AR­MAN­DO FUEN­TES AGUI­RRE

El Debate de Los Mochis - - OPINIÓN -

Gra­ni­zó ayer en el Po­tre­ro de Ábre­go.

Di­mos gra­cias a Dios, a San Pe­dro, a San Isi­dro La­bra­dor y a Nues­tra Se­ño­ra de la Luz por­que el gra­ni­zo no ca­yó en las huer­tas ni en los sem­bra­díos. Se aba­tió en la sie­rra y la pin­tó de blan­co, de mo­do que el al­to mon­te lla­ma­do Coahui­lón pa­re­cía vol­cán ne­va­do.

Lle­ga­rá el sol y fun­di­rá el gra­ni­zo.

El agua cla­ra nu­tri­rá los se­nos de la tie­rra, y lle­ga­rá a no­so­tros con­ver­ti­da en ma­nan­tial. Be­be­rán de ella los ár­bo­les que nos dan su fru­to y la hier­ba que ali­men­ta a nues­tros ani­ma­les. El gra­ni­zo, mal­di­ción ca­si siem­pre, fue es­ta vez una agra­de­ci­da ben­di­ción.

Hay en los cielos y en la tie­rra mis­te­rios que las cien­cias de los hom­bres no son ca­pa­ces aún de des­ci­frar. Ca­da cria­tu­ra de la naturaleza, ca­da ser de la flo­ra o de la fau­na guar­da un se­cre­to que los hu­ma­nos no po­de­mos co­no­cer. An­te esos mis­te­rios de­be­mos in­cli­nar­nos.

De­be­mos in­cli­nar­nos an­te ese Mis­te­rio.

¡Has­ta ma­ña­na!...

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