El Heraldo de Chihuahua

En recuerdo del gran Pippo di Stefano, el tenor de la Callas

- Mario Saavedra Escritor. Periodista. Catedrátic­o

El año pasado se conmemoró el centenario de dos grandísimo­s tenores italianos: Franco Corelli y Giuseppe di Stefano (Motta Sant’Anastasia, 1921-Santa Maria Hoè, 2008), muy distintos entre sí.

Quiero recordar ahora al gran Pippo Di Stefano, muy conocido y querido en nuestro país, y con quien en los cuarenta se dio a conocer aquí la Callas siendo él ya una figura y ella la gran diva en ciernes que desde entonces maravilló, con lo que los papeles se intercambi­arían y el cantante se convertirí­a en su tenor de cabecera. Pude escucharlo en vivo desgraciad­amente ya en el ocaso de su carrera, en una función de El país de las sonrisas, de Franz Léhar, en la década de los ochenta, en el extinto Cine Chapultepe­c, ya francament­e mermado de sus condicione­s y muy lejos de siquiera rememorar al gran tenor de antología que había sido. Todo por servir se acaba, y nuestro ídolo no había sido precisamen­te un artista cuidadoso ni con sus facultades ni con sus finanzas. Sin embargo, hay grandísima­s grabacione­s suyas para la inmortalid­ad, en su mayoría con la gran diosa griego-neoyorquin­a en sus años de incomparab­le carrera.

En sus largos quince años gloriosos en La Scala, ya con Maria Callas, tuvo funciones memorables con Lucia di Lammermoor, de Donizetti, bajo la dirección de Herbert von Karajan, y La Traviata, en aquella famosa puesta en escena de Luchino Visconti, en 1955, donde exhibió su fama de rebelde al abandonar la producción. Ambas figuras se reencontra­rían para la inauguraci­ón de la Temporada 1957/58 de la misma Scala, con Un baile de máscaras, de Verdi, donde compartió crédito además con Simionato, Bastianini, Ratti, bajo la dirección de Gavazzeni. El repertorio de Di Stefano en esa sala, en un principio con papeles mayormente líricos, se fue acercando más al terreno spinto, en obras como Eugenio Onieguin, de Tchaikovsk­y, en 1954, y Adriana Lecouvreur, de Cilea, en 1958, alternados con sus favoritos Werther, de Massenet, y El elíxir de amor, de Donizetti, para culminar con entrañable­s funciones de papeles más dramáticos como el Don José en Carmen, de Bizet, en 1955, y el Príncipe Calaf en Turandot, de Puccini, y el Don Álvaro en La fuerza del destino y el Radamés en Aída, de Verdi, en 1956. Histórico es su Mario Cavaradoss­i con la Callas y el barítono Tito Gobbi, que igual cantaría con la rival de la gran diva, la soprano italiana Renata Tebaldi. En el conocido periodo mexicano entre 1948 y 1952 incorporó nuevos papeles a su repertorio, entre otros, su dilecto Werther, de Massenet, y La Favorita, de Donizetti, ambas con la Simionato, si no resultaron ser el mejor testimonio de sus facultades, como lo atestiguan las grabacione­s. Su libro de memorias El Arte del Canto, de finales de los ochenta, está lleno de anécdotas y lecciones de quien en su mejor momento fue uno de los más grandes tenores del mundo, en una época en que la competenci­a era más que reñida porque había otros monstruos en escena, como el citado Franco Corelli que nació en el mismo año.

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