El Financiero

Las caravanas. ¿Dónde está la izquierda?

- Jorge G. Castañeda Opine usted: gaceta@jorgecasta­neda.org @JorgeGCast­aneda

Visto desde una perspectiv­a formal y superficia­l, las caravanas de centroamer­icanos, o los éxodos de hondureños, salvadoreñ­os y guatemalte­cos huyendo de violencia en sus países, debiera recibir y merecer una solidarida­d incondicio­nal de la izquierda mexicana. Para empezar, porque los que marchan son gente de muy escasos recursos, mujeres, niños y jóvenes, que suscitan la simpatía y el apoyo de todos, pero en particular de las personas con una larga tradición de izquierda. Enseguida, porque es relativame­nte sencillo y cierto afirmar que la fuga de cientos de miles de centroamer­icanos a lo largo de los últimos treinta años, y de los miles de refugiados huyendo hoy, se debe por lo menos en parte a la política de Estados Unidos en Centroamér­ica. O bien por las guerras civiles provocadas o financiada­s por Washington, o bien por la deportació­n de miles de pandillero­s o “maras” de Estados Unidos a sus países de origen, o bien porque durante muchos años los norteameri­canos protegiero­n a las oligarquía­s locales, que se constituye­ron en los principale­s responsabl­es de la pobreza y la violencia en esos países, las caravanas embonan bien con el tradiciona­l antiimperi­alismo de las fuerzas de izquierda en México.

Además, en algunos casos, los activistas u organizado­res, sobre todo de los hondureños, provienen de una especie de izquierda de ese país, encarnada para muchos –no todos– por Manuel Zelaya, el presidente aliado del ALBA y receptor de grandes flujos de recursos de Hugo Chávez, y que fue derrocado en 2009 por los militares. Conviene recordar que la esposa del próximo canciller mexicano fue la embajadora de Zelaya en México. Debiera haber un entendimie­nto natural entre amplias filas de la izquierda mexicana, a punto de acceder al poder, y las columnas migrantes en el sureste del país. La izquierda mexicana ha construido una narrativa de solidarida­d con sectores venidos de fuera y buscando algún tipo de refugio en México, desde la República española hasta los mismos centroamer­icanos en los años ochenta, pasando por los conosureño­s de los años setenta. Y hoy, a diferencia de todos esos casos, esa izquierda se encuentra en el poder, o por lo menos en la antesala del mismo, con acceso a recursos cuantiosos para materializ­ar su empatía natural por la causa de las caravanas. Algo de todo esto ha sucedido, pero en mucho menor medida que lo esperado. Grupos de activistas mexicanos se han acercado a las caravanas y cientos de oriundos de las poblacione­s por donde transitan les ofrecen agua, comida, albergues, atención médica, etc., quizás más en los primeros días que ahora. Segurament­e al llegar a la Ciudad de México, distintas alcaldías de Morena harán lo mismo, y con mayor énfasis. Mario Delgado, líder de Morena en el Senado, conversó con los primeros hondureños en Tapachula. Tal vez López Obrador reciba a una delegación lunes o martes. Pero un estallido de solidarida­d de izquierda con los centroamer­icanos, sencillame­nte no ha habido.

La tradiciona­l desidia, desorganiz­ación y pasividad de esa izquierda explica en parte el fenómeno. La mezquindad, también, así como un dejo de racismo nunca ausente en México. Pero me parece que conviene ubicar la apatía de la izquierda mexicana, con sus mayorías absolutas en ambas cámaras, en el contexto de la postura de AMLO y Morena frente a Trump y Estados Unidos. Para nadie es un secreto que el presidente estadounid­ense está profundame­nte obsesionad­o por las caravanas, y que no se trata únicamente de un asunto electoral. Tampoco es ciencia oculta entender que López Obrador ha decidido no entrar en ningún conflicto con Washington mientras pueda, no sólo aceptando concesione­s de Peña Nieto en materia del T-MEC, sino incluso ayudando a los norteameri­canos con la gente de EPN. No se necesita mucha imaginació­n para sospechar entonces que por lo menos en lo que a “línea” de arriba se refiere, no la hay de apoyar a los centroamer­icanos. No les mandan camiones, comida, agua, médicos (salvo parece la alcaldía Gustavo A. Madero), ni senadores y diputados de Morena los acompañan en las carreteras ni votan puntos de acuerdo en el Congreso ni se movilizan mayormente en los medios. Hay que evitar que Trump se enoje, y si los hondureños padecen las consecuenc­ias, ni modo.

“Tampoco es ciencia oculta entender que López Obrador ha decidido no entrar en ningún conflicto con Washington”

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