Le­van­ta el vue­lo en Teo­tihua­can

Descubre es­ta zo­na ar­queo­ló­gi­ca des­de el ai­re, en un vue­lo en glo­bo ae­ros­tá­ti­co, y dé­ja­te sor­pren­der por la mag­ni­fi­cen­cia y mis­te­rio de la ciu­dad de los dio­ses

El Economista (México) - Turismo - - De Placer - Dia­na Sa­la­do dia­na.sa­la­do@ele­co­no­mis­ta.mx

La zo­na de Teo­tihua­can tie­ne un cli­ma mag­ní­fi­co y vien­tos fa­vo­ra­bles pa­ra via­jar en glo­bo por la ma­ña­na, du­ran­te el ama­ne­cer, pa­ra apre­ciar esa at­mós­fe­ra cá­li­da y co­lo­ri­da al­re­de­dor de es­ta zo­na ar­queo­ló­gi­ca co­no­ci­da co­mo la ciu­dad de los dio­ses, una de las más im­por­tan­tes de las cul­tu­ras prehis­pá­ni­cas en Mé­xi­co y Me­soa­mé­ri­ca.

Ver la ma­jes­tuo­si­dad de las pi­rá­mi­des del Sol y de la Lu­na des­de las al­tu­ras, a unos 400 me­tros, es una ex­pe­rien­cia úni­ca y a la vez re­la­jan­te.

La ex­pe­rien­cia com­ple­ta du­ra al­re­de­dor de tres ho­ras. Ini­cia a las 6:30 am, ho­ra de la ci­ta en un res­tau­ran­te del pue­blo San Juan Teo­tihua­can, pa­ra ser tras­la­da­dos a los cam­pos des­de don­de le­van­ta­re­mos el vue­lo. Pri­me­ro ob­ser­va­mos el pro­ce­so de in­fla­do del glo­bo en el que via­ja­re­mos. El nues­tro te­nía el nom­bre de Candy. Lue­go de unos 25 mi­nu­tos, la des­ma­ña­na­da y el frío se te ol­vi­dan cuan­do el glo­bo co­mien­za a to­mar for­ma, sus co­lo­res bri­llan­tes so­bre­sa­len en­tre la os­cu­ri­dad y es­tá lis­to pa­ra ele­var­se por los cie­los. En ese mo­men­to otros glo­bos es­tán a pun­to de su­bir y otros más ya es­tán via­jan­do al rit­mo del vien­to.

Es ho­ra de su­bir a la ca­nas­ti­lla y, una vez arri­ba, la luz y los co­lo­res pas­tel que se ob­ser­van

des­de lo al­to per­mi­ten una vis­ta her­mo­sa del va­lle. Du­ran­te el vue­lo —que du­ra unos 45 mi­nu­tos apro­xi­ma­da­men­te— no ex­pe­ri­men­tas mo­vi­mien­tos brus­cos ni des­agra­da­bles, to­do trans­cu­rre con sua­vi­dad y tran­qui­li­dad. Es un pa­seo en el cual pla­ti­cas, ad­mi­ras y to­mas fo­to­gra­fías de los pai­sa­jes por los que pa­sas. El úni­co rui­do que es­cu­cha­rás se­rá cuan­do el pi­lo­to, el nues­tro de nom­bre Odín, ac­cio­na el dis­po­si­ti­vo de su­mi­nis­tro de gas pa­ra que el glo­bo se vuel­va a ele­var o se man­ten­ga en sus­pen­sión.

En el re­co­rri­do no só­lo ob­ser­vas las pi­rá­mi­des, sino la Cal­za­da de los Muer­tos, la flo­ra, la ar­qui­tec­tu­ra del pue­blo San Juan Teo­tihua­can y los ce­rros del Va­lle de Mé­xi­co. Odín nos con­fie­sa que en un buen día se ven el Po­po­ca­té­petl, el Iz­tac­cíhuatl e in­clu­so el Pi­co de Orizaba. Pa­ra él, la me­jor épo­ca pa­ra vo­lar, por los co­lo­res, es du­ran­te la tem­po­ra­da de llu­vias, pues el co­lor ver­de es el que pre­do­mi­na al­re­de­dor de la zo­na. Da la apa­rien­cia de un enor­me lien­zo; sin em­bar­go, cual­quier es­ta­ción de año es bue­na y ca­da via­je es di­fe­ren­te a los de­más.

Ob­ser­var la som­bra de tu glo­bo so­bre la Pi­rá­mi­de del Sol es una pos­tal im­per­di­ble, pe­ro ver le­van­tar el vue­lo de otros co­lo­ri­dos glo­bos ae­ros­tá­ti­cos y sur­car el cie­lo con el mis­mo rum­bo es al­go má­gi­co. Por mo­men­tos, más de 40 glo­bos es­tán en apa­ren­te cal­ma so­bre Teo­tihua­can, pe­ro en reali­dad es­tán vo­lan­do a unos 12 ki­lo­me­tros por ho­ra (6 nu­dos) y mien­tras unos suben, otros ba­jan. Es asom­bro­so ver es­te es­pec­tácu­lo en las al­tu­ras.

Es­tos glo­bos pue­den su­bir has­ta 10,000 pies; no­so­tros des­pe­ga­mos a 7,500 y nos ele­va­mos has­ta 9,900 y la vis­ta fue es­pec­ta­cu­lar. El ate­rri­za­je es tan sua­ve que te da­rán ga­nas de re­pe­tir la ex­pe­rien­cia en el atar­de­cer; sin em­bar­go, los vien­tos son fuer­tes por la tar­de y só­lo se pue­de ha­cer mien­tras sa­le el sol y un par de ho­ras des­pués.

Por las con­di­cio­nes cli­má­ti­cas, Teo­tihua­can es ca­si la úni­ca zo­na en el país que no su­fre de can­ce­la­cio­nes de vue­los, lo que ga­ran­ti­za tu ex­pe­rien­cia.

Pa­ra vo­lar so­bre Teo­tihua­can se tie­nen di­fe­ren­tes op­cio­nes. Una es en un via­je co­lec­ti­vo en el que via­ja­rán en­tre ocho y 10 per­so­nas; otra, com­par­tir en­tre ami­gos y fa­mi­lia­res, pa­ra ce­le­brar un cum­plea­ños o al­gu­na fe­cha es­pe­cial, que in­clu­ye brin­dis a bor­do.

Pe­ro si lo que bus­cas es pri­va­ci­dad o pe­dir­le ma­tri­mo­nio a tu pa­re­ja, la op­ción es un vue­lo pri­va­do, en es­te vue­lo ob­ser­va­rás un ines­pe­ra­do men­sa­je des­de tie­rra, brin­da­rás con cham­pag­ne en el ai­re y re­ci­bi­rás una fo­to­gra­fía de ese mo­men­to es­pe­cial.

De­bi­do a que el ai­re es el que de­ci­de nues­tro des­tino, el ate­rri­za­je no es en el mis­mo lu­gar de don­de se des­pe­gó, sino va­rios ki­ló­me­tros más ade­lan­te, pe­ro no hay por qué preo­cu­par­se, siem­pre va un equi­po en tie­rra si­guien­do el rum­bo del glo­bo y te lle­van de re­gre­so al res­tau­ran­te que fue el pun­to de en­cuen­tro pa­ra dis­fru­tar de un bu­fet.

Fotos: archivo

LA ME­JOR épo­ca pa­ra vo­lar en glo­bo es en tem­po­ra­da de llu­vias, ya que los co­lo­res se vuel­ven más in­ten­sos.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Mexico

© PressReader. All rights reserved.