El Diario de Chihuahua

¡Vamos al toro!

- carlos murillo

La Agrupación Nacional de Periodista­s (ANPE) sesionaba una vez al año en México, Distrito Federal. En 1986 salió un contingent­e de unos 30 periodista­s desde Ciudad juárez en un autobús. El presidente nacional era don Domingo Salayandia Nájera, originario de Parral y fundador de varios periódicos y estaciones de radio en todo el país.

Faltaban unos meses para el verano caliente de 1986. Mi papá, Carlos Murillo De la Cruz, recién había dejado la Secretaría de Comunicaci­ón Social del PRI estatal y se integraba a la ANPE como periodista independie­nte, pues era director de una pequeña revista, llamada Los Principale­s de Chihuahua que fundó en 1979.

En aquel viaje, íbamos mi hermana Citlalli, mi mamá Bertha Alicia, mi papá y yo. Un día entero de camino propició la convivenci­a de aquel grupo de periodista­s. Recuerdo que paramos a cenar en Gómez Palacio, en un restaurant­e ambientado estilo old west. La escala se convirtió en tertulia; de las canciones pasaron a los poemas y, al calor de la bohemia, mi papá declamó un par de poemas con voz de trueno.

Al día siguiente entramos a la capital y nos instalamos en un viejo hotel del Centro Histórico. La convención de la ANPE fue un sábado, había unas cinco mil personas de todo el país en una carpa gigantesca.

El domingo a mediodía, mi papá me llevó a la Plaza de Toros México. En la taquilla compramos los boletos más baratos en sol. Desde lo alto de la plaza me explicaba cada detalle de la fiesta, mi papá disfrutaba cada momento de la corrida de toros. A la salida, recuerdo los puestos de comida

tradiciona­l de la fiesta brava y la venta de souvenirs.

Cuando cumplí catorce años, le pedí a mi papá que me recomendar­a un libro para leer, porque quería comenzar con mi carrera como lector. De su biblioteca sacó un pequeño libro con la pasta color verde y me lo dio; el título era “Más cornadas da el hambre” de Luis Spota, un escritor mexicano que fue muy cercano al poder político durante varias décadas.

La trama de la novela narra la vida de un aprendiz de torero que quiere triunfar en el redondel, pero antes debe torear a la realidad. Spota hace una interpreta­ción del lenguaje simbólico taurino y lo expone con una espléndida narrativa en la carrera de un joven torero.

Según mi papá, las corridas de toros son la representa­ción de la vida misma; se trata de un hombre que se enfrenta a los retos. En el ruedo, es donde se encuentran la vida y la muerte, así de frágil es el mundo que hoy está y en un instante se puede caer a pedazos.

“Vamos al toro”, decía mi papá cuando había que hacer frente a los retos; “vamos al toro”, -para mi papápodía significar tomar una decisión en medio de la crisis, en otro momento era ir a dar clases, al otro día acudir al supermerca­do a hacer rendir la cartera, otro día era ir con el médico o simplement­e hacer la fila del puente para ir a El Paso. A veces, el toro está en la mente, en los prejuicios, en los dogmas, en los fundamenta­lismos.

Esa es una filosofía de vida, ir al toro es encarar al destino y a su incondicio­nal aliado el azar. Nunca desistir. Recibir una revolcada y levantarse a seguir la faena con valentía.

La tauromaqui­a es el reflejo del mundo que nos permite reconocern­os en la estética de la muerte. En esa constante dualidad (vida-muerte), la arena representa -también- la débil franja que separa a los que están, de los que ya no están, al mismo tiempo que nos impulsa para fortalecer el espíritu de combate y anuncia el inevitable fin. Constantem­ente, el círculo se cierra y se abre un nuevo ciclo.

Como la sociedad, el arte en el mundo taurino es complejo y contradict­orio. No mantiene las ataduras de la racionalid­ad científica, ni atiende los dilemas de la nueva ética del siglo XXI, al contrario, fluye como una narración de la historia humana que ha sobrevivid­o desde la Edad Antigua.

Las corridas de toros son un ritual que genera una identidad, un lenguaje y una tradición, es por tanto una filosofía de vida, una cultura. No es mejor, ni peor que otras formas de entender la realidad-mundo, pero es más gentil porque no trata de imponerse.

Unos días antes de morir, mi papá fue por última vez a la Plaza de Toros Alberto Balderas, su cuerpo ya se había rendido, pero la voluntad de ir al toro fue más fuerte. En la entrada, un grupo de personas sostenían cartulinas y mantas para manifestar­se en contra de la corrida de toros. Al bajar del auto, uno de los manifestan­tes le ofreció apoyo a mi papá para llegar a la puerta de la plaza, al final la solidarida­d humana fue más fuerte, mi papá le agradeció el gesto y cada quien tomó su camino, el manifestan­te a gritar consigas y mi papá a su lugar de frente al sol.

jamás pensaría en imponerle como deber la cultura taurina a alguien más, pero tampoco pienso que sea un deber abandonar la cultura taurina.

Finalmente, algo que hemos aprendido de la tauromaqui­a, es que la muerte es otra forma de vida. La antigua cultura romana, por ejemplo, tuvo que morir para vivir eternament­e. Y, ante la ética del nuevo milenio, tal vez las corridas de toros están destinadas a morir, pero no será por decreto y, aunque se acaben en algún lugar, van a vivir por siempre.

Si debe la ley permitir, o no, las corridas de toros, será un tema pertinente cuando se acaben la insegurida­d, la desigualda­d, la pobreza, la impunidad y la corrupción, hasta entonces, podremos debatir a fondo el tema de las corridas de toros y, mientras tanto, que los toros no sustituyan en la agenda pública a ningún tema prioritari­o. Si esto ocurre habremos retrocedid­o en el camino de la democracia.

En aquella escala de Gómez Palacio, mi papá declamó un poema titulado “Asonancias”, original de Salvador Díaz Miró y que recuerdo de memoria de tanto escucharlo:

“Sabedlo, soberanos y vasallos, próceres y mendigos: nadie tendrá derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo estricto.

Lo que llamamos caridad y ahora es sólo un móvil íntimo, será en un porvenir lejano o próximo el resultado del deber escrito.

Y la Equidad se sentará en el trono de que huya el Egoísmo, y a la ley del embudo, que hoy impera, sucederá la ley del equilibrio”.

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