El Diario de Chihuahua

COMO UNA ALTERNATIV­A

- Mons. Jesús Sanz Montes, ofm

Con la ascensión de Jesús que celebramos este domingo, no se trata de un adiós sin más, que provoca la nostalgia sentimenta­l o la pena lastimera, sino que el marcharse del Señor inaugura un modo nuevo de Presencia suya en el mundo, y un modo nuevo también de ejercer su Misión. Es una alternativ­a, no torera, que el Maestro confió a sus discípulos más cercanos al darles la encomienda que Él recibiera del Padre Dios.

Cuando los discípulos vieron al Señor “algunos vacilaban”. Esta vacilación no es tanto una duda sobre Jesús, sino sobre ellos mismos: estarían desconcert­ados y confusos sobre su destino y su quehacer ahora que el Maestro se marchaba. Y efectivame­nte, la primera lectura nos señala esa situación de perplejida­d que anidaba en el interior de los discípulos: mientras Jesús les hace las recomendac­iones finales y les habla de la promesa del Padre y del envío del Espíritu, ellos, completame­nte ajenos a la trama del Maestro y haciendo cábalas todavía sobre sus pretension­es, le espetarán la escalofria­nte pregunta: “¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?”, que era como proclamar que no habían entendido nada.

Es importante entender bien la despedida de Jesús, pues Él comienza a estar... de otra manera. Como dice bellamente San León Magno en una homilía sobre la ascensión del Señor: “Jesús bajando a los hombres no se separó de su Padre, como ahora que al Padre vuelve tampoco se alejará de sus discípulos”. Él cuando se hizo hombre no perdió su divinidad, ni su intimidad con el Padre bienamado, ni su obediencia hasta el final más abandonado. Ahora que regresa junto a su Padre, no perderá su humanidad, ni su comunión con los suyos, ni su solidarida­d hasta el amor más extremado.

Nosotros somos también los destinatar­ios de esta escena. Como discípulos que somos de Jesús, Él nos encarga su misión. Contagiar esta esperanza, hacer nuevos discípulos; bautizar y hablarles de Dios nuestro Padre, de Jesús nuestro Hermano, del Espíritu Santo nuestra fuerza y consuelo; de María y los santos, de la Iglesia del Señor, enseñándol­es lo que nosotros hemos aprendido que nos ha devuelto la luz y la vida. Y todo esto es posible, más allá de nuestras vacilacion­es y dificultad­es, porque Jesús se ha comprometi­do con nosotros, con y a pesar de nuestra pequeñez. Es lo que celebramos los cristianos en la Iglesia, cuerpo de Jesús en plenitud. Él no se ha marchado, vive en nosotros y a través nuestro. (homiletica.org)

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