De tú a tú con Trump

El Diario de Juárez - - OPINIÓN - AR­MAN­DO FUEN­TES Es­cri­tor

Ciu­dad de Mé­xi­co.- Su­si­flor, mu­cha­cha bien por­ta­da, le di­jo a Pi­ru­li­na, ami­ga su­ya que te­nía bas­tan­tes ki­ló­me­tros re­co­rri­dos: "Ja­más le per­mi­to a un hom­bre que me dé el be­so de las bue­nas no­ches". "Yo tam­po­co -de­cla­ró Pi­ru­li­na-. Por eso ha­go que se que­den con­mi­go has­ta que ya es de día"... Do­ña Pa­no­plia de Al­tope­do, da­ma de bue­na so­cie­dad, sa­có a pa­sear a su pe­rri­ta pood­le. Ha­bía en­tra­do en ce­lo el ani­ma­li­to, de mo­do que bien pron­to con­vo­có a una tur­ba de ba­bean­tes chu­chos. La em­pin­go­ro­ta­da se­ño­ra se an­gus­tió y lla­mó al po­li­cía del par­que. "Por fa­vor, se­ñor gen­dar­me -le ro­gó-. Dis­per­se a esos ca­nes ca­lle­je­ros. No quie­ro que nin­guno de ellos se acer­que a mi pe­rri­ta". "Se­ño­ra -res­pon­dió el guar­dia-, es muy di­fí­cil opo­ner­se a la na­tu­ra­le­za. Es­toy se­gu­ro de que a su pe­rri­ta no le gus­ta­ría que los dis­per­sa­ra". Te­nía ra­zón el hom­bre: en ese mis­mo ins­tan­te la pe­rri­ta ad­mi­tió las aten­cio­nes de uno de los pe­rros. "Ni mo­do -sus­pi­ró re­sig­na­da do­ña Pa­no­plia-. Po­li­cía: de­tén­ga­me a la pe­rri­ta mien­tras yo me vol­teo al otro la­do"... Li­bi­dio, ga­lán con­cu­pis­cen­te, an­sia­ba que Dul­ci­lí, jo­ven in­ge­nua, le hi­cie­ra da­ción de la pre­cio­sa ga­la de su don­ce­llez. Le di­jo: "¡Por ti cru­za­ría el mar a na­do! ¡Por ti lle­ga­ría vo­lan­do a la Lu­na! ¡Por ti mo­ve­ría mon­ta­ñas y ha­ría flo­re­cer de­sier­tos! ¡Por ti ha­ría que se de­tu­vie­ra el Sol!". Re­pli­có, hu­mil­de, Dul­ci­lí: "Lo úni­co que quie­ro es que te ca­ses con­mi­go". "¡Jo­der! -ex­cla­mó Li­bi­dio exas­pe­ra­do-. ¡No me pi­das im­po­si­bles!"... De­cía Sal­va­dor Díaz Mirón, gran poe­ta y hom­bre atra­bi­lia­rio: "Al que me in­sul­ta le pe­go, y al que me pe­ga lo ma­to". Sal­vas to­das las di­fe­ren­cias así de­be­ría ac­tuar nues­tro país an­te las cons­tan­tes ofen­sas y ame­na­zas de que Trump nos ha­ce ob­je­to. Mé­xi­co no es una re­pu­bli­qui­ta ba­na­ne­ra a la que se pue­da hu­mi­llar im­pu­ne­men­te. Tie­ne ca­pa­ci­dad de res­pues­ta, co­mo lo de­mos­tró al im­po­ner aran­ce­les a mer­can­cías nor­te­ame­ri­ca­nas lue­go de que el ne­fas­to pre­si­den­te yan­qui los im­pu­so a pro­duc­tos nues­tros. Por en­ci­ma de po­si­bles re­pre­sa­lias nues­tro Go­bierno de­be tra­tar de tú a tú con la ad­mi­nis­tra­ción de Trump. Apo­car­se an­te ella -achi­co­pa­lar­se, di­ría la ex­pre­sión de pue­blo- es ex­po­ner­se a más y ma­yo­res ma­los tra­tos. La gol­fis­ta no­va­ta hi­zo un ti­ro. La pe­lo­ti­ta sa­lió con fuer­za y gol­peó a un ju­ga­dor que iba de­lan­te. El ti­po, con un gri­to de do­lor, se lle­vó am­bas ma­nos a la en­tre­pier­na. Co­rrió so­lí­ci­ta la da­ma, y muy ape­na­da se dis­cul­pó con el su­je­to. "Per­dó­ne­me -le di­jo-. Es­toy apren­dien­do ape­nas a di­ri­gir el ti­ro". "Pues va­ya que me lo di­ri­gió" -gi­me el do­lo­ri­do se­ñor sin qui­tar­se las ma­nos de don­de las te­nía. Ofre­ció la da­ma: "Soy ex­per­ta en ma­sa­jes te­ra­péu­ti­cos. Per­mí­ta­me dar­le el ma­sa­je lla­ma­do de Ce­ders­chiöld, que con­sis­te en apli­car pre­sio­nes rít­mi­cas so­bre la par­te trau­ma­ti­za­da a fin de pro­du­cir un efec­to anes­té­si­co. Tién­da­se en el cés­ped, por fa­vor". Obe­de­ció el gol­fis­ta; la se­ño­ra le ba­jó el cie­rre del pan­ta­lón y em­pe­zó a ma­nio­brar en la co­rres­pon­dien­te par­te. Des­pués de un buen ra­to de ma­ni­pu­la­ción (Hand­ha­bung en len­gua­je téc­ni­co) la mu­jer le pre­gun­tó al su­je­to: "¿Se sien­te me­jor?". "Mu­cho me­jor -con­tes­tó el ti­po res­pi­ran­do con agi­ta­ción-. Sí­ga­le por fa­vor, no im­por­ta que el de­do me due­la to­da­vía"... Ba­ba­lu­cas mar­có el nú­me­ro te­le­fó­ni­co de una em­pre­sa de men­sa­je­ría. Le con­tes­tó una voz: "Es­ta­fe­ta". "Sa­lú­de­la de mi par­te -di­jo el ba­du­la­que-, pe­ro con el que quie­ro ha­blar es con el ge­ren­te"... En la cla­se de Bio­lo­gía la maes­tra le pi­dió a Jua­ni­to: "Pa­sa al pi­za­rrón y di­bu­ja un hue­vo". El pe­que­ño fue a la pi­za­rra y to­mó el gis. Lue­go em­pe­zó a di­bu­jar al tiem­po que se me­tía una mano en el bol­si­llo del pan­ta­lón. "¡Éje­le! -gri­tó Pe­pi­to-. ¡Es­tá co­pian­do!"... FIN.

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