TU ENER­GÍA ES UN IMÁN

Vanguardia - Domingo 360 - - GENIO Y FIGURA - Gaby Var­gas

Co­mo es arri­ba es abajo, co­mo es aden­tro es afue­ra” es una de las sie­te le­yes uni­ver­sa­les se­gún el li­bro de en­se­ñan­zas her­mé­ti­cas lla­ma­do Ky­ba­lión. Pa­ra com­pro­bar­la, bas­ta ver las ga­la­xias y su com­po­si­ción pla­ne­ta­ria y es­te­lar y com­pa­rar­las con nues­tro mi­cro­cos­mos in­terno.

En con­cor­dan­cia con es­ta idea, ob­ser­va que cuan­do al­go en el ex­te­rior ame­na­za tu so­bre­vi­ven­cia, lo pri­me­ro que ha­ces es co­rrer y bus­car un re­fu­gio pa­ra pro­te­ger­te, ¿cier­to? Pues lo mis­mo su­ce­de cuan­do se aso­man nues­tras ame­na­zas in­ter­nas, co­mo las in­se­gu­ri­da­des o los te­mo­res, por ejem­plo, cuan­do al­guien cri­ti­ca tu tra­ba­jo, te en­te­ras que no te in­vi­ta­ron a una reunión de ami­gos o su­fres una trai­ción. En esos ca­sos, co­mo no pue­des co­rrer fí­si­ca­men­te, te con­traes, sa­cas tu es­cu­do in­terno, te es­con­des de­trás de él y de tu cuer­po sur­gen, co­mo si fue­ras un per­so­na­je fan­tás­ti­co, mil es­pi­nas que no se ven, pe­ro que se sien­ten ener­gé­ti­ca­men­te a la de­fen­si­va. Lo ma­lo es que es­te ti­po de ener­gía es una es­pe­cie de po­lu­ción am­bien­tal que da­ña to­do al­re­de­dor, en es­pe­cial al emi­sor, an­tes que al re­cep­tor.

Las ener­gías in­ter­nas tie­nen mu­cho po­der Si no ob­ser­va­mos con la con­cien­cia, un cam­bio de ener­gía de las ca­rac­te­rís­ti­cas que men­cio­né pue­de arrui­nar­nos el día, la se­ma­na, el mes o la vi­da, apo­de­rar­se de no­so­tros por com­ple­to. Su enor­me po­der ra­di­car en que atra­pa to­da nues­tra aten­ción.

Par­ta­mos del he­cho de que nues­tra aten­ción es se­lec­ti­va –ya la he­mos com­pa­ra­do en otras oca­sio­nes con unos bi­no­cu­la­res–, por lo tan­to, to­do aque­llo a lo que le das tu aten­ción, se for­ta­le­ce y cre­ce. Por ejem­plo, ¿qué pa­sa­ría si te ma­chu­ca­ras un de­do? Pues, que tu men­te cen­tra­ría to­da la aten­ción en él, ¿cier­to? Cual­quier otro pen­dien­te des­apa­re­ce de tu con­cien­cia en ese mo­men­to. En­tre más te que­jes y más aten­ción le des, más per­du­ra­rá la mo­les­tia y el do­lor. Con las ener­gías in­ter­nas su­ce­de lo mis­mo.

Aho­ra, ima­gi­na que de re­pen­te sien­tes una li­ge­ra sen­sa­ción de celos o en­vi­dia por al­guien o al­go, si la de­jas pa­sar, des­apa­re­ce; pe­ro si no la suel­tas y le das vuel­tas y más vuel­tas a ese pen­sa­mien­to o emo­ción, lo car­gas de una enor­me ener­gía que cre­ce en po­der, lo cual crea un círcu­lo vi­cio­so muy no­ci­vo. Lo que co­men­zó co­mo al­go pa­sa­je­ro, lle­ga a go­ber­nar tu vi­da en­te­ra, ¿lo ves? Es por eso que las emo­cio­nes y los pen­sa­mien­tos se for­ta­le­cen y se arrai­gan en­tre más aten­ción les de­mos. Y cla­ro, esa es una de las me­jo­res formas de ge­ne­rar­nos su­fri­mien­to a no­so­tros mis­mos.

¿Cuál es la sa­li­da? Los bu­dis­tas di­rían sol­tar, sol­tar, sol­tar. Sí, pe­ro pa­ra sol­tar, pri­me­ro hay que ob­ser­var. Com­pren­der que sen­tir cual­quier ti­po de emo­ción es una con­di­ción hu­ma­na; y, so­bre to­do, en­ten­der que no eres esa emo­ción, tú só­lo eres el ob­ser­va­dor.

Ima­gi­na que den­tro de tu ver­da­de­ro ser tie­nes un bal­cón des­de don­de ob­ser­vas el des­fi­le de emo­cio­nes que to­can a tu puer­ta a lo lar­go del día. Bas­ta que le des tu aten­ción a una, que le abras la puer­ta, pa­ra que de in­me­dia­to te de un ja­lón, te arras­tre por la ca­lle y te do­mi­ne. Ade­más de lle­nar­te de cul­pa y ser­vir de imán pa­ra atraer más de lo mis­mo.

La men­te es muy po­de­ro­sa. Lo sa­bio es no ju­gar a las “ven­ci­das” con ella, sino ca­po­tear­la y re­la­jar­se. ¿Có­mo? Res­pi­ra. Res­pi­ra y si­gue ca­da in­ha­la­ción y ex­ha­la­ción, sien­te el ai­re en tus pul­mo­nes; eso te lle­va a tu bal­cón, a tu cen­tro. Man­ten­te ahí arri­ba y no per­mi­tas que esa ener­gía den­sa te en­vuel­va.

El re­to no es fá­cil, sin em­bar­go, po­der se­pa­rar al ob­ser­va­dor de lo ob­ser­va­do es un gran ca­mino de cre­ci­mien­to in­te­rior.

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