Corredor Industrial

Esto no es una marcha

- Jorge Volpi @jvolpi

Hacía mucho que no se veía una multitud semejante. La protesta del domingo 13 de noviembre, convocada por la oposición y distintas organizaci­ones civiles, ha sido más exitosa de lo que cualquiera habría imaginado. Su objetivo: manifestar­se contra lo que sus organizado­res perciben como políticas destinadas a desgastar las institucio­nes. Pese a que las abrumadora­s imágenes demuestran que no pudo reunir menos de 200 mil personas, las autoridade­s locales tienen el descaro de fijar su número en 12 mil, solo para después aumentarlo en unos cuantos millares. Incómodo, el gobierno sostiene que ha sido una concentrac­ión espuria, cuyo único objetivo ha sido incendiar la capital, “una pieza esencial a batir”, una vez que los opositores “saben que no la consiguen ganar en las urnas”.

Estas palabras no fueron pronunciad­as por Andrés Manuel López Obrador ante la marcha celebrada en México ese mismo día, sino por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. En este caso, no se trataba de protestar por la reforma al INE, sino por los recortes a la sanidad pública española. No deja de perturbar, sin embargo, que la reacción de una dirigente del PP, cada vez más cercana a la ultraderec­ha, haya sido idéntica a la de un presidente que se proclama de izquierda: ninguno de los dos ha digerido que una porción cada vez más relevante de sus sociedades se levante contra ellos. De ahí su necesidad de reducir el número de participan­tes o de insistir en que sus metas no pueden ser legítimas, sino producto de una conspiraci­ón de la “izquierda radical” o de “fifís o aspirantes a fifís”.

En ambos casos, nos hallamos frente a dos políticos que, habiendo sido democrátic­amente electos, desdeñan y sabotean las reglas de la democracia y la posibilida­d de que sus electores los rechacen. Su irritación ha sido idéntica: primero, han querido mostrar el fracaso de los opositores y, frente a la evidencia -si bien los hechos cada vez importan menos frente a las percepcion­es- se han empeñado en cuestionar sus fines. Ayuso no ha cesado de culpar a Más Madrid y Podemos como motores de la manifestac­ión de Cibeles, mientras que López Obrador ha exhibido las fotos de Vicente Fox, Margarita Zavala, Alito Moreno o Claudio X. González para señalarlos como únicos responsabl­es de la que colmó el Monumento a la Revolución.

Uno y otra demuestran un execrable desprecio hacia los ciudadanos que están obligados a proteger: que en una marcha participen políticos que ellos tachan de impresenta­bles en ninguna medida significa que no hubiera en ella miles de personas que no solo ejercen su derecho a manifestar públicamen­te sus ideas, sino a repudiar acciones que juzgan regresivas: en un caso, el desmantela­miento de la sanidad pública y, en el otro, el del INE.

Ni Ayuso ni López Obrador, quienes gozan de enorme popularida­d en sus respectiva­s plazas, toleran la menor crítica ni la menor disidencia, que a sus ojos solo puede estar motivada por sus rivales, capaces de manipular a sus -piensan ellos- dóciles o estúpidos electores. Un signo de nuestro tiempo: ambos, que no cesan de alertar ante los peligros totalitari­os que encarnan sus enemigos -la ultraizqui­erda y los conservado­res-, añoran regímenes en donde todos están obligados a pensar igual que ellos.

La llaga en su orgullo -ambos se asumen dueños de la verdadles ha impedido dejar atrás el asunto: Ayuso insiste en sus descalific­aciones, en tanto AMLO, más extremo aún, ha convocado una contramarc­ha para demostrar, del modo más patriarcal posible, que es capaz de reunir aún más gente. Con la diferencia de que, al ser convocada desde el poder -con todos sus instrument­os-, terminará convertida en un desolador monumento al país de un solo hombre que se obstina en reinstaura­r. Y, aun así, no hay que caer en su lógica: la mayor parte de quienes marcharán el próximo 27 no serán meros acarreados -aunque los habrá- sino ciudadanos que todavía confían en él. Ojalá solo se vuelvan consciente­s del abismo que media entre salir a las calles para arropar a quien detenta poder y quienes lo hacen para desafiarlo.

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