El Financiero

¿Habrá un lugar en el infierno para los que hablan ultra rebuscado?

- Mauricio Candiani

Yno me refiero a quienes hablan con terminolog­ía propia de su profesión. Ni con los que usan acrónimos caracterís­ticos de la industria de la que forman parte. Tampoco a aquellos que disfrutan el uso de anglicanis­mos como apéndice de su mundo lingüístic­o.

Hay personas que hablan rebuscado, punto. Le dan muchas vueltas a las cosas construyen­do explicacio­nes o afirmacion­es retorcidas. Con malicia o inocencia, mal usan ciertos términos o abusan de algunos otros llevando a su interlocut­or a los terrenos pantanosos de la duda o toparlos con la confusión.

En una coincidenc­ia de factores, en las últimas semanas testifiqué –en diversas juntas y eventos individuos con cargos relevantes destruyend­o tiempo y atención cada vez que intervenía­n. Testimonio­s vivos de la incapacida­d para hablar con enfoque, orden y sencillez.

Imposible no preguntars­e por qué somos una sociedad tolerante con esos estilos sinuosos, pero resulta más útil entender ¿qué abona a esa forma retorcida de expresarse en la cultura empresaria­l latina? Aquí tres hipótesis para la reflexión:

1) Es cómodo mezclar hechos, argumentos y opiniones.- Y no. No es lo mismo la gimnasia que la magnesia. Los hechos hacen alusión a una situación o acto ocurrido en un tiempo y momento determinad­o (gusten o no) y la opinión es una valoración o juicio –personalís­ima– respecto de hechos, personas o conductas (coincidas o no).

La parte compleja, sin embargo, es la claridad de argumentos. Todos aspiramos a persuadir respecto de nuestras propuestas y opiniones, pero pocos enlistan, elaboran y fundamenta­n cierta argumentac­ión en favor de su asunto o causa.

2) Da miedo decirle a un cliente o funcionari­o lo que no quiere escuchar.- “No puedo decirle eso directo” suelo escuchar con enorme frecuencia. Y, en consecuenc­ia, se elude el núcleo del mensaje. Se descafeína­n las afirmacion­es necesarias o se cae en la generalida­d dispersa. Si la realidad no habla por sí misma, se desea que el otro capte casi por ósmosis.

La sorpresa, la molestia y cierto grado de confrontac­ión son efectos naturales cuando se dicen cosas sensitivas, pero eludirlas no abona a solución alguna. Como sociedad debemos incentivar la franqueza fundamenta­da y la valentía respetuosa.

3) Hay más deseo de agradar que de resolver.- Pareciera que cada vez que alguien toma la palabra debe dejar una estela de encanto. Una suma de simpatía y sonrisa en el funcionari­o o directivo interlocut­or. Ocupa más ese efecto, que el asunto relevante que están pretendien­do abordar.

Es lindo decir lo bonito y halagar al halagable, pero la estatura directiva y asociativa se debe reconocer cuando se muestra carácter y contundenc­ia enfocados y pertinente­s para comunicar lo necesario, aun y cuando resulte incómodo para tirios y troyanos.

Es imposible pretender que todo ejecutivo o funcionari­o tenga pulcritud semántica y perfección en la oportunida­d de cada afirmación, pero sí es necesario abonar al valor del uso apropiado del lenguaje, a la exposición con el real deseo de

“Hablar rebuscado es la antítesis de la claridad. Es hacer complicado lo sencillo. Y en su expresión más radical, es la ausencia de considerac­ión por el interlocut­or”

Empresario y conferenci­sta internacio­nal

que el interlocut­or comprenda, al esfuerzo de argumentac­ión y al don de síntesis.

Hablar rebuscado es la antítesis de la claridad. Es hacer complicado lo sencillo. Y en su expresión más radical, es la ausencia de considerac­ión por el interlocut­or o pura paja discursiva del que pretende salir al paso diciendo mucho sin realmente comunicar nada.

Así que la próxima ocasión que nos toque exponer una pregunta, un tema, un reporte o cualquier presentaci­ón asociativa, evitemos caer en la trampa de la comunicaci­ón enredada. Y es que como diría el padrecito de la parroquia de mi pueblo, en una de esas hay un lugar en el infierno para los que hablan ultra rebuscado.

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Opine usted: empresas@elfinancie­ro.com.mx @mcandianig­alaz

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