Y la tie­rra vol­ve­rá a flo­re­cer

El Informador - - Ideas - Mar­tín Ca­si­llas de Al­ba (mal­ba99@yahoo.com) ¿Dón­de es­tás? ¡Me de­jas tan­to tiem­po so­lo! Va­go de un la­do al otro con mi laúd, por es­tos ca­mi­nos de tier­na hier­ba. ¡Oh, qué be­lle­za es el mun­do ebrio de amor y vi­da!

En el mun­do hay más de do­ce mi­llo­nes de con­ta­gia­dos por co­ro­na­vi­rus y han fa­lle­ci­do más de me­dio mi­llón de per­so­nas que no se pu­die­ron des­pe­dir por es­tar ais­la­das o in­cons­cien­tes.

Co­no­cí al­gu­nos que su­pie­ron des­pe­dir­se de quien co­rres­pon­día, co­mo a otros que no lo qui­sie­ron ha­cer o no lo pu­die­ron ha­cer. Es­tas ideas me vi­nie­ron mien­tras oía La can­ción de la Tie­rra (Das Lied von der Er­de) de Mah­ler, una obra que con­mue­ve si nos ima­gi­na­mos que esa fue la ma­ne­ra del com­po­si­tor pa­ra desaho­gar­se: sa­bía que po­día mo­rir en cual­quier mo­men­to y se­guía en due­lo por la muer­te de su hi­ja Ma­ría. En­ton­ces, bus­có unos poe­mas de los chi­nos Mong Kao-yen y Wang Wei, les pu­so mú­si­ca y les dio un cier­to to­que orien­tal pa­ra lo­grar un cier­to mis­te­rio.

Mah­ler es un ge­nio de la me­lan­co­lía, tal co­mo lo ex­pre­sa en la sex­ta de las can­cio­nes: El adiós (Abs­chied) co­mo aho­ra lo es­cu­ché en la voz de An­na Lars­sen y con esa mú­si­ca, esa le­tra y unos muy opor­tu­nos si­len­cios.

El sol des­apa­re­ce tras las mon­ta­ñas y en los va­lles cae la tar­de con sus fres­cas som­bras. ¡Mi­ren, có­mo flo­ta la lu­na, co­mo un bar­co de pla­ta en el mar azul del cie­lo! ¡Sien­to el so­plo de la bri­sa de­trás de esos pi­nos som­bríos!

Mah­ler se ba­só en esos poe­mas y de­ci­dió que fue­ran can­ta­dos por una con­tral­to, con esa voz po­co más grue­sa que la mez­zo, pa­ra que su na­rra­ción pu­die­se te­ner, tal vez, una ma­yor pro­fun­di­dad cuan­do na­rra que se po­ne el sol de­trás de las mon­ta­ñas y es­cu­cha­mos el can­to del arroyo a esa ho­ra cuan­do las flo­res pa­li­de­cen y la tie­rra res­pi­ra en si­len­cio: to­do duer­me y los de­seos flo­tan en­tre los sue­ños de los hom­bres can­sa­dos que re­gre­san a sus ca­sas can­tan­do al­gu­nos re­cuer­dos de su ju­ven­tud, mien­tras los pá­ja­ros se acu­rru­can en sus ra­mas.

Avan­za la no­che y ha­ce frío. De pron­to, se en­cuen­tra con su ami­go, se ba­ja del ca­ba­llo y brin­da con él an­tes de des­pe­dir­se sin sa­ber a dón­de va, ni por qué tie­ne que ser así.

Así en­con­tró la ma­ne­ra de des­pe­dir­se y cuan­do brin­dan, se ani­ma un po­co y le con­fie­sa que la for­tu­na no le ha si­do fa­vo­ra­ble... y por eso va­ga so­li­ta­rio en bus­ca de paz.

Co­mo esos ani­ma­les de la na­tu­ra­le­za que re­gre­san a mo­rir a su tie­rra na­tal, así él, des­pués de un si­len­cio y po­co an­tes que la or­ques­ta mar­que un rit­mo co­mo el fuer­te gol­pe­teo de su co­ra­zón, se da cuen­ta que ha lle­ga­do a su te­rru­ño.

¡De nue­vo la tie­rra ama­da flo­re­ce y re­ver­de­ce por to­das par­tes! ¡Por to­das par­tes bri­llan lu­ces azu­les en el ho­ri­zon­te! Eter­na­men­te... eter­na­men­te... eter­na­men­te... eter­na­men­te.

Y la voz de la con­tral­to se va apa­gan­do jun­to con la or­ques­ta mien­tras re­pi­te una y otra vez Ewig... Ewig... Ewig... y así ter­mi­na. Lo de­más es si­len­cio.

Sa­bía que des­pués que se ha­ya ido to­do vol­ve­rá a re­na­cer y la tie­rra vol­ve­rá a lle­nar­se de flo­res, la hier­ba ole­rá a tie­rra mo­ja­da, y los ni­ños vol­ve­rán a ju­gar, co­rrer de un la­do pa­ra el otro sin que les im­por­te otra co­sa que el pre­sen­te.

La ver­sión que es­cu­ché es­tu­vo di­ri­gi­da por Fa­bio Lui­si, una obra que se cie­rra a sí mis­ma apa­ren­te­men­te en un círcu­lo per­fec­to, con dos que tres mo­men­tos de ale­gría co­mo cuan­do se ba­ja del ca­ba­llo y brin­da con su ami­go an­tes de des­pe­dir­se y cuan­do sa­be que to­do en la tie­rra re­ver­de­ce y las flo­res vol­ve­rán a cre­cer.

Co­no­cí al­gu­nos que su­pie­ron des­pe­dir­se de quien co­rres­pon­día, co­mo a otros que no lo qui­sie­ron ha­cer

¡Por to­das par­tes y eter­na­men­te bri­lla­rán lu­ces azu­les en el ho­ri­zon­te! Eter­na­men­te... eter­na­men­te... eter­na­men­te...

Y de es­ta ma­ne­ra, la con­tral­to ba­ja po­co a po­co el tono de voz has­ta que só­lo mue­ve los la­bios y cree­mos que re­pi­te: “Ewig... Ewig...”

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