DE PO­LÍ­TI­CA Y CO­SAS PEO­RES

El Debate de Mazatlan - - OPINIÓN - Ca­tón ar­man­do­ca­ton@gmail.com afa­ca­ton@yahoo.com.mx

Te­ne­mos pre­si­den­te mo­nár­qui­co con Go­bierno anár­qui­co. La to­ma de ca­se­tas de pea­je, el blo­queo de vías fe­rro­via­rias, ca­lles y ca­rre­te­ras, se han vuel­to par­te de los usos y cos­tum­bres del pue­blo bueno y sa­bio. La Au­to­ri­dad no ha­ce na­da pa­ra fre­nar esas ile­ga­li­da­des. Y es que no hay au­to­ri­dad: en re­la­ción con los des­ma­nes que co­ti­dia­na­men­te ve­mos, y que da­ñan tan­to a la po­bla­ción co­mo al mis­mo Go­bierno, el pre­si­den­te ha de­ci­di­do po­ner en prác­ti­ca el le­ma del li­be­ra­lis­mo eco­nó­mi­co: de­jar ha­cer, de­jar pa­sar. Esa omisión pue­de con­du­cir a ma­les aún ma­yo­res. Ló­pez Obra­dor es­tá pro­pi­cian­do al­go de lo que mu­cho se ha que­ja­do: la im­pu­ni­dad. La fal­ta de se­gu­ri­dad ju­rí­di­ca es ame­na­za pa­ra to­dos. Hoy los in­va­so­res to­man una ca­se­ta; ma­ña­na po­drán to­mar tu ca­sa. De­cir eso no es exa­ge­ra­ción: se ha vis­to ya en otros paí­ses. Quie­nes co­me­ten los ilí­ci­tos tie­nen en AMLO un san­to pa­trono en vez de que la so­cie­dad en­cuen­tre en él un pro­tec­tor. El pre­si­den­te que ju­ró cum­plir la ley la ha­ce a un la­do, con lo cual su­gie­re que él mis­mo la in­cum­pli­rá aún más. La rec­ta apli­ca­ción de la ley no es re­pre­sión, ni co­me­te in­jus­ti­cia el go­ber­nan­te que po­ne freno a quie­nes in­cu­rren en de­li­to. Aho­ra el que di­ce lu­char con­tra la co­rrup­ción pro­pi­cia con su dis­cur­so esa for­ma de co­rrup­ción con­sis­ten­te en ex­tor­sio­nar a los ciu­da­da­nos al exi­gir­les el pa­go "vo­lun­ta­rio" de una cuo­ta pa­ra de­jar­los tran­si­tar por las ca­rre­te­ras na­cio­na­les. Lo di­cho: pre­si­den­te mo­nár­qui­co con Go­bierno anár­qui­co. El se­ñor Well­hung era el so­cio más po­pu­lar del cam­po nu­dis­ta. Una chi­ca le co­men­tó a otra, re­cién lle­ga­da: "Es el úni­co hom­bre aquí que pue­de lle­var al mis­mo tiem­po dos va­sos de ca­fé, uno en ca­da mano, y una do­ce­na de do­nas". (No le en­ten­dí). Do­ña Fa­ci­li­sa, es­po­sa de don Cu­cli­llo, le re­cla­mó al ar­qui­tec­to que les hi­zo su ca­sa: "El cló­set de la re­cá­ma­ra es muy ba­jo". "Se­ño­ra -le in­di­có el pro­fe­sio­nis­ta-, tie­ne la al­tu­ra es­tán­dar". "Po­drá ser -con­ce­dió la que­jo­sa-, pe­ro ca­si to­dos mis ami­gos son más al­tos". Don Po­sei­dón, ran­che­ro aco­mo­da­do, fue a Las Ve­gas. En cier­to ca­sino pu­so una mo­ne­da de un pe­so so­bre el ta­pe­te de la ru­le­ta. "Lo sien­to, se­ñor -di­jo el cru­pier-. No acos­tum­bra­mos ju­gar esa cla­se de di­ne­ro". "Es­tá bien, pe­lao -re­pli­có don Po­sei­dón-. To­ma de ahí lo que acos­tum­bren ju­gar y da­me el cam­bio".

Ha­cía un ca­lor de ca­si 40 gra­dos a la som­bra, pe­ro do­ña Pa­no­plia de Al­tope­do, se­ño­ra de bue­na so­cie­dad, lle­gó a la se­sión men­sual del Club de Jar­di­ne­ría "Pi­ña­no­na" lu­cien­do un fi­ní­si­mo abri­go de vi­són. Su ami­ga do­ña Gu­les le afeó eso, pues era ani­ma­lis­ta, eco­lo­gis­ta, am­bien­ta­lis­ta y con­ser­va­cio­nis­ta. Le pre­gun­tó, ce­ñu­da: "¿No te da ver­güen­za lo que de­be ha­ber su­fri­do el po­bre ani­mal pa­ra que tú pu­die­ras te­ner ese abri­go?". Do­ña Pa­no­plia se mo­les­tó bas­tan­te. "¿Te ha da­do aho­ra por com­pa­de­cer a mi ma­ri­do?". Un ven­de­dor puer­ta por puer­ta lla­mó a la de un de­par­ta­men­to. Le abrió Pe­pi­to, cha­ma­co de 7 años. Es­ta­ba fu­man­do, be­bía de una la­ta de cer­ve­za y traía ba­jo el bra­zo una re­vis­ta porno. Le pre­gun­tó el ven­de­dor: "¿Es­tán tus pa­pás?". Res­pon­dió el chi­qui­llo al tiem­po que le echa­ba en la ca­ra una bo­ca­na­da de hu­mo: "¿Tú qué crees?". El Gé­ne­sis no lo di­ce, cla­ro, pe­ro cuan­do el Se­ñor hi­zo a Eva le pu­so tres bu­bis. Le pre­gun­tó: "¿Hay al­go de tu cuer­po que no te gus­te, al­go que creas que de­bo mo­di­fi­car en ti?". "Se­ñor -res­pon­dió la mu­jer-: tres bu­bis me pa­re­cen de­ma­sia­das. Pien­so que con dos se­ría su­fi­cien­te. ¿Po­drías qui­tar­me una?". El Crea­dor ac­ce­dió a la pe­ti­ción, y le qui­tó a

Eva la bu­bis de en me­dio. Ella le dio las gra­cias y se re­ti­ró. Pen­só en­ton­ces el Se­ñor: "Aho­ra ten­dré que qui­tar­le a Adán una de las tres ma­nos que le pu­se". FIN.

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