EL SAN­TUA­RIO DE LA MUER­TE

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Es­ca­lo­frío, asom­bro y has­ta un po­co de mie­do son las pri­me­ras sen­sa­cio­nes que in­va­den a los vi­si­tan­tes al in­gre­sar al Osario de Sed­lec, en Re­pú­bli­ca Che­ca. Y es que la at­mós­fe­ra de es­te lu­gar es­tá im­preg­na­da de mis­te­rios, pues to­da la de­co­ra­ción es­tá he­cha con hue­sos hu­ma­nos.

Ahí des­ta­can la ca­pi­lla sub­te­rrá­nea de la Igle­sia de To­dos los San­tos, que ori­gi­nal­men­te for­ma­ba par­te de una aba­día cis­ter­cien­se y un can­de­la­bro del que cuel­gan crá­neos y hue­sos de to­dos los ta­ma­ños y par­tes del cuer­po.

Tam­bién so­bre­sa­len un cris­to cus­to­dia­do por cua­tro crá­neos, el es­cu­do de ar­mas de la no­ble fa­mi­lia de Sch­war­zen­berg, así co­mo al­gu­nos re­ma­tes de las pa­re­des.

Pe­ro es­te lu­gar, no siem­pre es­tu­vo de­co­ra­do así, cuen­ta la le­yen­da que uno de los aba­des del mo­nas­te­rio hi­zo una pe­re­gri­na­ción a Je­ru­sa­lén y tra­jo un pu­ña­do de tie­rra del Mon­te Gól­go­ta, don­de di­cen fue cru­ci­fi­ca­do Je­sús, mis­ma que es­par­ció en el ce­men­te­rio lo­cal, pro­vo­can­do que los cris­tia­nos desea­ran ser se­pul­ta­dos ahí. Tras una gran epi­de­mia de pes­te, fue­ron en­te­rra­dos allí más de 40,000 per­so­nas y años más tar­de, la ca­pi­lla se que­mó y que­dó aban­do­na­da.

Años des­pués, fue re­mo­de­la­da por el ar­qui­tec­to che­co Jan Blažej San­ti­ni en es­ti­lo ba­rro­co, pe­ro fue Fran­tišek Rint, en 1870, quien le dio al osario su as­pec­to ac­tual ocu­pan­do los res­tos de es­que­le­tos de las 40,000 per­so­nas que fue­ron en­te­rra­das ahí.

Di­cen que en la de­co­ra­ción de es­te lu­gar se uti­li­za­ron los hue­sos de to­do el cuer­po, así que aquí el fé­mur, pe­ro­né, cla­ví­cu­la, ra­dio, cú­bi­to, fa­lan­ge, me­ta­tar­so y los 199 hue­sos más que con­for­man el cuer­po hu­mano son ver­da­de­ras obras de ar­te.

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