De po­lí­ti­ca y co­sas peo­res

El Diario de Chihuahua - - OPINIÓN - ca­tón Es­cri­tor y Ana­lis­ta po­lí­ti­co

Ciu­dad de Mé­xi­co.— ¿Ves a esa mu­jer? Es­tá enamo­ra­da. Lo que di­go no es ex­tra­or­di­na­rio: to­das las mu­je­res es­tán enamo­ra­das. De un hom­bre; de un hi­jo o una hi­ja; de un pe­rro o un ga­to; de un re­cuer­do; de un sue­ño; de Dios. No ha­lla­rás nun­ca a una mu­jer que no es­té ocu­pa­da de amor. El amor lle­na a las mu­je­res co­mo a los hom­bres la san­gre. La mu­jer ama­rá en su ca­sa, ama­rá si es­tá en la cár­cel, y ten­go la cer­ti­dum­bre de que si hu­bie­ra in­fierno en el in­fierno se­gui­ría aman­do. Y es que ella mis­ma es el amor. Eso equi­va­le a de­cir que es la vi­da. Las mu­je­res lle­van en sí la eter­ni­dad. Ellas son en ver­dad la vi­da eter­na, en tan­to que no­so­tros los hom­bres so­mos el ins­tan­te. Co­ges y te vas, si me per­mi­tes la vul­ga­ri­dad. Ellas lle­van la vi­da, y en su mo­men­to la sa­can al mun­do. No­so­tros nos li­mi­ta­mos a ver eso, e in­ten­ta­mos ocul­tar nues­tro azo­ro an­te el pro­di­gio. El pas­mo con que los hom­bres de la Edad de Pie­dra vie­ron pa­rir a sus mu­je­res es nues­tro mis­mo pas­mo. Por eso es ra­ro el hom­bre que quie­re es­tar pre­sen­te en el mo­men­to de na­cer su hi­jo. Pe­ro es­toy di­va­gan­do, per­dó­na­me. Te pe­dí que mi­ra­ras a esa mu­jer. Vi­vió va­rios si­glos an­tes de nues­tra era. Qui­zá tú y yo vi­vi­mos tam­bién en esa épo­ca, pe­ro no nos acor­da­mos. Na­ció en Si­ción, una ciu­dad del Pe­lo­po­ne­so, en Gre­cia. Ig­no­ra­mos su nom­bre, pe­ro Pli­nio re­co­gió el de su pa­dre, Di­bu­ta­des, cu­yo ofi­cio era el de la al­fa­re­ría. ¿Co­no­ces aque­llos lin­dos ver­sos re­fe­ri­dos a la al­fa­re­ría? “Ofi­cio no­ble y bi­za­rro, / y en­tre to­dos el pri­me­ro, / pues, he­cho el hom­bre de ba­rro, / Dios fue el pri­mer al­fa­re­ro / y el hom­bre el pri­mer ca­cha­rro”. Pe­ro es­toy di­va­gan­do otra vez. Por el nom­bre de su pa­dre, Di­bu­ta­des, a es­ta mu­jer que di­go se le ha lla­ma­do Di­bu­ta­de -feo nom­bre-, o en cas­te­llano Di­bu­ta­da, que se oye aún peor. La mu­cha­cha es­tá en amo­res con un hom­bre. Ella es her­mo­sa y él tie­ne la be­lle­za de un dios jo­ven. A la caí­da de la tar­de van a la ori­lla del mar y ahí en la pla­ya, so­bre la are­na, ha­cen el amor. En­ton­ces se de­tie­ne el mun­do. Las olas de­jan de fluir, se aquie­ta el vien­to, ca­llan to­das las cria­tu­ras y en el cie­lo apa­re­cen las es­tre­llas aun­que to­da­vía no se ocul­ta el sol. Y su­ce­dió que un día no lle­ga­ron los aman­tes. En vano los es­pe­ró la pla­ya; inú­til­men­te aguar­da­ron el mar, la are­na, el vien­to, las es­tre­llas y to­das las cria­tu­ras. Es que hay gue­rra, y él de­be ir al com­ba­te. El amor y la gue­rra son mor­ta­les ene­mi­gos. Don­de es­tá uno de ellos no pue­de es­tar el otro. Esa no­che el hom­bre y la mu­jer se despiden. Él le pro­me­te que re­gre­sa­rá, pe­ro aun­que lo di­ce de al­ma pa­ra afue­ra la ver­dad es que no sa­be si po­drá vol­ver. La gue­rra es­tá lle­na de muer­te; qui­zá mo­ri­rá. Su cuer­po que­da­rá al sol y al ai­re, los ojos abier­tos, en la bo­ca el eco del úl­ti­mo gri­to de ra­bia y de do­lor por la he­ri­da de la es­pa­da. Su car­ne, in­mó­vil, mu­da, ya no se­rá pa­ra el amor: se­rá pa­ra las ali­ma­ñas mon­ta­ra­ces y las aves ca­rro­ñe­ras. La mu­jer sa­be tam­bién to­do eso, pe­ro no lo di­ce. Le da el úl­ti­mo be­so; le da tam­bién la úl­ti­ma lá­gri­ma. Y en­ton­ces su­ce­de un pro­di­gio que du­ra has­ta es­te día. Mo­vi­da por una re­pen­ti­na ins­pi­ra­ción ella en­cien­de una can­de­la y ha­ce que el hom­bre se pon­ga, de per­fil, en­tre la luz de la ve­la y la pa­red. To­ma un car­bón y di­bu­ja en el mu­ro la si­lue­ta del ros­tro del ama­do. Así lo ten­drá con ella pa­ra siem­pre. Así él es­ta­rá aun­que ya no es­té. Así se­gui­rá vi­vien­do, no im­por­ta que ha­ya muer­to. Los grie­gos afir­ma­ban que ese día na­ció el ar­te de la pin­tu­ra, y que Di­bu­ta­de lo in­ven­tó. La be­lle­za se­ría en­ton­ces fru­to del amor. Quién sa­be. A lo me­jor to­das es­tas pa­la­bras acer­ca del amor no son sino pa­la­bre­ría. Acer­ca del amor sa­be­mos po­co, y lo po­co que sa­be­mos no lo sa­be­mos bien. FIN.

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