«Te­ne­mos que de­jar Al­sa­sua, ga­na el te­rror, ga­na el mie­do»

«Ame­na­za­ron a mi pa­dre, le di­je­ron que te­nía que ca­llar­me la pu­ta bo­ca en el jui­cio» / «Per­dí a to­dos mis ami­gos, han ce­di­do a la pre­sión»

El Mundo - - PORTADA - FER­NAN­DO LÁ­ZA­RO PAM­PLO­NA

«Las ame­na­zas eran cons­tan­tes, de muer­te, por las re­des so­cia­les. Me lla­ma­ban a mi mó­vil des­de nú­me­ros ocul­tos». Ma­ría Jo­sé re­la­ta en­tre lá­gri­mas el cli­ma de aco­so y per­se­cu­ción al que se ha vis­to so­me­ti­da en Al­sa­sua, el mu­ni­ci­pio al que lle­gó con tres años, en el que se en­no­vió con Óscar –el te­nien­te de la Guar­dia Ci­vil agre­di­do jun­to a ella por una tur­ba aber­tza­le– y del que ha te­ni­do que huir. «He per­di­do a mis ami­gos. Al­gu­nos han se­cun­da­do las pro­tes­tas con­tra mí. Se de­jan lle­var por el mie­do», afir­ma.

Las ame­na­zas se han di­ri­gi­do in­clu­so con­tra su fa­mi­lia pa­ra que ella no iden­ti­fi­ca­ra a los agre­so­res an­te la Au­dien­cia. «A mi pa­dre le po­nen car­te­les. Le di­cen ‘di­le a tu hi­ja que se ca­lle la pu­ta bo­ca’». Las pan­car­tas y ac­tos an­te la ca­sa de Ma­ría Jo­sé eran cons­tan­tes. «Es­ta­ba se­cues­tra­da en Al­sa­sua, en mi pue­blo... Me sen­tía en­jau­la­da. En cuan­to pi­sa­ba la ca­lle, sen­tía las mi­ra­das de odio.»

El 15 de oc­tu­bre de 2016, con 19 años de edad, a Ma­ría Jo­sé le cam­bió la vi­da. «Ha­bía co­no­ci­do a Óscar en mi bar. Fue co­mo en las no­ve­las, amor a pri­me­ra vis­ta. Nos co­no­ci­mos y em­pe­za­mos a sa­lir». Ma­ría Jo­sé lle­gó a Al­sa­sua des­de Ecua­dor con tres años. Óscar era el te­nien­te de la Guar­dia Ci­vil de su pue­blo. «Pri­me­ro vi­nie­ron mis pa­dres y lue­go nos tra­je­ron a mi her­mano y a mí», re­cuer­da en una en­tre­vis­ta con EL MUN­DO, la pri­me­ra tras el jui­cio en la Au­dien­cia Na­cio­nal con­tra los au­to­res de la agre­sión que su­frie­ron ella, Óscar, el sar­gen­to y su mu­jer.

«La vi­da en Al­sa­sua, lo anor­mal era lo nor­mal. Sa­bes que hay una es­pe­cie de ley del si­len­cio. Y te amol­das por­que es con lo que has vi­vi­do siem­pre. No te pa­re­ce ex­tra­ño», ex­pli­ca Ma­ría Jo­sé de lo que era su día a día en Al­sa­sua an­tes de ese 15 de oc­tu­bre, de la agre­sión de la «otra ma­na­da». «Pe­ro, cuan­do em­pe­cé a sa­lir con Óscar sa­bía que íba­mos a desafiar esas nor­mas im­pues­tas de la ca­lle. Sa­bía que no to­le­ra­ban a la Guar­dia Ci­vil, que quie­ren que se va­ya». Y cla­ro, los pri­me­ros que le ad­vir­tie­ron, su en­torno. «Mis ami­gos me de­cían ¿ya sa­bes dón­de te me­tes? Me de­cían que iba a te­ner pro­ble­mas. Y pen­sé... ¿voy a de­jar que me di­gan con quien pue­do o no sa­lir? Vi­vi­mos en un mun­do li­bre, en el que una mu­jer pue­de sa­lir con quien le dé la ga­na».

Pe­ro em­pe­za­ron los co­ti­lleos y las mur­mu­ra­cio­nes... «Mu­chos me dejaron de sa­lu­dar. Fui la co­mi­di­lla del pue­blo. Gen­te que te mi­ra mal... No ol­vi­des que yo en ese mo­men­to te­nía 19 años. La pre­sión era fuer­te. Un día, en la fies­ta de la cer­ve­za, me sen­tí ya ob­ser­va­da, bueno, hos­ti­ga­da. Allí tam­bién se pro­tes­ta con­tra la pre­sen­cia de la Guar­dia Ci­vil. Yo es­ta­ba con unos ami­gos. Se me acer­có un chi­co y me pre­gun­tó ‘¿tú sa­les con un ma­de­ro?’. Yo lo ne­gué, le di­je que no, por­que en ese am­bien­te, con to­dos pi­dien­do que se fue­ra la Guar­dia Ci­vil, me dio mu­cho mie­do».

Re­cuer­da que el vier­nes an­te­rior a la agre­sión, es­tu­vo con Óscar to­man­do un «pint­xo-po­te» jun­to a la otra pa­re­ja agre­di­da, el sar­gen­to de la Guar­dia Ci­vil y su mu­jer, Pi­lar. Acu­die­ron al bar de uno de los pro­ce­sa­dos. «Al en­trar, unos jó­ve­nes nos se­ña­la­ron, po­nien­do las ma­nos co­mo si fue­ran una pis­to­la. En­tien­do que pa­ra aler­tar de que eran guar­dias. Los nues­tros es­ta­ban de es­pal­das. No le di ma­yor im­por­tan­cia».

Su re­la­to se en­tre­cor­ta de vez en cuan­do. En­mu­de­ce al re­cor­dar esos «te­rri­bles» me­ses tras la agre­sión. «Des­de fue­ra se ve di­fe­ren­te, pe­ro des­de den­tro sa­bes lo que to­ca asu­mir. Eso es lo tris­te, que ten­gas que asu­mir co­mo nor­mal al­go que se ve des­de fue­ra co­mo lo que es: una coac­ción, un com­por­ta­mien­to ma­chis­ta».

Y re­cuer­da aque­lla no­che del 15 de oc­tu­bre. «No quie­ro en­trar ya en de­ta­lles que ex­pu­se en la Au­dien­cia Na­cio­nal por­que fue muy du­ro. Me sen­tí aco­sa­da y hos­ti­ga­da por los abo­ga­dos de los pro­ce­sa­dos. Tra­ta­ron de de­mo­ler mi de­cla­ra­ción. De aque­lla no­che aún me cues­ta mu­cho ha­blar. Ja­más se me va a qui­tar de la ca­be­za el odio, las mi­ra­das de odio, la ra­bia, la sa­ña, y el ren­cor. Esas mi­ra­das... La fuer­za con la que pe­ga­ban. Lle­gó un pun­to en que pen­sé que ma­ta­ban a Óscar. Veía que lo po­dían ma­tar: ten­di­do en el sue­lo y la gen­te pa­teán­do­le la ca­be­za, eso se me que­da­rá siem­pre, con esas mi­ra­das de odio, con la bo­ca san­gran­do. Me ti­ré en­ci­ma, re­ci­bí to­do ti­po de gol­pes. Ten­go pe­sa­di­llas con esas imá­ge­nes. A mí me aga­rra­ron del cue­llo con una fuer­za tre­men­da, era la fuer­za del odio».

Ma­ría Jo­sé no se ha re­cu­pe­ra­do. Sa­be que le que­da una lar­ga tra­ve­sía. «Si­go en tra­ta­mien­to y si­go te­nien­do pe­sa­di­llas. Al prin­ci­pio me le­van­ta­ba con su­do­res, no po­día dor­mir. Tu­ve un epi­so­dio en el que no pu­de pi­llar sue­ño des­de un sá­ba­do has­ta un miér­co­les, in­clui­dos los dos. Pa­sé una eta­pa en la que no po­día es­tar en si­tios ce­rra­dos y con mu­cho bu­lli­cio. To­do me re­cor­da­ba lo mis­mo, aque­lla pe­sa­di­lla».

Pa­ra Ma­ría Jo­sé, si du­ro fue el día de la agre­sión, de­mo­le­do­res el res­to de los días a par­tir de aque­lla no­che. «An­tes de que los he­chos fue­ran ca­li­fi­ca­dos de te­rro­ris­mo, ya co­men­za­ron las pan­car­tas. Des­de el mi­nu­to uno se nos es­tu­vo ata­can­do, a mí y a mi fa­mi­lia. Se mo­vi­li­za­ron, hi­cie­ron ma­ni­fes­ta­cio­nes ile­ga­les. Pa­sa­dos tres días, es­tan­do en ca­sa, pa­sa­ban ma­ni­fes­tán­do­se por la puer­ta y nos gri­ta­ban... ‘po­li­cías, ase­si­nos a suel­do, es­bi­rros del po­der’. Nos chi­lla­ban, nues­tros ve­ci­nos, ‘fue­ra de aquí’. To­do fren­te a mi por­tal, a mi balcón».

El mie­do fue cre­cien­do. «La cam­pa­ña de aco­so au­men­tó. Ha­ce unos días arran­ca­ron de cua­jo el re­tro­vi­sor de mi co­che y lo han des­tro­za­do. Mi vi­da en Al­sa­sua se ba­sa­ba en es­tar en ca­sa, sin ape­nas sa­lir. Iba y ve­nía de mi ca­sa al bar en co­che. Ha­bla­mos de un re­co­rri­do an­dan­do de cin­co mi­nu­tos. Es­ta­ba se­cues­tra­da en Al­sa­sua, en mi pue­blo. Me sen­tí en­jau­la­da. En cuan­to pi­sa­ba la ca­lle, sen­tía las mi­ra­das de odio. Y así con­si­guen ha­cer­te da­ño, me­ter­te el mie­do».

La au­sen­cia de so­li­da­ri­dad en el pue­blo ha si­do ca­si ab­so­lu­ta. En­tien­de de que unos, por­que es­tán con ellos. Y la gran ma­yo­ría, por mie­do, por es­tar ba­jo el yu­go de la «dic­ta­du­ra que ellos im­po­nen». «Yo per­dí a to­dos mis ami­gos, per­so­nas con las que es­ta­ba des­de los tres años. Cuan­do se pro­du­ce la agre­sión, pier­do a cier­tas cua­dri­llas de ami­gos. Cuan­do se ha­cen las de­ten­cio­nes, ya pier­do a to­dos, al­gu­nos, in­clu­so, han se­cun­da­do las pro­tes­tas con­tra mí. Se de­jan lle­var por la pre­sión y el mie­do. Pue­de más el que­rer ser acep­ta­do».

Y vuel­ve a las ame­na­zas di­rec­tas tras la ac­tua­ción po­li­cial con­tra los agre­so­res. «Car­te­les en mi ca­sa, en mi por­tal, en mi bu­zón, en la ta­qui­lla de tra­ba­jo de mi pa­dre... ‘De­jad­nos en paz’, ‘fue­ra de aquí’, en el por­tal, en el bar... día si y día tam­bién. Las qui­ta­bas y al día si­guien­te las te­nías de nue­vo, y más gran­des. Aho­ra me­nos, por­que son muy lis­tos y sa­ben que no es el mo­men­to de que apa­rez­can fo­tos ame­na­zan­tes. El pue­blo es­tá en el pun­to de mi­ra de la pren­sa. No les in­tere­sa sa­car mu­chas pan­car­tas aho­ra, con lo de la di­so­lu­ción de ETA. Pu­sie­ron una enor­me en fren­te del bar Kos­ka [don­de co­men­zó la agre­sión]. ‘Gra­cias’, y con una ima­gen tre­men­da­men­te in­ti­mi­da­to­ria de en­ca­pu­cha­dos».

«Era mi­rar por mi balcón y en­con­trar­me pan­car­tas enor­mes: ‘Es­ta­mos con vo­so­tros’ y los nom­bres de ellos, de los que me agre­die­ron. La que más me do­lió, la que col­ga­ron de unos más­ti­les en la que, ade­más de dar apo­yo a los pre­sos, aña­día... ‘el pue­blo no per­do­na’. Me afec­tó mu­chí­si­mo. No en­ten­día qué es lo que el pue­blo no pue­de per­do­nar­me».

Se que­ja del po­co res­pal­do que ha sen­ti­do por par­te de las ins­ti­tu­cio­nes. «No he re­ci­bi­do nin­gún ti­po de so­li­da­ri­dad por par­te del Ayun­ta­mien­to de Al­sa­sua, de na­die del Ayun­ta­mien­to. Na­die me ha lla­ma­do pa­ra pre­gun­tar­me có­mo es­toy. Bar­kos [Uxue Bar­kos, pre­si­den­ta de Na­va­rra] es­tu­vo en Al­sa­sua, en el ayun­ta­mien­to, se hi­zo fo­tos con los fa­mi­lia­res de los de­te­ni­dos dán­do­les su apo­yo. El Go­bierno de Na­va­rra nos hi­zo una vi­si­ta ex­prés, con una Bar­kos un po­co for­za­da, y na­da más».

Si­gue sor­pren­di­da por el apo­yo po­lí­ti­co e ins­ti­tu­cio­nal ha­cia los agre­so­res y el si­len­cio con los agre­di­dos. Pe­ro aún le sor­pren­de más que no ha­ya re­ci­bi­do res­pal­do por ser una mu­jer agre­di­da. «Los guar­dias ci­vi­les es­tán pre­pa­ra­dos pa­ra aguan­tar es­ta pre­sión. ¿Pe­ro una mu­jer de Al­sa­sua es­tá pre­pa­ra­da pa­ra ese aco­so? En una con­cen­tra­ción en Pam­plo­na es­tu­vie­ron el co­lec­ti­vo LGTBI y co­lec­ti­vos fe­mi­nis­tas en fa­vor de los agre­so­res. Me do­lió mu­cho. Yo sí me con­si­de­ro una fe­mi­nis­ta, apo­yo a mis her­ma­nas y reivin­di­co nues­tros valores. Yo, co­mo tal, aun­que no he re­ci­bi­do apo­yo de nin­gún gru­po de ésos, me he ma­ni­fes­ta­do en con­tra de la sentencia de La Ma­na­da. Y aun­que no he re­ci­bi­do el apo­yo de las mu­je­res, de mis ‘her­ma­nas’, no voy a de­jar a un la­do a las de­más víc­ti­mas, por­que lo úl­ti­mo que quie­ro es que a nin­gu­na otra víc­ti­ma se le juz­gue, no se le crea, o que se le de­je com­ple­ta­men­te sin apo­yos.

«He per­di­do a to­dos mis ami­gos; al­gu­nos han se­cun­da­do las pro­tes­tas con­tra mí»

«Ame­na­za­ron a mi pa­dre, le di­je­ron que me te­nía que ca­llar la pu­ta bo­ca en el jui­cio»

«Han ata­ca­do a una mu­jer por ejer­cer su de­re­cho a ele­gir con quién quie­re es­tar»

Por­que, el aco­so lo he re­ci­bi­do yo, han ata­ca­do a una mu­jer que ha ejer­ci­do su de­re­cho in­di­vi­dual a es­tar con quien el da la ga­na».

Y lle­gó al má­xi­mo de aguan­te. «Hu­bo un pun­to en que no po­día más, no veía nin­gu­na sa­li­da y me ten­tó un com­por­ta­mien­to egoís­ta, ali­viar mi do­lor, que me de­ja­sen en paz. Por­que ya eran ame­na­zas cons­tan­tes, de muer­te, por re­des so­cia­les. Me lla­ma­ban a mi mó­vil des­de nú­me­ros ocul­tos... Que­ría que to­do se aca­ba­se. Pen­sé muy se­ria­men­te que no po­día con­ti­nuar. Con 19 años me qui­ta­ron las ga­nas de vi­vir. Me rom­pie­ron la ga­nas de vi­vir, de se­guir ade­lan­te, me rom­pie­ron el fu­tu­ro, me rom­pie­ron to­do», de nue­vo irrum­pen sus lá­gri­mas. «Me han ro­to la vi­da en­te­ra. Es­toy in­ten­ta­do reha­cer­me, pe­ro no me de­jan. ¿Có­mo pue­do ha­cer una vi­da fue­ra si to­da­vía ten­go a mis pa­dres su­frien­do el aco­so dia­rio en Al­sa­sua? Mis pa­dres si­guen allí. ¿Có­mo pue­do em­pe­zar des­de ce­ro sa­bien­do que mi fa­mi­lia es­tá aco­sa­da allí? Me han ro­ba­do el tiem­po con ellos. Me han ro­ba­do mi vi­da en fa­mi­lia».

Y tie­ne cla­ro por dón­de em­pie­za su nue­va vi­da. «Pa­ra re­cons­truir to­do hay que mar­char­se de allí. Me due­le mu­cho. Era mi pue­blo, mi ho­gar, mi vi­da, mi to­do, pe­ro no po­de­mos es­tar allí. No pue­des vi­vir siem­pre con la ten­sión. Te­ne­mos que ir­nos de Al­sa­sua». Es muy grá­fi­ca con la so­lu­ción fi­nal a su ca­so: «Ga­na el te­rror, ga­na el mie­do. De­sa­for­tu­na­da­men­te, con mu­cho do­lor lo di­go, en mi ca­so han ga­na­do, me han ga­na­do. Pe­ro tam­bién he ven­ci­do. Di­fí­cil de ex­pli­car pe­ro tam­bién sien­to que, pe­se a que me han echa­do, no he de­ja­do que me de­rro­ten del to­do. He si­do li­bre. He po­di­do to­mar mis de­ci­sio­nes, el ser li­bre. Y sí, ETA ya no dis­pa­ra, pe­ro te ma­ta igual. ETA no dis­pa­ra pe­to te ma­ta. Yo es­tu­ve mu­chos me­ses muer­ta, no era yo. No que­ría ser yo, no veía sa­li­da, me ha­bían ma­ta­do. No dis­pa­ra pe­ro ma­ta y lo ha­ce de una for­ma más cruel», re­la­ta.

Ma­ría Jo­sé quie­re ce­rrar pá­gi­na, no ol­vi­dar, pe­ro in­ten­tar «re­cu­pe­rar mi vi­da, que me la han se­cues­tra­do. «Es­ta­ré to­tal­men­te tran­qui­la cuan­do sa­que a to­da mi fa­mi­lia de allí, cuan­do es­te­mos to­dos a sal­vo», con­clu­ye.

«Mis pa­dres han pues­to ya va­rias de­nun­cias. Les han ra­ja­do to­do el la­te­ral del co­che, les han ro­to má­qui­nas de su bar, es­te miér­co­les, el re­tro­vi­sor del co­che... Pa­ra de­jar­nos cla­ro que no se ol­vi­dan de mí».

Pe­ro, sin du­da, el avi­so más gra­ve lo re­ci­bió su pa­dre el día en que Ma­ría Jo­sé te­nía que acu­dir a la Au­dien­cia Na­cio­nal pa­ra iden­ti­fi­car a los pre­sun­tos agre­so­res. «Ese día, un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo de mi pa­dre, que di­jo ha­blar en nom­bre de los pa­dres de los agre­so­res, le di­jo que si yo ese día no re­co­no­cía a nin­guno de ellos, se aca­ba­ría to­do... ha­cien­do re­fe­ren­cia a que nos de­ja­rían en paz. Pe­ro que si no... no ter­mi­nó la fra­se, en una cla­ra ame­na­za. Me pu­se ma­la. La te­si­tu­ra era és­ta: si ha­blo, fas­ti­dio a mi fa­mi­lia, si me ca­llo, de­jo en li­ber­tad a mis agre­so­res y se sa­len con la su­ya. Me que­dé en blan­co. Em­pe­cé a llo­rar. To­do me ve­nía gran­de. Es­ta­ba ate­rra­da. De­ci­dí que la ver­dad siem­pre por de­lan­te. Mi pa­dre no quie­re ha­cer pú­bli­co el nom­bre de esa per­so­na por­que si­gue vi­vien­do y tra­ba­jan­do allí. Le pin­tan la ta­qui­lla con ame­na­zas y le po­nen car­te­les. Le di­cen ‘di­le a tu hi­ja que se ca­lle la pu­ta bo­ca, que nos de­je en paz, que ya le va­le’, cosas así».

JA­VI MAR­TÍ­NEZ

Ma­ría Jo­sé, du­ran­te su con­ver­sa­ción con EL MUN­DO en Pam­plo­na.

JA­VI MAR­TÍ­NEZ

Ma­ría Jo­sé posa de per­fil y con el pe­lo ta­pán­do­le el ros­tro. Te­me que si da la ca­ra su­fra más re­pre­sa­lias.

JA­VI MAR­TÍ­NEZ

La mi­ra­da de Ma­ría Jo­sé, la mu­jer que fue apa­lea­da en Al­sa­sua jun­to a un te­nien­te y un sar­gen­to de la Guar­dia Ci­vil.

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