga­do a don­de que­ría. Em­pe­cé es­to co­mo to­dos, pen­san­do en las pe­lí­cu­las ta­qui­lle­ras, en los aplau­sos de la crí­ti­ca, en la po­si­bi­li­dad de ser el ac­tor que eli­ge en qué par­ti­ci­par. Pe­ro cuan­do lle­gas ahí em­pie­zas a cues­tio­nar te to­do», di­ce, «te das cuen­ta de que no es el cen­tro del uni­ver­so, tam­po­co es lo más im­por­tan­te. To­do eso es ai­re, tu fe­li­ci­dad no es­tá ahí».

Des­pués de tan­to es­pe­rar, aho­ra en­fren­ta esa ba­ta­lla pa­ra la que po­cos es­tán pre­pa­ra­dos, que es la fa­ma. An­tes de la vo­rá­gi­ne so­lía pa­sar ho­ras en los ca­fés ob­ser van­do a las per­so­nas, sus mo­vi­mien­tos, sus ges­tos, se sen­ta­ba a ver la vi­da pa­sar. Aho­ra es la gen­te quien lo ob­ser va con de­te­ni­mien­to. Aún ex tra­ña po­der ir al sú­per sin que le pi­dan to­mar­se una fo­to, ir al ci­ne un vier­nes por la no­che sin que aque­llo ter­mi­ne en una lar­ga f ir­ma de au­tó­gra­fos, ir a beber has­ta que el al­cohol se lle­ve su equi­li­bro y el desa­yuno de ese día sin que un fo­tó­gra­fo as­tu­to lo con­vier­ta en un es­cán­da­lo. Pe­ro Luis Gerardo to­da­vía tie­ne pa­cien­cia, sa­be que to­do pa­sa­rá.

En tan­to, usa esa fa­ma co­mo una he­rra­mien­ta de ac­ti­vis­mo so­cial. Des­de di­ciem­bre de 2014 se unió al co­lec­ti­vo El Gri­to Más Fuer­te, in­te­gra­do por ciu­da­da­nos, in­te­lec­tua­les y ar tis­tas que bus­can crear con­cien­cia so­cial en­tre la po­bla­ción con cam­pa­ñas en re­des so­cia­les, co­mo #YaMeCan­sé, un vi­deo en el que di­fe­ren­tes ac­to­res des­cri­ben la si­tua­ción ac­tual de vio­len­cia que se vi­ve en Mé­xi­co, que pron­to se vol­vió vi­ral. Im­pul­sa­ron tam­bién la cam­pa­ña #YoP­ro­pon­go, pa­ra mo­ti­var a la po­bla­ción a en­viar sus pro­pues­tas pa­ra re­sol­ver pro­ble­mas con­cre­tos, que des­pués se con­ver­ti­rían en pos­ta­les que hi­cie­ron lle­gar al Con­gre­so y a Pre­si­den­cia. «Ser un per­so­na­je pú­bli­co me ha­ce tam­bién res­pon­sa­ble de lo que pa­sa en mi país», di­jo al ex­pli­car la ini­cia­ti­va.

ACÁ EN­TRE NOS

Hay al­go de mis­te­rio en él. Su ros­tro ocu­pa es­pec­ta­cu­la­res, pá­gi­nas en­te­ras en los dia­rios, anun­cios pre­vios a los es­tre­nos en el ci­ne y, aun así, hay al­go que per­ma­ne­ce ocul­to. Su son­ri­sa dis­tin­ti­va pue­de ser cautivadora y su tra­to, en­can­ta­dor, pe­ro re­sul­ta un ges­to ca­si me­cá­ni­co apren­di­do con los años. Pa­ra co­no­cer­lo, hay que to­mar­se el tiem­po. Era 2013 cuan­do Luis Gerardo par­ti­ci­pa­ba en la obra El cu

r io­so in­ci­den­te del per ro a me­dia­no­che en la que Ce­ci Suá­rez in­ter­pre­ta­ba a su maes­tra y tu­to­ra, y él era un jo­ven con sín­dro­me de As­per­ger. An­tes de esos en­sa­yos ella ha­bía es­cu­cha­do muy po­co so­bre él: que si te­nía un sen­ti­do del hu­mor en­vi­dia­ble, que si era un gran ac­tor pe­ro muy re­ser­va­do, que si tra­ba­jar con él era ga­ran­tía de di­ver­sión ab­so­lu­ta. Y él no te­nía pri­sa, pe­ro tar­da­ron po­co en ha­cer­se bue­nos ami­gos.

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