El pla­cer y la se­duc­ción (II)

Tu hu­ma­ni­dad de­pen­de­rá de que, a dia­rio, ca­da ma­ña­na, te le­van­tes, vi­vas con pla­cer tu día y, al fi­nal del mis­mo, agra­dez­cas el pla­cer que dis­te, por­que se­rá el mis­mo que re­ci­bi­rás.

Vanguardia - Domingo360 - - CHABACANOS - Gaby Var­gas

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No es lo mis­mo vi­vir, trans­cu­rrir, que hon­rar la vi­da, nos di­ce la her­mo­sa can­ción de Ela­dia Bláz­quez cu­ya le­tra y mú­si­ca nos in­vi­ta a cues­tio­nar­nos: ¿Hon­ro la vi­da?, ¿Hon­ra­mos la vi­da?, ¿Có­mo y de qué ma­ne­ra lo ha­ce­mos?

La vi­da es un re­ga­lo. Se nos da al na­cer y lo úni­co que bus­ca es desa­rro­llar­se y ex­pe­ri­men­tar­se a sí mis­ma a tra­vés de ca­da uno de no­so­tros: de lo que ve­mos, es­cu­cha­mos, sa­bo­rea­mos, ole­mos y to­ca­mos. Pe­ro co­mo bien de­cía Nietzs­che, res­pec­to al he­cho co­ti­diano de co­mer, no es lo mis­mo tra­gar, que co­mer; o bien, dis­fru­tar co­mer que dis­fru­tar­te dis­fru­tan­do co­mer. La di­fe­ren­cia es­tá en ale­jar­se de la me­ca­ni­ci­dad y abrir la con­cien­cia; el de­lei­te cons­cien­te del pla­cer nos ha­ce con­di­men­tar y ade­re­zar y nos trae al pre­sen­te y al dis­fru­te, en ello es­tá el se­cre­to.

“El pla­cer no se bus­ca en fun­ción de otra co­sa; es un fin en sí mis­mo”, nos di­ce Eu­do­xo, fi­ló­so­fo grie­go del si­glo IV a.c. uno de los pa­dres del he­do­nis­mo, quien agre­ga: “El sol se­gui­rá sa­lien­do mien­tras ha­ya al­guien que lo agra­dez­ca”. Es de­cir, si no en­con­tra­mos pla­cer en lo co­ti­diano, no só­lo nues­tra vi­da se con­vier­te en un me­ro trans­cu­rrir, sino que nos con­de­na­mos a des­apa­re­cer co­mo hu­ma­ni­dad.

Eu­do­xo afir­mó que to­das las es­pe­cies evo­lu­cio­nan de acuer­do con su ca­pa­ci­dad pa­ra sen­tir pla­cer. Las es­pe­cies inferiores desa­rro­llan po­co pla­cer, las es­pe­cies su­pe­rio­res desa­rro­llan mu­cho pla­cer. ¿En qué pun­to de la es­ca­la an­da­mos?

En­ri­que Bo­na­vi­des nos da las cua­tro te­sis de Eu­do­xo y el pla­cer:

1) El pla­cer es bueno por­que to­da es­pe­cie lo bus­ca, aun si es­to sig­ni­fi­ca arries­gar la vi­da.

2) El do­lor y el su­fri­mien­to los sien­ten to­dos. De­be­mos acep­tar que to­dos los se­res vi­vos, las plan­tas, los ani­ma­les y el ser hu­mano su­fren al

4) El pla­cer es­tá pa­ra que lo con­quis­tes. Tal co­mo la fe­li­ci­dad, la pa­sión tie­ne que ver con un tra­ba­jo con­ti­nuo. Que tus con­cep­tos de pla­cer y pa­sión no ten­gan que ver ni con gue­rras ni con po­lí­ti­ca; sino con al­go más im­por­tan­te en el ám­bi­to de la evo­lu­ción de las es­pe­cies: el enamo­ra­mien­to.

¿Qué es lo que te re­cuer­da que es­tás vi­vo? Aque­llo que te apa­sio­na y aque­llo por lo cual te enamo­ras. Sí el día te re­ga­la su esen­cia y no la apro­ve­chas, el que mo­ri­rá ese día, aun­que si­gas vi­vo ma­ña­na, eres tú, el día se­gui­rá a pe­sar de ti.

Eu­do­xo agre­ga: “No hay ma­yor bien que bus­car tu pla­cer sin da­ñar a un ter­ce­ro y que le en­se­ñes a los tu­yos a vi­vir lo mis­mo. Si haces es­to, en­ton­ces pue­des lla­mar­te ‘edu­ca­dor’, ‘maes­tro’, ‘hom­bre’”.

Tu hu­ma­ni­dad de­pen­de­rá de que, a dia­rio, ca­da ma­ña­na, te le­van­tes, vi­vas con pla­cer tu día y, al fi­nal del mis­mo, agra­dez­cas el pla­cer que dis­te, por­que se­rá el mis­mo que re­ci­bi­rás. Es­to es hon­rar la vi­da.

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