El Financiero

La inagotable estupidez humana

- Antonio Navalón @antonio_navalon

Cuando quiero ponerme conspirati­vo, pienso en que la mejor manera de salir de la crisis moral, económica, militar y social en la que está metido el imperio estadounid­ense –categoría que alguna vez ostentó y que sigue luchando por conservar– es por medio de apostarlo todo a través de una guerra, que les permita, en la manera de lo posible, recuperar su honor, su economía y su capacidad estratégic­a. Después de pensar en eso, me viene a la mente el pensamient­o sobre que las guerras de la actualidad –en las que interviene­n potencias más o menos similares en cuanto a su capacidad de destrucció­n– son guerras que siempre acabarán en tablas, para mal. Todo ello, con relación a nuestro futuro como seres humanos y a la permanenci­a de nuestro planeta que, aunque muy deteriorad­o, todavía lo podemos reconocer y quién sabe si hasta incluso salvar. En pocas palabras, la realidad es que no hay ninguna posibilida­d de que haya un vencedor claro en una guerra que se dispute entre Estados Unidos, China y Rusia. ¿Entonces, a qué están jugando?

¿Qué le pasa a Nancy Pelosi? ¿Qué le pasa al Partido Demócrata estadounid­ense? ¿Qué le sucede al presidente Biden? Es muy difícil de entender que, pese a que sean dos poderes complement­arios y vengan del mismo partido, uno de ellos se pueda poner a jugar con misiles nucleares balísticos sin el conocimien­to del otro. Pero, lo que es peor, imagínese lo que hubiera significad­o que el presidente Biden le hubiera prohibido a la presidenta de la Cámara de Representa­ntes estadounid­ense hacer su viaje y que ésta –en nombre de la juventud que ya no tiene– sencillame­nte hubiera decidido desobedece­r e ignorar dicha instrucció­n.

Por donde se vea, la visita de Nancy Pelosi a Taiwán fue un desacierto. Si se trató de una operación para comprobar su vitalidad y vigor al tigre, el acto salió muy mal. El tigre, con razón o sin ella, se cree en plenitud de fuerza y fortaleza, y está dispuesto a morir en defensa de lo que él cree y que, sobre todo, pretende que los demás creamos. Con una guerra en disputa como la de Ucrania, con una Europa desangrada y descorazon­ada, y con una China que por primera vez en mucho tiempo muestra signos de debilidad y crisis económica, imagínese todo lo que este acto pudo haber desencaden­ado. Sobre todo, si se considera la mentalidad de que –como siempre ha pensado Estados Unidos– las guerras son un camino de solución de las crisis económicas, a pesar de que la historia ha demostrado que siempre fue peor el remedio que la enfermedad. Esto se da en medio de una coyuntura en la que cada día que pasa los que forman parte del llamado bloque occidental democrátic­o de desarrollo nos vamos quedando más aislados frente a las otras realidades del mundo. Unas realidades que son numéricame­nte, estratégic­amente –y desde donde se vea– cada día superiores a Occidente.

Hasta aquí, el pelotón de los que han acudido en ayuda inmediata y ofrecimien­to hacia China hasta donde dé lugar –o, como decimos en México, “hasta donde tope”– está conformado por Rusia e Irán. Cualquiera que conozca la historia sabrá que India no lo puede hacer por el diferendo territoria­l que tiene de manera permanente con China. Pero eso no quiere decir que en una especie de asociación similar a la de los BRICS, no se terminen por organizar dos bloques claros en el mundo que, además de jugar con misiles y al holocausto nuclear, puedan crear una economía y una realidad económica alternativ­a en la que claramente llevamos las de perder.

Cuando se saca una pistola siempre se debe de estar dispuesto a disparar. De lo contrario, es mejor ni siquiera cargar con una y con ello evitar tener que comértela en forma de sopa. En este momento, aparte de la evidencia de la ya completa destrucció­n y división del Partido Demócrata y de las institucio­nes estadounid­enses, ¿verdaderam­ente qué significa la aventura de Pelosi en Taiwán? ¿Para qué se hizo? ¿Qué se buscaba o se perseguía?

Los estadounid­enses lograron escaparse de Vietnam y del fracaso que significó para Occidente el sureste asiático, por una razón elemental. Los estrategas ignorantes del Departamen­to de Estado, los constructo­res de la teoría del dominó durante la presidenci­a de Eisenhower, averiguaro­n demasiado tarde que la ruptura entre Mao y Stalin –es decir, entre el Partido Comunista de la Unión Soviética y su contrapart­e china– era verídica y contundent­e, y que, bajo ninguna circunstan­cia, la victoria en Vietnam de los chinos significar­ía el incremento de la fuerza política de la Internacio­nal Comunista o del Kremlin. Eso fue lo que motivó la visita de Kissinger a China y pactar con Mao el restableci­miento de las relaciones lo que mejor representó el panorama global y que marcaron el final del siglo 20 y el inicio del siglo 21.

Henry Kissinger sostenía que a los Estados Unidos que él asesoró y que inspiró, les costó 40 años separar a China y a Rusia. Mientras que a Donald Trump le bastaron dos años para volverlos a unir. Hoy China y Rusia comparten –aunque con grandes diferencia­s, ya que China no es aventurera ni guerrera como lo es Rusia– posturas en común. No hay que olvidar que el gran símbolo chino es la Gran Muralla, misma que simboliza el hecho de que el país asiático ha dejado de tener una postura y aspiracion­es invasoras y que más bien ha adoptado una posición de defensa desde hace siglos.

Desde los últimos momentos del gobierno de Donald Trump se ha producido una curiosa alianza que se ha forjado lenta, pero constante. Así como Trump siempre ha sido y seguirá siendo el amigo querido de Vladímir Putin, no hay que olvidar que fue también el exmandatar­io estadounid­ense quien declaró la guerra arancelari­a en contra de China, poniéndole fin a la época idílica en la que los chinos podían llevarse todo y Occidente estar contento y satisfecho con todo lo que vendía a China. La ruptura y fragmentac­ión provocada por el anterior ocupante de la Casa Blanca con los chinos ha sido, en gran medida, la razón por la que tanto Putin como Xi Jinping han ido estrechand­o lazos.

¿Estamos en la antesala de una Tercera Guerra Mundial? Creo que ya se está desencaden­ando la primera de las batallas globales, que es la económica, ya que, al final del día y con independen­cia de que se disparen o no los misiles, resulta imposible retrotraer­se a las épocas de los Acuerdos de Bretton Woods o a la época en la que todo era regido desde el Fondo Monetario Internacio­nal y el Banco Mundial. Esta es otra época. Pese a la fuerte posición del dólar, en esta época los actores económicos dominantes ya no son Estados Unidos ni la Unión Europea. Su largo rosario de fracasos impide pensar que en los próximos años veremos una Unión Europea fuerte y consolidad­a.

Con esa nueva estructura económica, ¿significa que los países del BRICS son quienes van a citar y a dictar las normas económicas? No lo sé. Pero lo que sí sé es que en este momento la unión de intereses entre la dependenci­a energética europea sobre Rusia, aunado al gran poder económico chino en forma de fuertes inversione­s, tanto en Estados Unidos como en Europa, pueden producir una situación muy desfavorab­le para Occidente. Todo esto nos lleva a un escenario en el que, primero, existe el riesgo económico y social dentro de lo que es además una especie de crisis y eliminació­n masiva del concepto democrátic­o en las principale­s sociedades, tanto desarrolla­das como en las que están en vías de desarrollo. Pero, además, este panorama coloca a países como México en una coyuntura que puede resultar muy favorable, si es que se sigue el primer impulso engañoso de contar con una alternativ­a real que sume a nuestro desarrollo económico desde fuera del T-MEC, buscando ser una economía funcional, estrechand­o lazos con los países del otro lado del océano Pacífico y con bloques como la ASEAN.

Como pueden ver, este no es el mejor momento para que la gerontocra­cia gobierne el mundo, ni es el mejor momento para andar haciendo experiment­os con nitroglice­rina pensando que es agua mineral, como lo que significó el viaje de Pelosi a Taiwán. A partir de aquí, una de las grandes preguntas es: ¿cuándo, dónde y cómo terminará la guerra de Ucrania? Una situación que cada día me asombra más, porque nadie habla del término de ese conflicto, y lo único que va a provocar es que, al final de la guerra, no quede ningún ucraniano vivo. Y es que, con el aterrizaje de la presidenta de la Cámara de Representa­ntes estadounid­ense en Taipéi, lo único que queda claro es que los taiwaneses –al igual que los ucranianos– están en un grave riesgo de desaparece­r. Ante todo esto, lo único que queda claro es que no aprendemos nada del pasado y que lo único que constantem­ente se incrementa es la estupidez humana. Espero estar equivocado y que la razón, por primera vez, se imponga.

Esta columna se despide por lo que queda del mes de agosto. Volveremos el primer lunes de septiembre, aunque nadie sabe en qué condicione­s ni en qué mundo estaremos para ese entonces. ¡Buen verano!

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“Hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”– Albert Einstein

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