PA­PEL

Gar­cía y Del Po­zo re­me­mo­ran el pe­rio­dis­mo más ca­na­lla

El Mundo - - PORTADA - POR PE­DRO SI­MÓN

Hu­bo un tiem­po en que los re­por­te­ros ha­cían co­la en una ca­bi­na pa­ra lla­mar por te­lé­fono, en que es­con­dían al ase­sino en el ar­ma­rio o en que dor­mían en la re­dac­ción en­tre co­li­llas, bo­te­llas de güis­qui y bo­las de pa­pel arru­ga­do. Lle­va­ban un bo­lí­gra­fo, cla­ro, pe­ro tam­bién guar­da­ban una navaja, por si se echa­ba en­ci­ma el cie­rre y en la por­ta­da ha­cía fal­ta un muer­to.

Las mañanas olían a tin­ta y en las tar­des so­na­ba el mor­se de las má­qui­nas de es­cri­bir. Pe­ro lo me­jor era la no­che a cin­co co­lum­nas. Por aquel en­ton­ces, ellos dos (que vie­ron ama­ne­cer jun­tos mu­chas ve­ces) só­lo eran Raúl y Jo­sé Ma­ría.

Hoy son Raúl del Po­zo y Jo­sé Ma­ría Gar­cía. Con eso bas­ta.

Es­te en­cuen­tro tu­vo lu­gar en el mes de ju­lio (an­tes del fa­lle­ci­mien­to de la es­po­sa de Raúl del Po­zo, que acon­te­ció el pa­sa­do 11 de sep­tiem­bre) y no se ha he­cho pú­bli­co has­ta que el co­lum­nis­ta no ha ac­ce­di­do a ello.

Por­que Raúl pue­de re­cor­dar un gran re­por­ta­je, re­ci­bir un pre­mio, lan­zar un

scoop. Pe­ro siem­pre te ha­bla de su gran ex­clu­si­va, que era fe­me­nino sin­gu­lar. La su­ya se lla­ma­ba Na­ta­lia Fe­rrac­cio­li.

Pre­gun­ta. ¿Có­mo eran an­tes las re­dac­cio­nes?

Raúl del Po­zo. Eran si­tios don­de se to­ma­ban cu­ba­tas, se co­mía, se vivía [le bri­llan los ojos]. En­ton­ces na­die que­ría ser ca­ba­lle­ro. Éra­mos lo peor de ca­da ca­sa. Ha­bía gen­te echa­da a per­der, anal­fa­be­tos ge­nia­les. Éra­mos bu­ca­ne­ros que pe­gá­ba­mos sa­bla­zos, no te­nía­mos adon­de ir.

Jo­sé Ma­ría Gar­cía. No­so­tros he­mos te­ni­do la oca­sión de vi­vir la me­jor re­dac­ción de España, la del dia­rio Pue­blo. Si te doy la lis­ta de nom­bres, sa­len au­tén­ti­cos mons­truos... Ti­co Me­di­na, Ya­le, Hermida, Del Po­zo, Ta­lón, Pérez-Re­ver­te... Has­ta dor­mía­mos allí...

R. P. … y nos ju­gá­ba­mos la pas­ta al pó­ker, eh.

J. M. G. El pe­rió­di­co es­ta­ba lleno de des­pa­chi­tos. El di­rec­tor, Emi­lio Ro­me­ro, na­da más ver­los, di­jo: «Es­to no me gus­ta». Y los qui­tó. Cuan­do Emi­lio lle­ga­ba a la re­dac­ción y la veía lle­na de gen­te, se ca­brea­ba: «¡To­dos a la ca­lle!».

P. Hoy hay cha­va­les que se ven abo­ca­dos a tra­ba­jar ca­si gra­tis, ve­te­ra­nos que cu­rran por 800 eu­ros... Un pe­rio­dis­ta mal pa­ga­do es un pe­rio­dis­ta que tie­ne mie­do. ¿Qué sín­to­ma es és­te?

J. M. G. Un pe­rio­dis­ta mal pa­ga­do es un pe­li­gro pú­bli­co.

R. P. Los pe­rio­dis­tas de hoy son muy bue­nos, via­jan, sa­ben idio­mas... No­so­tros éra­mos co­mo un bar­co pi­ra­ta. No se tra­ta de idea­li­zar el pa­sa­do, pe­ro sí de de­cir que en­ton­ces el pe­rio­dis­mo era una gran aven­tu­ra. Yo, sien­do de una al­dea de Cuen­ca, he es­ta­do des­pi­dien­do a Arms­trong cuan­do se iba a la Lu­na, he en­tre­vis­ta­do a Sar­tre, a pre­si­den­tes de Go­bierno, he co­no­ci­do a ase­si­nos... Pa­ra no­so­tros el pe­rio­dis­mo era un ve­neno, una esperanza, un mi­to… An­tes se ama­ba el pe­rio­dis­mo co­mo a una mu­jer. Pe­ro cui­da­do con idea­li­zar el pa­sa­do, el pa­sa­do es una pu­ta mier­da.

P. ¿Los be­ca­rios son los nue­vos pa­rias?

J. M. G. A mí me dan pe­na. Tra­ba­jan de sol a sol y en mu­chos ca­sos gra­tis. Son tre­men­da­men­te cul­tos. Yo siem­pre he te­ni­do be­ca­rios. Pe­ro con­mi­go co­bra­ban des­de el pri­mer día.

R. P. Ten­go fas­ci­na­ción por la gen­te jo­ven. Hay gen­te que es­cri­be y ha­bla gra­tis en las ra­dios. Yo les di­go: «No seáis ca­bro­nes, eso es dum­ping». En España los tra­ba­ja­do­res han per­di­do los de­re­chos. Has­ta en el fran­quis­mo, un hom­bre que tra­ba­ja­ba po­día com­prar­se una ca­sa y ca­sar­se; hoy ya no. Ha­cen lo que les sa­le de los co­jo­nes con no­so­tros.

El nue­vo gé­ne­ro se lla­ma en­tre­vis­ta in­te­rrup­tus: Gar­cía se le­van­ta y va al ba­ño; Del Po­zo se acer­ca a la ba­rra a pe­dir un opor­to. Raúl cam­bia de asien­to dos ve­ces: «Aquí es­toy muy ba­jo». Jo­sé Ma­ría pi­de que ba­jen el ai­re. Pre­gun­tan ellos más que tú. A su bo­la los dos. El en­cuen­tro tie­ne al­go de cha­va­les de callejón que char­lan afi­lan­do el la­pi­ce­ro con una navaja.

Gar­cía ci­ta a los clá­si­cos y Del Po­zo tam­bién.

–Di­go lo que di­jo Be­lén Esteban so­bre An­dreí­ta: yo por Gar­cía ma­to… P. ¿Se­gui­mos?

R. P. ¿Pue­do con­tar una fa­ke new mía?

P. Da­le.

R. P. Nos man­da­ron a Jua­na Biar­nés y a mí a lo­ca­li­zar a Gre­ta Gar­bo, que es­ta­ba en la Cos­ta del Sol. Es­tu­vi­mos cin­co días, nos gas­ta­mos el di­ne­ro de las die­tas, na­da, no apa­re­cía. Así que al fi­nal le di­je: «Jua­ni­ta, dis­frá­za­te». Se pu­so un som­bre­ro y unas ga­fas de sol. Yo le hi­ce fo­tos des­de le­jos, se pu­bli­có en pri­me­ra. El re­por­ta­je de­cía que ha­bía­mos lo­ca­li­za­do a la Gar­bo. To­dos los co­le­gas se ca­garon en mí. Me arre­pien­to de la es­tu­pi­dez, pe­ro ya pres­cri­bió.

P. ¿El pre­si­den­te del Go­bierno es la per­so­na que más man­da en España?

R. P. No. El Rey y Ra­joy pue­den ter­mi­nar en la cár­cel. Pe­ro los que más man­dan, no. Hay cua­tro o cin­co que es­ta­ban en las gra­ba­cio­nes de Bár­ce­nas y son in­to­ca­bles.

J. M. G. En una oca­sión, un tío que man­da­ba en es­te país, Ca­rre­ro Blan­co, le man­da una car­ta al di­rec­tor de Pue­blo y le pi­de la ca­be­za de 15 pe­rio­dis­tas. Res­pues­ta de Emi­lio: «Almirante, hay un error. Si us­ted quie­re que se ha­ga lim­pia, fal­ta un nom­bre en es­ta lis­ta. Es el mío».

R. P. El di­rec­tor de pe­rió­di­co te pue­de col­gar en la cu­bier­ta. Yo he co­no­ci­do a al­gu­nos que eran ver­da­de­ros hi­jos de pu­ta. Uno de ellos te­nía a una per­so­na pa­ra que le pe­la­ra las gam­bas. A otro le de­cías: «Hay un te­rre­mo­to en la In­dia» y con­tes­ta­ba: «Me ale­gro». Otro hi­zo la gran ex­clu­si­va de su vi­da pi­sán­do­me un re­por­ta­je.

P. Con­tad­me la pri­me­ra his­to­ria que os ven­ga a la ca­be­za.

J. M. G. Un día me lla­man y me di­cen que hay un tío en San Se­bas­tián que ha ba­ti­do el ré­cord de le­van­ta­mien­to de pie­dras y que se ha­ce bo­xea­dor. Era Ur­tain. Hi­ci­mos un re­por­ta­je, no te­nía ni idea de bo­xear, pe­ro ga­na­ba siem­pre. Has­ta que me di cuen­ta de que era ton­go. Di­mos con su pró­xi­mo ri­val, nos hi­ci­mos pa­sar por so­cios del pro­mo­tor, le di­je: «¿Us­ted es el pa­dre?». Y el hom­bre: «No, no, yo soy el bo­xea­dor».

R. P. Sín­te­sis, co­jo­nes. [Ríe]

J. M. G. Dé­ja­me que ter­mi­ne… El hom­bre me di­jo que si se ti­ra­ba en el asal­to equis co­bra­ba un mi­llón de pe­se­tas. Se pu­bli­có y se lio.

R. P. Yo pre­su­mo es­tú­pi­da­men­te de que le pu­se Bam­bi a Za­pa­te­ro, de que fui el pri­me­ro que di­jo que el Rey es­ta­ba lia­do con una ale­ma­na… Pe­ro al la­do de Gar­cía en la Pla­za de las Tres Cul­tu­ras en­tre me­tra­lle­tas o en el 23F, lo que yo he he­cho es una pu­ta mier­da. La su­ya es la his­to­ria de un re­sis­ten­te que ha ven­ci­do to­dos sus hán­di­caps. En la épo­ca de aque­llos lo­cu­to­res de voz fa­bu­lo­sa, él, con su voz chi­llo­na, se con­vir­tió en el pe­rio­dis­ta que más di­ne­ro ha ga­na­do.

P. Di­ce Ja­son Bren­nan que el pro­ble­ma de la de­mo­cra­cia son los vo­tan­tes. Y se re­fie­re so­bre to­do a los vo­tan­tes des­in­for­ma­dos.

R. P. A mí lo que me da mie­do es que no hay una de­mo­cra­cia sin pe­rió­di­cos. Y los pe­rió­di­cos ago­ni­zan. Es­tos es­tú­pi­dos po­lí­ti­cos dan di­ne­ro pa­ra to­do. Pa­ra ha­cer ci­ne que no ve na­die o ha­cer obras que na­die uti­li­za. Pe­ro di­ne­ro pa­ra los pe­rió­di­cos no dan por­que los des­pre­cian. Asis­ti­mos al fi­nal de la Ilus­tra­ción. La ago­nía del pa­pel es la ago­nía de la de­mo­cra­cia en cier­ta ma­ne­ra. Por­que to­do lo que no se es­cri­be en pa­pel des­de los su­me­rios, se es­cri­be en el ai­re.

J. M. G. ¿Có­mo es po­si­ble que el pre­si­den­te de una em­pre­sa lla­ma­da España, con 47 mi­llo­nes de em­plea­dos, co­bre 80.000

eu­ros al año, cuan­do ese mis­mo pre­si­den­te po­ne a de­do a gen­te en otras em­pre­sas don­de el ele­gi­do co­bra dos mi­llo­nes? So­mos un país de ter­ce­ra. Los po­lí­ti­cos son de re­gio­nal, nues­tra jus­ti­cia no es in­de­pen­dien­te y la pren­sa tam­po­co. Me su­ble­van los co­me­po­llas. Que ha­ya un tío que hu­mi­lla a los pe­rio­dis­tas co­mo Flo­ren­tino y al que lue­go le ha­cen fe­la­cio­nes en vez de en­tre­vis­tas…

P. Di­me una his­to­ria que no te ha­yas atre­vi­do a con­tar.

J. M. G. Na­die me ha cen­su­ra­do, só­lo yo. Son dos ex­clu­si­vas so­bre triun­fos del de­por­te es­pa­ñol muy im­por­tan­tes. Ha­ber­las con­ta­do ha­bría su­pues­to un de­sen­can­to tan gran­de, que de­ci­dí no ha­cer­lo.

P. ¿Ya les tra­tan co­mo an­cia­nos y eso jo­de?

R. P. Ser an­ciano es lo peor del mun­do. Van las mos­cas a la bra­gue­ta. Es una co­sa es­pan­to­sa. Hay que aca­bar con los an­cia­nos [bro­mea], son una car­ga.

J. M. G. A mí to­dos me di­cen: «¡Qué bien es­tás!». Lo que se les di­ce a los an­cia­nos. P. ¿La me­jor pe­lí­cu­la de pe­rio­dis­tas?

R. P. En la que tra­ba­jó Pe­dro J., que fue Pri­me­ra Plana.

Pe­dro J. era co­mo Matt­hau, un ma­ra­vi­llo­so hi­jo de pu­ta. J. M. G. Pa­ra mí, Los ar­chi­vos del Pen­tá­gono, pe­ro con mu­cha di­fe­ren­cia. Tam­bién His­to­rias de la ra­dio. P. De­cid­me un ti­tu­lar que que­rríais leer. J. M. G. Des­apa­re­cen PP y PSOE.

R. P. No voy a de­cir co­mo Miss Ve­ne­zue­la. Eso de que ha­ya paz en el mun­do. P. ¿Mo­nar­quía o re­pú­bli­ca?

J. M. G. Nin­gu­na de las dos. La mo­nar­quía es una for­ma de go­bierno ob­so­le­ta. No po­de­mos de­pen­der de que el hi­jo de un Rey te sal­ga ton­to o lis­to. Pe­ro va­lo­ro el pa­pel de Don Juan Car­los.

R. P. No me gus­ta que arras­tren al Rey por­que ha­ya ma­ta­do un ele­fan­te y se ha­ya ti­ra­do a una ru­bia. P. ¿Pe­dro Sán­chez?

J. M. G. So­bre­vi­ve a pe­sar de los pe­sa­res.

R. P. Un zo­que­te que re­sul­tó ser un prín­ci­pe. P. ¿Par­ti­do Po­pu­lar? R. P. Hi­zo gran­des co­sas por es­te país, pe­ro se es­tá des­ha­cien­do.

J. M. G. Lo que el vien­to se lle­vó. P. ¿Ter­tu­lia­nos? J. M. G. Pe­no­so es­pec­tácu­lo. R. P. Unos po­bres hom­bres que ca­da vez ga­nan me­nos. En­tre lo que pa­gan a Ha­cien­da y lo que cues­ta el trans­por­te, lo ha­cen so­lo por chu­par cá­ma­ra. P. ¿La­zo ama­ri­llo? J. M. G. Pa­ra­pe­to de em­bau­ca­do­res. R. P. El na­cio­nal-po­pu­lis­mo es la gran ame­na­za pa­ra la de­mo­cra­cia y pa­ra Eu­ro­pa. P. ¿Ru­bia­les?

J. M. G. Un ti­po que has­ta aho­ra ha si­do tre­men­do tra­ba­ja­dor…

Raúl del Po­zo po­ne ca­ra de no sa­ber quién es Ru­bia­les. O de dar­le igual. O de ajus­tar­se el ala del som­bre­ro, si lo tu­vie­ra. R. P. ¿Ru­bia­les? [Son­ríe] Yo… lo que di­ga Gar­cía.

Del Po­zo y Gar­cía, en las es­ca­le­ras del ho­tel Eu­ro­buil­ding, en Madrid. «Éra­mos lo peor de ca­da ca­sa, gen­te echa­da a per­der».

Newspapers in Spanish

Newspapers from Mexico

© PressReader. All rights reserved.