AÑO­RAN­ZA Y AMOR LUIS AN­TO­NIO DE VILLENA POR ÁN­GE­LA, MA­DRE DE UN NI­ÑO POE­TA

Luis An­to­nio de Villena. El es­cri­tor pu­bli­ca una car­ta de amor, año­ran­za y tris­te­za a Án­ge­la, la mu­jer que lle­nó su vi­da de una dul­zu­ra en­ve­ne­na­da

El Mundo - - PORTADA - POR LUIS ALE­MANY

PA­PEL

Ma­má (Ca­ba­ret Vol­tai­re) po­dría ser el li­bro más prous­tiano de Luis An­to­nio de Villena, con su ni­ño que­ri­dí­si­mo y asus­ta­do del mun­do que pi­de a su ma­dre un be­so más y que, al ca­bo de los años, oye el rui­do de la ca­lle e in­ten­ta mi­rar al pa­sa­do pa­ra en­con­trar­le un sen­ti­do a tan­to amor y tan­ta in­com­pren­sión. «Al­go de eso hay. Pe­ro el otro día me es­cri­bió un ami­go y me di­jo que Ma­má es co­mo el De pro­fun­dis de Os­car Wil­de lle­va­do a la re­la­ción de una ma­dre y un hi­jo», ex­pli­ca De Villena. «Me gus­ta el sí­mil».

«Es un li­bro ra­ro», continúa el poe­ta y no­ve­lis­ta, «he­cho con ma­te­ria­les muy ín­ti­mos. Más que un li­bro de me­mo­rias, es un diá­lo­go con mi ma­dre que em­pe­cé tres me­ses des­pués de que ella mu­rie­ra y que me lle­vó ca­si tres años por­que era muy di­fí­cil pa­ra mí re­sol­ver­lo. En ese diá­lo­go es­tá su bio­gra­fía, pe­ro no só­lo su bio­gra­fía. Es­tá tam­bién el in­men­so amor que nos tu­vi­mos y la in­men­sa ten­sión que hu­bo en­tre no­so­tros».

¿Qué ten­sión? «Siem­pre se di­ce que el amor de una ma­dre es pu­ro, que no es­pe­ra na­da a cam­bio. No es cier­to. Siem­pre se exi­ge un pa­go: unas ex­pec­ta­ti­vas que cum­plir... Mi ma­dre te­nía el ideal de ver­me de­di­ca­do a la di­plo­ma­cia. Ob­via­men­te, no lo con­si­guió. Nues­tras dis­cu­sio­nes fue­ron du­ras. Yo fui muy du­ro con ella, le di­je mu­chas ve­ces el da­ño que me ha­bía he­cho por que­rer­me tan­to».

Pre­sen­te­mos al per­so­na­je: Án­ge­la Gar­cía Ar­tea­ga, la ma­dre de Luis An­to­nio de Villena, na­ció en 1924, en una fa­mi­lia ri­ca y con­ser­va­do­ra de Ma­drid. Su pai­sa­je era un pre­cio­so cha­let en Cha­mar­tín y un cam­po en Se­go­via al que vol­ver en ve­rano. Buen co­mien­zo. Pe­ro lle­gó la gue­rra y a Án­ge­la le to­có es­tar en el la­do equi­vo­ca­do pa­ra sus in­tere­ses. Uno de sus her­ma­nos mu­rió fu­si­la­do y su ca­rác­ter se en­du­re­ció pa­ra siem­pre.

A la vuel­ta de la gue­rra, Án­ge­la se ca­só con Luis de Villena, un quí­mi­co de­di­ca­do a los ne­go­cios, apues­to y en­can­ta­dor, irres­pon­sa­ble y mu­je­rie­go, ten­den­te a la rui­na. «Mi ma­dre se ca­só muy ena­mo­ra­da pe­ro se des­ena­mo­ró muy pron­to», ex­pli­ca Luis An­to­nio. La pa­re­ja guar­da­ba las apa­rien­cias, pe­ro sus vi­das fue­ron por se­pa­ra­do. Su hi­jo ha­bría de ser hi­jo úni­co por­que la pa­re­ja no da­ba pa­ra más. Cuan­do el au­tor te­nía 12 años, su pa­dre mu­rió. «Los re­cuer­dos que ten­go de mi pa­dre son ca­ri­ño­sos. Lo que sé ma­lo de él, lo des­cu­brí más tar­de».

El otro per­so­na­je de Ma­má es Luis An­to­nio, más o me­nos co­no­ci­do por to­dos. Sor­pre­sa: re­sul­ta que el poe­ta, uno de los gran­des trans­gre­so­res de su ge­ne­ra­ción, vi­vió seis dé­ca­das y me­dia jun­to a su ma­dre, mi­ma­do por una se­ño­ra bien que to­ma­ba el ape­ri­ti­vo en Jo­sé Luis y al­mor­za­ba en Jai Alai. «Nun­ca hu­bo un gran cho­que en­tre su cul­tu­ra y la mía. Mi ma­dre ve­nía de una fa­mi­lia de de­re­chas pe­ro no era re­li­gio­sa. Con los años evo­lu­cio­nó y aca­bó por ser una gran ad­mi­ra­do­ra de Fe­li­pe Gon­zá­lez. Tra­ba­jó cuan­do se que­dó viu­da, siem­pre qui­so ser in­de­pen­dien­te. Cuan­do vio que me que­ría de­di­car a los li­bros, me apo­yó y me man­tu­vo. Cuan­do su­po que yo era ho­mo­se­xual... Bueno, es­tá cla­ro que no fue una no­ti­cia que le hi­cie­ra fe­liz pe­ro la acep­tó pron­to y en se­gui­da em­pe­zó a te­ner in­te­rés por sa­ber qué ami­gos eran ho­mo­se­xua­les».

Un in­ci­so: la clá­si­ca fi­gu­ra del ho­mo­se­xual ob­se­si­va­men­te uni­do a su ma­dre, ¿es una ca­ri­ca­tu­ra un po­co ho­mó­fo­ba? «En par­te es cier­ta», res­pon­de De Villena. «No es que el mu­cho afec­to de la ma­dre di­ri­ja al hi­jo a la ho­mo­se­xua­li­dad, eso es una ton­te­ría. Pe­ro la ho­mo­se­xua­li­dad del hi­jo sí que con­di­cio­na el amor de la ma­dre, que lo quie­re pro­te­ger y que com­pen­sa la se­ve­ri­dad del pa­dre».

Por eso, el gé­ne­ro del li­bro so­bre la ma­dre es me­nos fre­cuen­te que el del li­bro so­bre el pa­dre. «Las re­la­cio­nes de pa­dre e hi­jo a me­nu­do son de com­pe­ti­ti­vi­dad. Esa es la ra­zón de que ha­ya tan­tos li­bros de ajus­tes de cuen­tas».

Y por eso, es­te Ma­má se pa­re­ce más a un li­bro de amor ro­mán­ti­co que a cual­quier otra co­sa. Co­mo dos no­vios mal­di­tos, Án­ge­la y Luis An­to­nio se quie­ren has­ta en­se­ñar lo peor de sí mis­mos y ha­cer­se da­ño. Co­mo Os­car y Bo­sie en De pro­fun­dis. «Al­guien me di­jo una vez que mi pro­ble­ma era el Edi­po. No es ver­dad», di­ce el poe­ta. «Pe­ro sí es ver­dad que mi ma­dre le de­cía a los no­vios que tu­vo al en­viu­dar que yo era el prin­ci­pal hom­bre de su vi­da».

–¿Y su pro­pia vi­da ro­mán­ti­ca? ¿Es­tu­vo mar­ca­da por el amor tan dra­má­ti­co de su ma­dre?

–En mi vi­da no ha ha­bi­do gran­des dra­mas por pa­re­jas. Pe­ro eso no tie­ne que ver con mi ma­dre. Tie­ne que ver con que mi gran enamo­ra­mien­to ha si­do con la idea de la be­lle­za.

Án­ge­la mu­rió en ve­rano de 2015. Te­nía 91 años y sus her­ma­nos y ami­gos ha­bían muer­to. Su des­apa­ri­ción era lo na­tu­ral. «No me do­lió tan­to la muer­te co­mo la au­sen­cia», ex­pli­ca aho­ra su hi­jo. Tan­ta ha­bía si­do la pro­tec­ción que su ma­dre le ha­bía brin­da­do que De Villena se sen­tía in­ca­paz de en­fren­tar­se a los pro­ble­mas prác­ti­cos de la vi­da: en­con­trar un of­tal­mó­lo­go, ven­der un pi­so, de­ci­dir qué quie­re ha­cer en agos­to... Ése fue el pa­go que le to­có ha­cer por el amor de su ma­dre. «Po­co a po­co voy apren­dien­do».

L.A. DE VILLENA

Luis An­to­nio de Villena y su ma­dre, Án­ge­la, en unas va­ca­cio­nes, en los años 60.

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