El men­sa­je de la se­rie The Ame­ri­cans

La edu­ca­ción y la trans­mi­sión de va­lo­res son ele­men­tos a des­ta­car en la fa­mo­sa se­rie de es­pías so­vié­ti­cos en la épo­ca de Rea­gan

El Economista (México) - The Washington Post (Mexico) - - News - An­na Nord­berg

Hay una es­ce­na a la mi­tad de la úl­ti­ma tem­po­ra­da de The Ame­ri­cans, el dra­ma de un gru­po de su­per­es­pías so­vié­ti­cos que vi­ven co­mo tí­pi­ca fa­mi­lia es­ta­dou­ni­den­se du­ran­te los años de Rea­gan, en la que no pue­do de­jar de pensar.

El pa­pá Phi­lip se de­tie­ne pa­ra ver a su hi­ja Pai­ge que tie­ne edad uni­ver­si­ta­ria, una ciu­da­da­na es­ta­dou­ni­den­se que en reali­dad fue re­clu­ta­da pa­ra rea­li­zar la­bo­res de es­pio­na­je.

Él ha­bla con Pai­ge so­bre sus ha­bi­li­da­des de com­ba­te en re­fe­ren­cia a una dis­cu­sión que tu­vo la chi­ca en un bar. En par­ti­cu­lar, Phi­lip le ad­vier­te que no se con­fíe de sus for­ta­le­zas, y co­mo lo ha­cen la ma­yo­ría de los pa­dres es­ta­dou­ni­den­ses, le qui­ta el ce­pi­llo y le di­ce: -Bueno. Así que ven a mí. -¿Qué?

-Quie­ro ver lo que has apren­di­do.

Ella se ex­tra­ña de la pro­pues­ta que le ha­ce su su­pues­to pa­dre. ¿Phi­lip ver­da­de­ra­men­te quie­re pe­lear? Pe­ro hay un pro­ble­ma, no hay al­moha­das en el cuar­to.

“Oh, en el mun­do real no hay al­moha­das”, di­ce Phi­lip (in­ter­pre- ta­do por Matt­hew Rhys) con un cla­ro sentido sar­cás­ti­co.

La reac­ción de Pai­ge ha­ce pensar a quien es­tá vien­do la se­rie que ella sa­be más que su pa­dre, un agen­te con mu­chos años en su es­pal­da.

Ella lo ataca fí­si­ca­men­te al cue­llo, lo tra­ta de es­tran­gu­lar. Re­co­ge su abri­go y le di­ce unas pa­la­bras: “No es­tá mal” y ac­to se­gui­do abre la puer­ta y se va.

La es­ce­na es in­có­mo­da de ver. La chi­ca lo ataca en reali­dad sin im­por­tar­le el ver­da­de­ro sen­ti­mien­to del pa­dre: no quie­re que se con­fíe y de­sea que so­bre­vi­va en un es­ce­na­rio com­ple­jo pa­ra ella.

Y aquí lle­ga­mos al co­ra­zón de The Ame­ri­cans, una his­to­ria de es­pías que se pa­re­ce más a una his­to­ria so­bre la pa­ter­ni­dad, el ma­tri­mo­nio y la identidad fa­mi­liar.

A lo lar­go de sus seis tem­po­ra­das exa­mi­nan­do la vi­da de los agen­tes so­vié­ti­cos Eli­za­beth (Ke­ri Rus­sell) y Phi­lip Jen­nings, The Ame­ri­cans, la his­to­ria se pre­gun­ta qué sig­ni­fi­ca vi­vir y criar a los hi­jos en una cul­tu­ra que in­cen­ti­va el des­pre­cio.

Al­go más, la se­rie se ha con­ver­ti­do en una me­tá­fo­ra so­bre la lu­cha que en­fren­tan todos los pa­dres a la ho­ra de trans­mi­tir sus va­lo­res a sus hi­jos.

En la úl­ti­ma tem­po­ra­da, Eli­za­beth, ma­dre de Pai­ge, ha con­ven­ci­do a su hi­ja de que to­do lo que apren­dió so­bre Es­ta­dos Uni­dos es una men­ti­ra. Pue­de ser di­fí­cil de ver, sin em­bar­go, co­mo pa­dre, tam­bién es fas­ci­nan­te.

La se­rie es ge­nial. Nin­gún ras­go, nin­gún sen­ti­mien­to de los des­pia­da­dos es­pías que vi­ven en un su­bur­bio de Washington, DC du­ran­te la era Rea­gan de­be­ría de ser atrac­ti­vo pa­ra no­so­tros; sin em­bar­go, una y otra vez, The Ame­ri­cans lo ha­ce po­si­ble.

En más de una oca­sión, cuan­do pen­sa­ba en Phi­lip y Eli­za­beth edu­can­do a sus dos ni­ños, al mis­mo tiem­po que ase­si­na­ban, me pre­gun­ta­ba: ¿có­mo lo ha­cen to­do?

El sen­ti­mien­to más trá­gi­co ocu­rre cuan­do Eli­za­beth des­tru­ye los va­lo­res de Pai­ge. Ella cree que le es­tá dan­do lo me­jor a su hi­ja. Sin em­bar­go, sus va­lo­res no son los me­jo­res.

The Ame­ri­cans tie­ne otro ele­men­to a con­si­de­rar y se tra­ta so­bre el equi­li­brio en­tre el tra­ba­jo y la vi­da. Si bien es cier­to que la se­rie se lle­va a ca­bo en la dé­ca­da de 1980, bien po­dría ser una zo­na de re­fle­xión pa­ra los pa­dres ago­bia­dos en la ac­tua­li­dad.

El víncu­lo en­tre pa­dres e hi­jos es una de las co­sas que real­men­te ha­ce que la edu­ca­ción de ellos fun­cio­ne. Con mis pro­pios hi­jos pe­que­ños, tra­to de ha­cer­lo bien y ellos, al me­nos oca­sio­nal­men­te, bus­can en mi per­so­na mi pun­to de vis­ta.

De­fi­ni­ti­va­men­te que es muy re­co­men­da­ble la se­rie The Ame­ri­cans. In­sis­to, el án­gu­lo fa­mi­liar de la se­rie su­pera por mu­cho las his­to­rias tí­pi­cas de es­pías. La em­pa­tía que ge­ne­ra es im­pre­sio­nan­te.

La se­rie se pa­re­ce más a una his­to­ria so­bre la pa­ter­ni­dad, el ma­tri­mo­nio y la identidad fa­mi­liar”.

Fo­tos: the washington post

Ke­ri Rus­sell jun­to a Matt­hew Rhys y Holly Tay­lor, ac­to­res de la se­rie The Ame­ri­cans.

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