RA­FAEL MO­NEO “SE­RÍA HER­MO­SO QUE LA SO­CIE­DAD ES­TU­VIE­SE DIS­PUES­TA A EN­TEN­DER QUE LA VE­JEZ ES UN VA­LOR”

“ENVEJECER ES ES­TAR SE­GU­RO DE AL­GU­NAS EX­PE­RIEN­CIAS QUE NO VOLVERÁN A RE­PE­TIR­SE. Y, AÚN ASÍ, ES­PE­RAS QUE AL­GU­NAS EX­PE­RIEN­CIAS NO ACA­BEN”

El Mundo - - Portada - AN­TO­NIO LU­CAS FO­TO­GRA­FÍA DE ÁN­GEL NA­VA­RRE­TE

Ra­fael Mo­neo tie­ne 83 años. Es el pri­mer ar­qui­tec­to es­pa­ñol que re­ci­bió el Pre­mio Pritz­ker. Tam­bién ejer­ce de vi­ti­cul­tor en Ol­me­do (Va­lla­do­lid), con bo­de­ga pro­pia. De jo­ven tu­vo el arran­que de as­pi­rar a fi­ló­so­fo y lue­go qui­so ha­cer­se pin­tor, pe­ro ter­mi­nó cal­cu­lan­do es­truc­tu­ras y re­sol­vien­do edi­fi­cios que son (ca­si to­dos) re­fe­ren­tes del ofi­cio. Al ca­mi­nar de­po­si­ta las ma­nos en los bol­si­llos. Sor­tea la ti­mi­dez de­trás de unas ga­fas de mon­tu­ra fi­na y lle­va cor­ba­tas de pun­to y nu­do es­tre­cho, es­ti­lo Har­vard. Allí tam­bién fue do­cen­te. Via­ja a bor­do de un cier­to des­pis­te aten­tí­si­mo: una mez­cla de so­brie­dad e in­te­li­gen­cia. Su bio­gra­fía al­ber­ga seis o sie­te mo­men­tos es­te­la­res, to­dos re­la­cio­na­dos con la ar­qui­tec­tu­ra. Uno de ellos es el Mu­seo de Ar­te Ro­mano de Mé­ri­da. Mo­neo tien­de a ha­blar ce­rran­do con fuer­za los ojos, en ac­ti­tud le­ví­ti­ca, po­nien­do en pie un dis­cur­so don­de las ideas van por de­lan­te de las pa­la­bras, por eso a ve­ces de­ja en­tre un pu­ña­do de acier­tos al­gu­nas frases des­ma­de­ja­das. De una pun­ta a otra de la Cas­te­lla­na, es­pi­na­zo de Ma­drid, re­par­te al­gu­nos de los im­por­tan­tes edi­fi­cios que lle­van su fir­ma: desde Ban­kin­ter a la Es­ta­ción de Atocha, don­de aho­ra pro­yec­ta la reha­bi­li­ta­ción de la cu­bier­ta. So­bre­vi­vió a los bu­ró­cra­tas y a la es­tu­pi­dez de al­gu­nos po­lí­ti­cos en el re­to de am­pliar el Mu­seo del Pra­do. En lo que duró el pro­yec­to vio caer a cinco mi­nis­tros y a un pu­ña­do de tá­ba­nos de oro. Los mis­mos que in­ten­ta­ban me­ter pe­zu­ña en la ma­que­ta pa­ra pro­po­ner ca­pri­chos de es­te­ti­cién en una obra que tan­tos de ellos no en­ten­die­ron. To­dos pa­sa­ron a me­jor vi­da pú­bli­ca o pri­va­da. Mo­neo, sin em­bar­go, si­gue ahí. La ar­qui­tec­tu­ra es una pa­sión en­de­mo­nia­da en es­te hom­bre, jun­to al en­sa­yo y la poe­sía. Lee a Eli­za­beth Bis­hop. Aque­lla que es­cri­bió es­to: «El tu­mul­to en el co­ra­zón/ si­gue ha­cien­do pre­gun­tas».

P. ¿La ve­jez se com­ba­te?

R. De al­gún mo­do, has­ta don­de pue­do, sí me re­sis­to a ella. Sé que ha lle­ga­do, pe­ro tra­to de en­ga­ñar­la ha­cien­do lo que siem­pre he he­cho: tra­ba­jar. Soy cons­cien­te de que ca­da vez me que­da me­nos de vi­da y qui­zá por eso tra­ba­jo con em­pe­ño, pa­ra no per­ci­bir de una ma­ne­ra de­ma­sia­do evi­den­te có­mo voy cum­plien­do años y cuá­les son sus con­se­cuen­cias. Aun­que sé que hay co­sas que ya no po­dré ha­cer.

P. Pe­ro, en­tre tan­to, no se de­tie­ne.

R. In­ten­to no pa­rar. Aun­que es du­ro tam­bién cuando ves la ve­jez en los otros. Me re­fie­ro al de­te­rio­ro fí­si­co. Asus­ta pen­sar que tam­po­co es­ca­pa­ré de él. Uno ha­ce por ig­no­rar­lo, pe­ro a cier­ta edad tie­nes la cer­te­za de que acu­mu­las ex­pe­rien­cia de mu­chos mo­men­tos que no se volverán a re­pe­tir. Y de otros que po­drían ser los úl­ti­mos. No lo di­go con la­men­to, sino con con­cien­cia de una reali­dad. A mi edad ya sé, por ejem­plo, que al­gu­nas ciu­da­des im­por­tan­tes pa­ra mí son aho­ra el re­cuer­do de un tiem­po que fue. Envejecer es es­tar se­gu­ro de las co­sas que no volverán a su­ce­der. Y aun así hay, con to­do es­to, uno es­pe­ra que al­gu­nas ex­pe­rien­cias vi­vi­das no se aca­ben del to­do. Es un equi­li­brio ex­tra­ño. La re­la­ción que has es­ta­ble­ci­do con al­gu­na gen­te, con cier­tas co­sas y con unos cuan­tos lu­ga­res si­gue ge­ne­ran­do en­tu­sias­mos aun­que sean otras las cir­cuns­tan­cias.

P. ¿Ha apro­ve­cha­do bien la vi­da has­ta aho­ra?

R. Creo que sí, pe­ro ve­ces pien­so en al­gu­nos pro­yec­tos vi­ta­les que ten­go en mar­cha (o pen­dien­tes de rea­li­zar) y sé que no po­dré ver­los en su fi­nal. Hay ex­pe­rien­cias que exigen de un tiem­po demorado, im­po­si­bles de asu­mir desde la in­me­dia­tez. El vino me ha en­se­ña­do so­bre es­to. Ha­ce ca­si 20 años em­pe­cé a ha­cer vino y ahí es esen­cial el con­cep­to de de­mo­ra, de en­ve­je­ci­mien­to, de pa­cien­cia y de tiem­po len­to. Hay vi­nos que me gus­ta­ría sen­tir envejecer y pro­bar cuando es­tén más he­chos, pe­ro... No es al­go que me ge­ne­re due­lo o pe­na, aun­que sí in­cre­men­ta la con­cien­cia que de que no se­ré yo quien vea el acon­te­cer de al­gu­nas aven­tu­ras em­pren­di­das con en­tu­sias­mo. Qué le va­mos a ha­cer... Pe­ro si­ga­mos ti­ran­do del hi­lo.

P. Ha di­cho: «La ve­jez es custodiar el pa­sa­do pa­ra uno mis­mo, pe­ro so­bre to­do pa­ra los de­más».

R. Me re­fe­ría a mi pro­fe­sión. La ar­qui­tec­tu­ra, has­ta aho­ra, ha es

“De­seo que tú y yo mi­ti­gue­mos es­te pe­so co­mún: la in­mi­nen­te lle­ga­da de la ve­jez.

Con to­da se­gu­ri­dad sé que tú [Ti­to] la vi­ves con dig­ni­dad y eres ca­paz de afron­tar to­dos los pro­ble­mas que con­lle­va. Cuando pien­so en es­cri­bir so­bre la ve­jez siem­pre acu­des a mi men­te co­mo la per­so­na más dig­na de es­te don del que nos po­da­mos ser­vir ca­da uno de no­so­tros”. ‘DE SENECTUTE’ CICERÓN

ta­do aso­cia­da a una idea de per­ma­nen­cia. Y di­go cons­cien­te­men­te «has­ta aho­ra» por­que creo que una par­te de la ar­qui­tec­tu­ra ac­tual tie­ne me­nos vo­ca­ción de per­ma­ne­cer. Los edi­fi­cios go­zan de una vi­da pro­pia a la que el ar­qui­tec­to ha con­tri­bui­do, pe­ro esa vi­da es de ellos. Es un error adue­ñar­te de lo que un edi­fi­cio es. Su­po­nien­do que cuando mue­res es­tu­vie­ses en al­gún lu­gar, lo in­tere­san­te se­ría com­pro­bar có­mo una vi­da que­da aso­cia­da a los ob­je­tos que ha desa­rro­lla­do. En el ca­so de la ar­qui­tec­tu­ra, a los edi­fi­cios. En ese as­pec­to, ten­go una cier­ta con­cien­cia de continuida­d que da sen­ti­do a tan­tos es­fuer­zos rea­li­za­dos, a tan­tas du­das, a al­gu­nos acier­tos.

P. Es de­li­ca­da la idea de per­ma­ne­cer en la obra.

R. No es que es­tés vi­vo en lo que has he­cho, pe­ro pue­de te­ner sen­ti­do la sos­pe­cha de que al­go de tu exis­ten­cia ha que­da­do di­lui­da en reali­da­des más am­plias. Por eso tie­ne tan­ta im­por­tan­cia pa­ra mí la ciu­dad y com­pren­der un edi­fi­cio co­mo par­te de esa reali­dad en­san­cha­da que otor­ga la ex­pe­rien­cia de lo du­ra­de­ro. La sen­sa­ción de se­guir pre­sen­te desde la ar­qui­tec­tu­ra cuando ya no es­té ha­ce de ella un cam­po aún más in­tere­san­te, pues pue­de jus­ti­fi­car una exis­ten­cia. El poe­ta T.S. Eliot acer­tó en es­ta re­fle­xión. En el fon­do, un edi­fi­cio no es nada pe­ro con­tri­bu­ye en su me­di­da a un to­do más am­plio que te so­bre­pa­sa­rá.

P. ¿La edad ven­ce a la im­pa­cien­cia?

R. Ima­gino que sí, pe­ro es que no creo ha­ber si­do de­ma­sia­do im­pa­cien­te. Tam­po­co me la­men­to de las co­sas que no he he­cho. Lo que en de­fi­ni­ti­va me im­por­ta es sa­ber dar ra­zón de mí mis­mo lo me­jor que pue­da. Soy lo que soy. Nun­ca he te­ni­do la ten­ta­ción de es­ta­ble­cer un ca­non de nada ni pa­ra nadie. En­tien­do que los in­tere­ses, a lo lar­go de una vi­da, se des­pla­cen, pe­ro no sien­to una an­gus­tia apo­ca­líp­ti­ca por ver que en un mo­men­to las preo­cu­pa­cio­nes o en­tu­sias­mos de la so­cie­dad son dis­tin­tos a los míos. Me va­le con in­sis­tir en aque­llas co­sas que el tiem­po te se­ña­la co­mo sus­tan­ti­vas. Creo que a la ve­jez tam­bién le acom­pa­ña una ma­ne­ra de ser lú­ci­do que no se co­no­ce has­ta que se lle­ga. Es una lu­ci­dez in­tere­san­te, cuando se tie­ne, por­que no es de va­lor nor­ma­ti­vo. La lu­ci­dez au­tén­ti­ca ilumina tu pro­pia sen­da, pe­ro sin vo­ca­ción de es­ta­ble­cer el ca­mino a los de­más.

P. ¿Se sien­te bien en­ten­di­do?

R. Sí. Y es re­con­for­tan­te. Pe­ro se­gún tus días van sien­do me­nos com­pren­des que nun­ca lle­ga­rás a po­der ex­pli­car to­do lo que que­rrías. Y que tam­po­co sa­bes por en­te­ro aque­llo que te pro­pu­sis­te sa­ber. Fí­ja­te en la cien­cia, a me­di­da que avan­za los cien­tí­fi­cos posponen en el tiem­po las du­das so­bre el ori­gen de la vi­da y los mi­llo­nes de años que abar­ca. Es de­cir, siem­pre hay un mis­te­rio inex­pli­ca­ble que a los hom­bres se nos va ne­gan­do al avan­zar. Nun­ca tendremos la ex­pli­ca­ción de­fi­ni­ti­va de lo que so­mos. Es apa­sio­nan­te. Y por eso en­tien­des los es­fuer­zos de la fi­lo­so­fía y de la cul­tu­ra en ge­ne­ral por in­ten­tar acer­car­se a la ex­pli­ca­ción de quié­nes so­mos, de qué es to­do es­to.

P. ¿Asu­me bien la idea de fi­nal?

R. Cues­ta po­co com­pren­der­la. Va con la edad.

P. Y te­ner­la clara es me­jor que no te­ner­la.

R. Va­lo­ra­mos de­ma­sia­do nues­tro yo. Qui­zá por­que es nues­tra po­se­sión úl­ti­ma, la más va­lio­sa que te que­da an­tes de ser ce­ni­za. La con­cien­cia de fi­ni­tud ayu­da a afron­tar la des­apa­ri­ción con más tran­qui­li­dad. Aun­que es di­fí­cil es­qui­var el te­mor a la pre­ca­rie­dad de la con­di­ción hu­ma­na en tér­mi­nos fí­si­cos. Y el de­te­rio­ro que acom­pa­ña to­do fin asus­ta.

P. ¿Te­me la so­le­dad?

R. Te­rri­ble­men­te. En los mo­men­tos de ma­yor fra­gi­li­dad es im­por­tan­te es­tar acom­pa­ña­do por tu fa­mi­lia, por tus pró­xi­mos. A la vi­da no lle­gas so­lo y no de­bes aca­bar en so­le­dad.

P. Una fra­se de Gar­cía Már­quez: «El se­cre­to de una bue­na ve­jez no es otro que un pac­to hon­ra­do con la so­le­dad».

R. Bueno, sí que una cier­ta in­su­la­ri­dad va aso­cia­da a la ve­jez. El que­dar­te so­lo del que ha­bla Gar­cía Már­quez tie­ne al­go de de­sola­ción por la con­cien­cia de que el in­ter­cam­bio con los otros va sien­do ca­da vez más di­fí­cil. Vi­vir es ir irrum­pien­do su­ce­si­va­men­te en la vi­da de los de­más, aun­que con el tiem­po su­ce­de lo opues­to: te ale­jas o te ale­jan. Tam­bién es cier­to que no es ne­ce­sa­rio irrum­pir tan­to en nada... Otro asun­to es el ais­la­mien­to que pro­vo­ca el de­te­rio­ro.

P. ¿Con la edad se des­pla­zan los re­fe­ren­tes? Pien­so en dos ar­qui­tec­tos im­por­tan­tes en sus co­mien­zos, Sáenz de Oi­za y Jørn Ut­zon.

R. Es com­pli­ca­do res­pon­der a es­to... Con la edad sue­les en­ten­der a los otros en un sen­ti­do más com­ple­to. Pa­ra bien y pa­ra mal. Ut­zon y Oi­za fue­ron dos fi­gu­ras muy di­fe­ren­tes, pe­ro tie­nen el va­lor co­mún de ha­ber­me per­mi­ti­do acer­car­me al ar­qui­tec­to que que­ría ser. De Oi­za apren­dí por su ac­ti­tud in­qui­si­ti­va, cu­rio­sa, de con­ti­nuo cues­tio­na­mien­to. Si aho­ra re­pa­so su tra­ba­jo, obra a obra, se­ría más crí­ti­co, aun­que tie­ne edi­fi­cios ab­so­lu­ta­men­te ple­nos. Le las­tra­ba es­tar tan me­dia­ti­za­do por lo que se ha­cía fue­ra, por­que de­la­ta­ba una fal­ta de con­fian­za en sí mis­mo. Pe­ro in­sis­to en que tie­ne unas cuan­tas obras excelentes que jus­ti­fi­can a un crea­dor. Y más aho­ra.

P. ¿Más aho­ra?

R. Es que hoy al­gu­nos co­le­gas con gran­des es­tu­dios de ar­qui­tec­tu­ra que desa­rro­llan has­ta un cen­te­nar de pro­yec­tos al año no co­no­cen a fon­do mu­chos de ellos. Cuando más obra tie­nes, más vo­lu­men pres­cin­di­ble acu­mu­las. Mu­cha ar­qui­tec­tu­ra de los es­tu­dios gi­gan­tes es cier­ta­men­te im­per­so­nal. Por el con­tra­rio, si pien­so en Ut­zon, por el que tam­bién me has pre­gun­ta­do, no hay du­da de que se ha con­ver­ti­do en un em­ble­ma de la pro­fe­sión a pe­sar de la po­ca obra que hi­zo. Lo ad­mi­ra­ble de él es có­mo asu­mió la con­di­ción he­roi­ca de cons­truir al­go que en los as­pec­tos más sus­tan­cia­les tie­ne que ver con lo so­ña­do. Por ejem­plo, la ópe­ra de Syd­ney.

P. La edad no le ha im­pul­sa­do a la in­di­fe­ren­cia.

R. En ab­so­lu­to. En es­te mo­men­to ha­go lo que en­tien­do que de­bo ha­cer. Y es­toy muy le­jos de la an­sie­dad de coin­ci­dir con nada ni con nadie.

P. ¿No hay an­sie­dad por man­te­ner el si­tio?

R. De nin­gún ti­po. Ni tris­te­za. Ni re­sig­na­ción. Qui­zá de­cep­cio­nes, co­mo la de no ha­ber ga­na­do el pro­yec­to de la am­plia­ción del Mu­seo de Be­llas Ar­tes de Bil­bao. Eso ha si­do un tras­piés gran­de, pe­ro vol­ve­ría a pre­sen­tar el mis­mo tra­ba­jo. Ten­go cla­ro que la lu­ci­dez que da el co­no­ci­mien­to de lo que uno en­tien­de que es su ofi­cio se re­su­me en el apren­di­za­je de to­da una vi­da. Es­toy muy tran­qui­lo con lo que he he­cho y ten­go fuer­za pa­ra se­guir. Aho­ra tra­ba­jo en la re­mo­de­la­ción de la mar­que­si­na de la Es­ta­ción de Atocha y me vuel­co en es­to con las mis­mas ga­nas con que reali­cé el pro­yec­to de la es­ta­ción. Di­go «ga­nas» por­que es una pa­la­bra vis­ce­ral y opues­ta a la in­di­fe­ren­cia. Aho­ra soy más cons­cien­te de lo que tie­ne sen­ti­do o pro­fun­di­dad y de lo que no.

P. ¿Qué no?

R. Pues lo que ca­re­ce de di­fi­cul­tad, de com­ple­ji­dad, de au­ten­ti­ci­dad. Eso que se ha ido per­dien­do en la es­té­ti­ca con­tem­po­rá­nea. Si­go va­lo­ran­do el es­fuer­zo que re­quie­ren al­gu­nas co­sas. En ese as­pec­to no me sien­to vie­jo.

P. ¿La edad le da más li­ber­tad?

R. Creo que sí. Li­ber­tad tam­bién pa­ra sa­ber en­ten­der lo que han he­cho los otros. Ya no veo el tra­ba­jo de los de­más com­pi­tien­do con el mío. A mí me gus­ta­ría me­dir­me con lo que yo me he im­pues­to, sien­do cons­cien­te de mis li­mi­ta­cio­nes.

P. Eso es qui­zá la sa­bi­du­ría.

R. No lo sé. Lo que sí creo es que la na­tu­ra­le­za ayu­da a que la eu­fo­ria de la ju­ven­tud se desa­rro­lle en el va­so que pue­da con­te­ner­la. Y per­te­ne­ce a un tiem­po con­cre­to. Lo de­más es un len­to apren­di­za­je. ¿Y si lla­ma­mos sa­bi­du­ría a no per­der la ca­pa­ci­dad de apren­der? A lo me­jor esa es la eu­fo­ria de la ve­jez.

P. ¿Cree que ser vie­jo se pe­na­li­za?

R. Ten­go la sen­sa­ción de que las so­cie­da­des más pri­ma­rias o ru­ra­les in­cor­po­ran me­jor la idea de an­cia­ni­dad en su di­ná­mi­ca. En es­tos me­ses he­mos vis­to de qué ma­ne­ra la so­cie­dad ac­tual tie­ne ur­gen­cia por des­pren­der­se de la ve­jez, de los an­cia­nos. Es una ac­ti­tud de cier­ta cruel­dad. De enor­me in­di­fe­ren­cia. La cos­tum­bre acep­ta­da es em­plear me­nos tiem­po pa­ra lo que im­por­ta. Hay pri­sa. Hay mu­cha pri­sa. Es al­go que su­ce­de has­ta en los vi­nos: ca­da vez se be­ben vi­nos más jó­ve­nes, ca­si nadie lo ha­ce a su de­bi­do tiem­po, es­pe­ran­do a que se ha­ga, dán­do­le su tiem­po... Se­ría her­mo­so que la so­cie­dad es­tu­vie­se dis­pues­ta a en­ten­der que la ve­jez es un va­lor... Que el tiem­po acu­mu­la­do lo es.

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