ETA Y EL TE­RRO­RIS­MO DE ES­TA­DO

UN DIÁ­LO­GO SO­BRE EL DO­LOR, EL MAL Y EL PER­DÓN

El Mundo - - PAPEL - POR PE­DRO SIMÓN Y AN­TO­NIO RUBIO FOTOS: BER­NAR­DO DÍAZ

«MU­CHAS CO­SAS LAS HE GRA­BA­DO EN MI PRO­PIA CA­SA, CON FA­MI­LIA­RES O AMI­GOS QUE PAR­TI­CI­PAN CO­MO IN­VI­TA­DOS»

Una ci­ta com­pli­ca­da. Jun­ta­mos en una pa­rro­quia a la her­ma­na de una víc­ti­ma de los GAL y al sub­co­mi­sa­rio Jo­sé Ame­do, con­de­na­do por par­ti­ci­par en el te­rro­ris­mo de Es­ta­do. Ella le pre­gun­ta a él: “¿Has ama­do al­gu­na vez?”

Mien­tras el her­mano de Pilar Za­ba­la era se­cues­tra­do y tor­tu­ra­do, Jo­sé Ame­do for­ma­ba par­te de los Gru­pos An­ti­te­rro­ris­tas de Li­be­ra­ción crea­dos por el apa­ra­to del Es­ta­do pa­ra ha­cer­lo po­si­ble.

Mien­tras al pre­sun­to miem­bro de ETA Jo­sé Ig­na­cio Za­ba­la le pe­ga­ban dos tiros en la ca­be­za an­tes de ser en­te­rra­do en cal vi­va, el sub­co­mi­sa­rio de Po­li­cía Na­cio­nal se en­cen­día un Du­ca­dos.

Hoy –a sus 72– los si­gue fu­man­do. Con bo­qui­lla, eso sí. An­tes lo ha­cía sin ella: eran los 80 unos años sin fil­tro, bron­cos, de to­ses densas. Los años en que ETA no pa­ra­ba de ma­tar y na­ció el te­rro­ris­mo de los GAL.

Ella es odon­tó­lo­ga y dipu­tada de El­ka­rre­kin Po­de­mos en el Par­la­men­to vas­co. Él es un ex po­li­cía que fue con­de­na­do a 118 años por va­rios de­li­tos y que pa­só sie­te en pri­sión. En mar­zo de 2016 se reunie­ron en una ci­ta que ha per­ma­ne­ci­do en el ano­ni­ma­to has­ta hoy. Es­ta es la pri­me­ra vez que lo ha­cen en pú­bli­co.

Si ha­ce 30 años le hu­bie­sen pre­gun­ta­do a Pilar por Ame­do, ha­bría sen­ti­do un es­ca­lo­frío. Hoy les ci­ta­mos en una igle­sia de Ma­drid. Ha­blan del tiem­po. Se sa­lu­dan. Pilar sien­te ese tac­to. Y pien­sa en esas ma­nos.

Pre­gun­ta. ¿Có­mo fue aquel pri­mer en­cuen­tro?

Jo­sé Ame­do. Yo le es­cri­bí una car­ta con­tes­tan­do a la su­ya. La leí va­rias ve­ces. Y hay mu­chas co­sas que se me han que­da­do en la ca­be­za. En la car­ta vi do­lor. Co­no­cí la his­to­ria de su pa­dre, al que le ha­bía cos­ta­do mu­chí­si­mo sa­car a la fa­mi­lia ade­lan­te y con­du­cía el ca­mión pen­san­do en su hi­jo y llo­ran­do en so­le­dad. La de su ma­dre, que se de­rrum­ba­ba mu­chos días. La de Pi­li, que me con­ta­ba que llo­ra­ba ba­jo las sá­ba­nas.

Pilar Za­ba­la. Re­cuer­do que es­ta­ba tran­qui­la. Los me­dia­do­res me pro­por­cio­na­ban se­gu­ri­dad y, cuan­do me to­có ha­blar, le hi­ce mu­chas pre­gun­tas mi­rán­do­le a los ojos. Que­ría sa­ber lo que pa­sa­ba por la ca­be­za de aquel po­li­cía. A mí me lla­mó mu­cho la aten­ción có­mo un agen­te, que se su­po­ne de­be de­fen­der a la ciu­da­da­nía, pudiera pa­sar a ser quien co­me­tie­ra ase­si­na­tos.

J. A. Ahí es­tas con­fun­di­da. Es­to fue un te­ma de Es­ta­do. Si hu­bie­se si­do co­sa de la Po­li­cía o de la Guar­dia Ci­vil, no ha­bría du­ra­do ni una se­ma­na, eh... Tú aho­ra eres po­lí­ti­ca. Tú no sa­bes có­mo son los po­lí­ti­cos de Es­ta­do, có­mo te utilizan... A mí me lle­ga­ron a de­cir que asu­mie­se el te­ma de tu her­mano y el de [San­tia­go] Brouard...Y me ve­nían to­dos los días a co­mer el co­co a la cár­cel.

P. ¿Por qué es bueno ha­cer pú­bli­co es­te en­cuen­tro?

P. Z. Sa­be­mos par­te de la ver­dad. Pe­ro de la ver­dad de los agre­so­res po­co se sa­be. Hu­mil­de­men­te creo que es­te ti­po de en­cuen­tros pue­den ser­vir pa­ra sa­nar he­ri­das co­lec­ti­vas e in­di­vi­dua­les. Quie­ro ver­lo co­mo pe­que­ños pa­sos ha­cia la con­vi­ven­cia en­tre di­fe­ren­tes y tam­bién co­mo una reivin­di­ca­ción de una sen­da aún sin ex­plo­rar.

J. A. Es bueno ha­cer­lo pú­bli­co por­que hay que crear unión, afec­to, eh, y re­co­no­cer lo su­ce­di­do... Exis­tió ETA y exis­tie­ron los GAL. Si no exis­te uno, no ha­bría exis­ti­do el otro. ¿Pa­ra qué han ser­vi­do los muer­tos de uno y del otro? Pa­ra na­da.

P. Z. Es im­pres­cin­di­ble dar una se­gun­da opor­tu­ni­dad a las per­so­nas. Y me pa­re­ce que lo más im­por­tan­te es que el otro se dé cuen­ta del da­ño cau­sa­do, que di­ga que no lo vol­ve­ría a ha­cer... Hay que des­le­gi­ti­mar la vio­len­cia y el te­rro­ris­mo. De to­do ti­po. J. A. Lo sien­to de ver­dad. P. Z. Es du­ro ver que los con­de­na­dos a 75 años han si­do in­dul­ta­dos sin asu­mir su res­pon­sa­bi­li­dad por el da­ño cau­sa­do, sin exi­gir­les que pi­dan per­dón, sin te­ner ga­ran­tías de no re­pe­ti­ción. ¿Se pue­de sen­tir lo mis­mo por una per­so­na ase­si­na­da por ETA que por una ase­si­na­da por los GAL?

J. A. Es com­pli­ca­da la res­pues­ta. La vio­len­cia só­lo crea da­ño y ren­cor. Los pa­dres no tie­nen la cul­pa de lo que ha­gan sus hi­jos. ¿Que si es lo mis­mo si ma­ta ETA que si ma­tan los GAL? Ha pa­sa­do el tiem­po. Y yo di­go que nin­guno de los dos te­nía que ha­ber ma­ta­do.

P. Z. Pe­ro se su­po­ne que una per­so­na que re­pre­sen­ta a las ins­ti­tu­cio­nes tie­ne que ga­ran­ti­zar los de­re­chos hu­ma­nos. La gra­ve­dad de una vio­len­cia ejer­ci­da por el pro­pio Es­ta­do re­quie­re de una re­fle­xión. Que se in­ves­ti­gue ese te­rro­ris­mo de Es­ta­do.

J. A. Pe­ro to­dos los Es­ta­dos lo han he­cho.

P. Z. Eso no me va­le.

(...)

Jo­sé Ig­na­cio era pre­sun­to miem­bro de un co­man­do que, en 1981, in­ten­tó atra­car una su­cur­sal de Ca­ja La­bo­ral en To­lo­sa. En la hui­da, hu­bo un ti­ro­teo con la Po­li­cía. Tres de los cua­tro in­te­gran­tes lo­gra­ron es­ca­par a Fran­cia.

Has­ta allí iba Ame­do con re­gu­la­ri­dad por sus re­des de in­for­ma­ción. A lo me­jor has­ta se cru­za­ron. Pilar te­nía 13 años en­ton­ces. Ni ETA ni los GAL. Las úni­cas si­glas que co­no­cía eran las de EGB. Es­tu­dia­ba 8º. Que­ría sa­ber mu­cho. Lue­go fue sa­bien­do.

P. ¿Có­mo era tu her­mano y có­mo entró en ETA?

P. Z. Te­nía seis años más que yo. Yo soy la quin­ta de seis. Jo­xi era muy in­quie­to. Con un gran sen­ti­mien­to de jus­ti­cia. En­ton­ces ha­bía mu­chas di­fe­ren­cias so­cia­les. Él no en­ten­día esos pri­vi­le­gios. Ni el arrin­co­na­mien­to del eus­ke­ra. Ni que a su pa­dre lo es­tu­vie­ran ex­pri­mien­do vi­vo. Iba a ma­ni­fes­ta­cio­nes. Mi ma­dre le pre­gun­ta­ba que a dón­de iba. Él siem­pre le de­cía que es­tu­vie­se tran­qui­la. No sé cuán­do to­mó la de­ci­sión de pa­sar de la ma­ni­fes­ta­ción a...

P. ¿Có­mo re­cor­dáis la vio­len­cia de aquellos años?

J. A. Me in­ten­ta­ron ase­si­nar cin­co ve­ces... La vio­len­cia la vi­vía to­dos los días con nor­ma­li­dad. Lo úni­co que te­nías que ha­cer era que no te pi­lla­sen. Dor­mía ca­da día en un si­tio. Lle­ga­ba a ca­sa y me de­cía un ve­cino: «Te ha es­ta­do es­pe­ran­do un co­che en la puer­ta to­da la no­che». Em­pe­cé en la Po­li­cía en el 68, cuan­do ETA em­pe­zó a ma­tar. He vis­to a mu­chos que es­ta­ban con­mi­go ma­ña­na y tar­de y por la no­che es­tar en el hos­pi­tal o

el de­pó­si­to co­si­dos a ba­la­zos.

P. Z. El pri­mer re­cuer­do que ten­go de la vio­len­cia es de fe­bre­ro del 81. Las fotos de Joseba Arre­gi, un cuer­po iner­te lleno de he­ma­to­mas. Yo estudié Odon­to­lo­gía y tra­ba­jé con ca­dá­ve­res: eso es lo que era. Me im­pre­sio­nó mu­cho. ETA ma­ta­ba. Pe­ro has­ta en­ton­ces yo no era muy cons­cien­te. En abril del 81 mi her­mano pa­sa a la clan­des­ti­ni­dad y en­ton­ces sí fui cons­cien­te de lo que sig­ni­fi­ca­ba ETA. Cons­cien­te de que po­día ocu­rrir cual­quier co­sa.

P. ¿Se in­terio­ri­za la tor­tu­ra?

J. A. Yo ja­más he tor­tu­ra­do a na­die. Cuan­do em­pe­cé fun­cio­na­ba la Bri­ga­da Po­lí­ti­co-So­cial. Me acuer­do en el 69, cuan­do ca­yó un co­man­do de la ca­lle Ar­te­ca­lle, en Bil­bao. Uno de ETA se es­ca­pó y ma­tó a un ta­xis­ta. Fue la pri­me­ra víc­ti­ma ci­vil de ETA, Fer­mín Mo­nas­te­rio. El co­man­do fue de­te­ni­do. Yo lle­ga­ba a la je­fa­tu­ra y los de la bri­ga­da an­da­ban por allí co­mo lo­cos: «Cha­val, ¿quie­res ba­jar a pe­gar unas hos­tias a unos eta­rras?». Se oían gri­tos. Yo no te­nía que ver con eso.

P. Z. Cuan­do la Po­li­cía nos di­jo que mi her­mano ha­bía co­me­ti­do un de­li­to y que po­si­ble­men­te per­te­ne­cía a un co­man­do de ETA, te­nía 13 años. Fue el mo­men­to más du­ro de mi vi­da. Pa­ra mí la vio­len­cia era ex­te­rior, en ca­sa no ha­bía­mos si­do edu­ca­dos pa­ra ele­gir ese ca­mino... Res­pec­to de las tor­tu­ras, cuan­do desaparece tu her­mano eres más cons­cien­te de la per­mi­si­vi­dad que ha ha­bi­do con ese de­li­to en el Es­ta­do. Có­mo al­guien es ca­paz de pe­gar, de ex­traer una pie­za den­tal, de vol­ver a pe­gar es­cu­chan­do gri­tos de pie­dad...

P. ¿Có­mo te en­te­ras­te del se­cues­tro?

P. Z. Vi­nie­ron a ca­sa unas per­so­nas que re­pre­sen­ta­ban a los re­fu­gia­dos. Es­tá­ba­mos en ca­sa un her­mano y yo con los de­be­res. Pre­gun­ta­ron por mi ma­dre, ella es­ta­ba en mi­sa. Es­pe­ra­ron. Cuan­do vino mi ma­dre le co­men­ta­ron que lle­va­ba dos no­ches sin ir a dor­mir y que ha­bía in­di­cios: el co­che for­za­do, un me­chón de pe­lo de mi her­mano... Mi ma­dre em­pe­zó a llo­rar.

P. ¿Có­mo os en­te­ráis de la muer­te?

P. Z. En di­ciem­bre de 1994 nos lla­ma­ron de la Audiencia. El fis­cal Gor­di­llo y el juez Gar­zón nos di­cen que han apa­re­ci­do unos ca­dá­ve­res en Ali­can­te que pue­den ser los de Jo­sé Ig­na­cio Za­ba­la y Jo­sé An­to­nio La­sa. Lue­go con las prue­bas de ADN se con­fir­mó to­do.

P. ¿Qué re­cuer­das de tus pa­dres en ese mo­men­to?

P. Z. [Pilar llo­ra] Ha­bían es­pe­ra­do mu­chos años que apa­re­cie­ra, ha­bían so­ña­do mu­chas ve­ces... y lo veían así: un ca­dá­ver...

J. A. Tie­ne que ser ho­rro­ro­so. P. Z. No­ta­mos ali­vio. Fi­jaos que yo to­da­vía me emo­ciono. Yo no pue­do ha­blar es­to con mi ama... Al­gu­na ve­ces la lle­vo al po­dó­lo­go al ba­rrio de Int­xau­rron­do. La úl­ti­ma vez le di­je: «Int­xau­rron­do, ¿a qué te re­cuer­da es­to?». Me con­tes­tó: «Cuán­tos me­ses tor­tu­ra­ron a Jo­xi...». Mi ma­dre to­da­vía sue­ña con su hi­jo. Y tie­ne pe­sa­di­llas: la ima­gen de su hi­jo pi­dien­do que le sal­ve.

J. A. Yo co­no­cí en pri­sión a dos de los que par­ti­ci­pa­ron, a los guar­dias ci­vi­les En­ri­que Do­ra­do Vi­lla­lo­bos y Fe­li­pe Ba­yo. Es­ta­ban pre­sos por asal­tar una tien­da en Irún. No te­nía ni idea de que es­tu­vie­ron im­pli­ca­dos. Sa­bía que Ba­yo te­nía pro­ble­mas psi­co­ló­gi­cos y que ha­bía es­ta­do in­ter­na­do. [Hu­bo tres GAL: el ver­de, for­ma­do por guar­dias ci­vi­les; el azul, com­pues­to por po­li­cías y mer­ce­na­rios; y el ma­rrón, in­te­gra­do por agen­tes del CESID, ac­tual CNI]. ¿Có­mo no voy a sen­tir ese do­lor? Cuan­do vi esas bar­ba­ri­da­des que le hi­cie­ron, me pregunté có­mo se po­dían ha­cer esas co­sas: arran­car uñas, dien­tes, ma­cha­cán­do­los, lue­go lle­var­los en un co­che,

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